
Despedía a todo, y todo lo despedía. Llegaba para el remate del chiste y el final del juego, para el brindis de los postres y los saludos en los atrios. Una tarde de otoño -donde él llegaba siempre era otoño- Sanseacabó resolvió que esto no era casualidad y que la mera mala suerte no era una explicación suficiente para su destino; para el que supiera ver, allí se podía descifrar la señal de una vocación, de un don o de un presagio. A partir de aquel momento, Sanseacabó dedicó su vida a perfeccionarse en el inexplorado arte de la despedida.
Probablemente, Sanseacabó nunca sea canonizado. Su gestos y sus obras parecen -más que los de un beato- los del Ángel de la Muerte. A su paso los sometidos se rebelaban, los enfermos morían con felicidad y los matrimonios se divorciaban sin rencores. Fue conocido como Sanseacabó, “el que apaga la luz y cierra la puerta”. O, sencillamente, El Despedidor.
El escritor no sabía cómo -no quería- ponerle fin a su obra de teatro. Estaba tan encariñado con sus personajes que no los dejaba irse, y retrasaba el desenlace con mil pretextos banales. Mientras ellos languidecían en el limbo del aburrimiento, Sanseacabó se apareció en sueños al autor y le reveló el final de una nueva historia; se trataba de un desenlace tan sobrecogedor que sólo necesitaba una obra de teatro que la contuviera. El escritor despachó rápidamente a los personajes de su anterior drama (mató a algunos, casó a otros y mandó de viaje a los que sobraron) y se dedicó a escribir la nueva obra.
Sanseacabó sabía dar el abrazo que no se aferra y el apretón de manos que libera.
El mendigo detuvo a Sanseacabó y le suplicó que lo curara de su renguera. Sanseacabó extendió sus manos sobre la pierna del mendigo y despidió a su enfermedad con dulzura y firmeza. Pasaron diez minutos, treinta, una hora de despedida. Pero la renguera no se iba. Sanseacabó, visiblemente cansado, se puso de pie.
- Puedo curarte, pero el precio va a ser muy alto –le dijo al mendigo. –Tu enfermedad está tan unida a tu cuerpo, que si despedimos a una tenemos que despedirnos del otro.
Y el mendigo, aterrado, le pidió que no la despidiera. Estaba demasiado enamorado de su enfermedad.
Los gobernantes nunca llamaban a Sanseacabó. A los poderosos no les gusta la idea de que todas las cosas tienen un fin.
-¿Por qué conformarse con un solo final? –decía aquel director de cine. -¿Por qué no llenar una obra entera con esta emoción tan dulce y angustiante? Yo hago películas llenas de finales: empiezan con la muerte de algo y continúan con un desenlace tras otro. Cuando yo mato al monstruo, es para que vuelva a levantarse, para que lo maten y se levante de nuevo.
Fastidiado, Sanseacabó le respondió:
-Una buena historia necesita un principio y un final. Es lo que hace la diferencia entre la Odisea y el Cuento de la Buena Pipa. Y –para ponerle fin elocuente al diálogo- se mandó a mudar.
-No me gustan los finales tristes. Prefiero los finales felices. –Dijo ella.
-Por definición, todos los finales son felices. –Respondió Sanseacabó, serenamente.
Sanseacabó nunca predicaba: no sabía, no podía, no quería o, simplemente, no le salía. No había ningún dios que lo asistiera y al cual él adorara. Por eso nunca escribió ningún Apocalipsis, ni textos iniciáticos, ni catequésis profanas.
Despreciaba todos los discursos que se escriben acerca del fin y huía de aquellas palabras que se tejen como telarañas enderredor de las despedidas.
Vaya, pues, esta semblanza, sincera y medida, como postrer homenaje a Sanseacabó, quien una tarde de otoño, en circunstancias por demás desconocidas, se despidió a sí mismo para siempre.
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