
Oliverio Fernández Werther era un mozalbete escuálido y sensible cuando leyó en las epístolas de San Pablo aquella frase que lo sobrecogiera: “...Y por más que yo entregara mi cuerpo a las llamas…” Inundado de profundo misticismo, abandonó el libro y se dirigió al zoológico citadino con paso resuelto para confiarse a la muerte. Pero las llamas se negaron a apropiarse de su macilento cuerpo: los pocos camélidos que no lo ignoraron, se entretuvieron pisoteándolo y escupiéndolo. Oliverio volvió a su casa con el orgullo magullado, su anatomía llena de moretones y una migraña persistente que le latía en el occipital.
Habían decidido morirse de ópera italiana. Oliverio y su primo Macedonio estaban sentados en el palco del teatro, aguardando a sus respectivas muertes, cuando, hacia la mitad del tercer acto del Otello (se trataba de una agonía lenta, pero melodiosa) se encontraron suspendidos en el vacío. Como si nadaran de noche en un río sin agua, avanzaron trabajosamente hacia algo que parecía una orilla: allí los esperaban el tío Saturnino, la prima Ercilla y una cantidad enorme de parientes. Macedonio fue recibido con aplausos y vítores, pero Oliverio fue rechazado con gritos, chiflidos y gestos por demás obscenos. “¡No es momento de morirse, m'hijo!”, vociferó la tía Amanda. Oliverio volvió a zambullirse en el río de sombras y regresó al teatro para presenciar el comienzo del cuarto acto, ante un Pavarotti que, hinchado como una pavo de navidad, acababa de comerse a Desdémona.
El revolver de Oliverio Fernández Werther nunca se disparaba, el veneno no le surtía efecto, su daga se negaba a hendir y traspasar su carne. Cuando Oliverio manejaba, los carros y los árboles se apartaban de su camino, alevosamente.
Una mañana se detuvo a mirar su cuerpo en el espejo. Podía contar las marcas y cicatrices y, a través de ellas, recorrer, como en un mapamundi, aquella travesía de muertes fallidas que parecía no llegar nunca a destino.
Nahuel Fernández Werther se incendió: una mañana, después de ducharse con gasoil, encendió un fósforo y declaró que se inmolaba en un gesto de solidaridad con el Tatú Carreta, animal casi extinto, decía, por culpa de Greenpeace, que sólo se preocupaba por la defensa de las ballenas francas. Los pocos transeúntes que pasaban por allí cuentan que no entendieron nada, que sólo escucharon un balbuceo sin sentido y pensaron que era un joven que practicaba la glosolalia. (Que era una de las modas de aquel verano, junto con el taquirari y el arrojar piedras a los espejos de agua tratando de hacer “sapitos”). Su muerte acaparó la atención de la prensa de todo el mundo durante exactos doce segundos.
Era el penúltimo Fernández Werther que quedaba con vida. “Así que esto era entregar el cuerpo a las llamas”, pensó Oliverio con tristeza. En la intimidad definitiva (porque ya hasta los fantasmas lo evitaban) se sirvió una ginebra. “Tal vez –se consoló- seguir con vida sea la forma más lenta de suicidarse. Pero es la única segura”.
Después -por enésima vez-, cerró las puertas y ventanas, encendió el gas y se sentó a leer el suplemento especial de Mafalda, en el periódico de los domingos...
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