miércoles

Fantasmas Argentinos - Final



Faltaban dos semanas para el Centenario, pero ni un solo fantasma había. El Cura Maléfico ya no se paseaba por los atrios de las iglesias espantando a los niños de todas las edades; las Trillizas sin Cabeza dejaron de ofrecer sus equívocos favores; la Sombra del Puto dejó de insinuarse a la salida de los cabarets; el Amante de la Virreyna ya no corría desnudo por los techos; el Gaucho Albino dejó de buscar roña por los bares del bajo, y los Húngaros Danzarines abandonaron sus delirantes coreografías. El gobierno nacional –preocupado por la ausencia de sus fantasmas más distinguidos- masacró una cincuentena de obreros del calzado para obtener algunos espectros de reemplazo. Pero los Espíritus Proletarios (como fueron bautizados por la prensa sensacionalista) se unieron a Jacinto de la Banda y a su Primera Huelga Argentina de Fantasmas.

Solo quién no fue obrero ni fantasma puede decir que aquellos eran tiempos felices. La moda de los mediums atraía a toda la familia; niños y adultos distraían las horas de la siesta invocando a cualquier pobre fantasma que anduviera por ahí, y no pasaban diez minutos sin que un funcionario del gobierno conjurara la presencia de los Espíritus de Nuestra Patria, para gran fastidio de los mismos.

-¡Esto es casi peor que estar vivos! –decía Eugenio Zamudio. Jacinto –que había leído “Los Miserables” y un par de novelas de Emile Zola- encabezó el movimiento de protesta por un trato más justo y por mejores condiciones de muerte. En su casa se realizaron las reuniones de la Huelga de Fantasmas y en su estudio fotográfico se escondieron todos. Los fantasmas son como los perros: si se tropiezan dos de ellos, la pelea es inminente, pero si se encuentran muchos, son dóciles y disciplinados.

La foto de la Primera Huelga Argentina de Fantasmas -como era de esperarse- era oscura y borrosa; por detrás de aquella confusión de bultos semitransparentes, casi humanos, podemos llegar a distinguir la sonrisa de Jacinto de la Banda. Delante de ellos, una banderola pintada con trabajosa letra mayúscula pedía: “POR UNA INEXISTENCIA MÁS DIGNA PARA TODOS”.

Si hoy nadie guarda el recuerdo de esos días, es porque fueron tiempos sosos y sin consistencia. El aire, sin sus fantasmas, había perdido sustancia. El clima se había vuelto caluroso y frío al mismo tiempo, y la gente vagaba perdida por las calles, sin recuerdo ni propósito. El gobierno se dispuso a fabricar una historia para el Centenario, porque no quedaba memoria, y había que conseguir una lo más pronto posible. Fueron inútiles los intentos de convocar a los fantasmas de la Primera Junta de Gobierno (que se odiaban y no querían ni verse) y nulas las invocaciones al Espíritu de Mayo (que no existía). Despechado, el presidente ordenó que inmediatamente se confeccionara una nueva historia con nuevos próceres. A partir de ese momento, cada quince minutos se inauguraba una plaza con su correspondiente prócer, busto y discurso. Los historiadores protestaron: ¿cómo se puede confiar en una historia con tan poco olvido?

Pero el problema aún no estaba resuelto. Quedaban varias vacantes fantasmales por cubrir. El gobierno pidió la colaboración patriótica de los ciudadanos vivientes, que desde aquellos días oficiaron de falsos fantasmas; aún hoy podemos verlos vagando por las calles, con su palidez y su mirada extraviada. (Es por eso que Buenos Aires es una ciudad tan fantasmagórica: el desarraigo infinito y la tristeza errante y sin propósito son patrimonio de sus seres vivos). La Huelga de Fantasmas se terminó a los pocos días, más por aburrimiento que por triunfo de alguien. Cansados de Buenos Aires, sus cabecillas se fueron a buscar la nada a otra parte. Pero nos dejaron sus huellas, que son como fantasmas de fantasmas, recuerdos nostálgicos de un recuerdo.

Cuando faltaban apenas tres días para el Centenario, Jacinto echó llave a su estudio y le prendió fuego. Pero nunca se fue del todo y su sonrisa suele aparecerse, de foto en foto, y de vez en cuando.


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