miércoles

Pintar la Vida



Cuando ella cumplió quince años, yo hice su primer retrato: tomé mi carbonilla y tracé en tres líneas el contorno de su cara, los pómulos salientes y esos ojos que miraban para adentro. Con el tiempo tuve que añadirle unos toques de acuarela, porque en el rostro ya aparecían otros colores y su mirada era más una respuesta que una pregunta. Cada año le agregaba una nueva pincelada; la imagen se iba convirtiendo en un revoltijo de brochazos superpuestos en los que había que adivinar un rostro.

“No te preocupes: ella se maquilla tanto, que hay más pintura en su cara que en todo tu lienzo”, me decían sus nietos. Hoy el retrato de ella es un palimpsesto, un laberinto de líneas horizontales y verticales, ocres, amarillas y negras. Pero las personas que realmente la conocen, miran mi pintura y dicen que sí, que es ella, que se le parece mucho.

Pintar -lo que se dice pintar-, ella no se sentaba a pintar nunca. Lo que estamos viendo sobre estas paredes son los dibujos que hacía en los papelitos mientras hablaba por teléfono, la filigranas que trazaba en los reversos de los boletos de tren, las figuras que delineaba en los costados del diario. Ariadna Giovanparolla nunca quiso ser artista: el arte era eso que le salía al encuentro mientras ella estaba buscando otra cosa.

Tantas mujeres tuvo Lotario en su vida, que no alcanzaría la lengua de todas las chusmas del barrio para contarlas. Mujeres de cabello rubio como el mediodía, rojo como el atardecer, y negro como la noche (en los últimos años, incluso, se lo solía ver en compañía de mujeres de pelo verde y azul, pero no se nos ocurren las metáforas que justificarían su inclusión en esta frase). Como pintor, Lotario era inalterablemente fiel: en sus cuadros, siempre pintó la misma mujer de pelo marrón, ojos café y rasgos ligeramente orientales. “Mis amigos dicen que el que conoce a una mujer, ya conoció a todas” –decía Lotario. Y agregaba: “yo creo que es al revés: por más que las conozcas a todas, la verdad es que, en el fondo, estuviste conociendo a una sola”.

Partenia Sofía jamás completaba un cuadro. Llegando a la mitad del lienzo se le ocurría otra idea y entonces -de puro ansiosa- comenzaba una pintura nueva en la parte inferior de la vieja. Un cuadro de Partenia no es por definición un cuadro: es la mitad de un cuadro que se extingue mientras se asiste al nacimiento de la otra mitad.

Recorrer la obra pictórica de Partenia Sofía es hacer una peregrinación de pintura en pintura, de pared en pared, de museo en museo, tratando de seguir el hilo de una historia que se interrumpe en ese medio lienzo que, a su muerte, quedó inconcluso. Los pocos valientes que se asomaron a esa mitad sin completar, dicen que la pintura sigue del otro lado, que hay una mano invisible que hace señas invitándolos a seguir, y que ellos ni locos piensan en hacerle caso.

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