martes

Reflejos


Antes de que se inventaran los espejos, las personas se conocían a sí mismas mirándose en sus propias sombras: a la mañana se encontraban muy cortos y al atardecer descubrían que se habían estirado metros y metros. Los antiguos sostenían que las sombras eran las que decían la verdad y que el cuerpo -esa ilusoria consistencia- no era más que una mentira.

Pero si el cielo estaba nublado y no había sombra, las personas que querían verse salían a buscarse a la orilla de un río, para mirarse en el reflejo del agua. Cuando las aguas estaban claras, podían observarse con pureza y nitidez, y decirse cosas como “hoy estoy claro”; pero cuando el río estaba revuelto, reconocían con preocupación cosas como “hoy estoy confuso” u “hoy estoy turbio”. Aquellos que no tenían un río cerca salían a mirarse en un árbol (“hoy estoy deshojado”), en un perro o en una piedra (“hoy estoy igual que siempre”), o en el cielo mismo (“hoy estoy cambiante, y con pequeñas nubes”).

Cuando no había sombra, ni río, ni animal ni planta en que mirarse, siempre quedaba la opción de fijar la vista en los ojos de la persona amada. Si era capaz de mirarla en profundidad, por una eterna fracción de segundo, recibía el regalo de una revelación: en aquellos ojos podía verse a sí mismo tal como era mirado. Los enamorados de mirada aguda y amorosa podían llegar, incluso, a encontrarse a sí mismos mirando a la persona amada, en el reflejo de sus ojos sobre los ojos de ella. Los que no podían desviar sus miradas a tiempo, podían correr el riesgo de quedar atrapados mutuamente en aquella espiral (me miro en los ojos que me miran que miro mientras miran que los estoy mirando…), la cual podía llegar a desenvolverse hasta el mismo infinito.

En el peor de los casos, siempre estaban los otros para decirles quiénes eran. En aquellos tiempos sin espejo, cada uno se conocía por mediación de otra persona (“estás demasiado pálido” decía el negro; “hoy estás muy bajo” decía el jugador de básquet; “hoy estoy gordo, hoy estoy demasiado pelirrojo, hoy estoy giboso”…) y nadie sabía como estar hasta haber escuchado la opinión de la persona que pasaba a su lado. “¿Estoy tan mustio y enfermo como vos?”, decía el hipocondríaco. “Yo iba a preguntarte lo mismo, pero sobre mí”, respondía su vecino. Antes de que se inventaran los espejos, cada persona dependía del otro para la confirmación de su existencia. Hoy, no es muy distinto.


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