domingo

Cielo de las almas e infierno de los berenjenas


Odiaba a Dios, y antes de cumplir los catorce años ya había vendido su alma al diablo con toda conciencia y alegría. Por fin, después de una vida rebosante de perversidad y sacrilegio, murió con una sonrisa en la que se anticipaba a la felicidad del infierno prometido. Pero cuando se presentó ante las puertas del Averno, el mismísimo Dios lo estaba esperando. -Yo soy el nuevo dueño del infierno -dijo el Creador. Estamos viviendo en un tiempo de fusiones, adquisiciones y monopolios. -No entiendo. -Le vendiste tu alma al diablo. Y el diablo acaba de venderme la suya- sonrío Dios.

-Soy un Santo admirado de todos por mi fe y mi bondad- le dijo el viejo a Mefistófeles. -Y vengo a venderte mi alma. Tendrás que darme al menos dos vidas por ella. -No. Te doy una vida extra, y basta. -¡Es un alma valiosa! -Sigue regateando. Con cada oferta que me haces, tú y tu alma valen un poco menos.

Tan maltrecha estaba mi alma que, cuando quise malvenderla (vender el alma, siempre es malvenderla) Lucifer me dijo con desinterés: -Demasiado gastada por el uso-. Estaba por tomar mi alma y llevármela hacia otras teologías más generosas, cuando escuché nuevamente la voz de Lucifer. -No te la voy a comprar. Pero puedo canjeártela por el alma de una berenjena. Acepté el trato sin pensarlo. Tengo que reconocer que, desde que tengo el alma de una berenjena, mi vida se ha simplificado muchísimo. A veces me pregunto cómo será el infierno de las berenjenas. Tarde o temprano voy a saberlo.

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