miércoles

Cinco fábulas postmodernas


El átomo insurgente

En el interior de este pedazo de mármol, aquel revoltoso átomo de calcio incitaba a sus colegas a la indisciplina y a la insurrección. Abandonando su órbita, daba saltos frenéticos y empujaba a sus hermanos, unos contra otros, contagiándolos de su ánimo sedicioso, de tal forma que todos gritaban: “¡Revolución! ¡Revolución!”-, y con pancartas extendidas se incitaban entre sí a la destrucción de Todos los valores Humanos Existentes.

Pero los hombres que apoyaban sus manos sobre este pedazo de mármol decían, sin embargo, que era una maravilla su firmeza y su antigüedad, y que nunca habían descansado con su peso sobre un material tan noble, macizo y consistente.

El unicornio y el gorgojo

-Mírame y avergüénzate– dijo el unicornio al gorgojo. - Nunca alcanzarás mi estatura. Jamás tendrás una crin brillante como la mía, tu testa carece de un recto y firme cuerno como el que yo tengo y eres incapaz de inspirar un solo mito.

-Pero yo por lo menos existo; no como vos, que no existís un carajo! –respondióle el gorgojo con voz firme. Y el unicornio dio su ultimo relincho y desapareció.

La ameba reflexiva

Aquella ameba consideró con gravedad que ya era hora de sentar cabeza y abandonar los vicios de este mundo (que en realidad eran uno solo: la reproducción asexual por bipartición). Ya se había reproducido tantas veces en el transcurso de la elaboración de su proyecto, que no sabía cuál de ellas era la que había tomado la decisión.

El dinero del discípulo

-El primer camino a la iluminación es el del despojamiento. Debes darme todos tus ahorros para que yo los custodie–dijo el Gurú a su amado discípulo.

El discípulo así lo hizo. Esa misma tarde el Gurú abandonó el monasterio y se dirigió a una isla del Caribe junto con la hermana de susodicho. Allí dilapidó todo ese dinero llevando una vida escandalosa y desvergonzada. Luego, regresó al monasterio.

-¿Por qué me has hecho esto?, Maestro– le dijo el discípulo, conteniendo a duras penas sus deseos de descuartizarlo y estrangularlo, o viceversa.

-Esta es tu primera lección: no debes creer en todo lo que tu Gurú te dice.

El espejo vanidoso

Tan vanidoso era aquel espejo, que se creía el responsable directo de los bellos rostros que en él se reflejaban, y con el paso del tiempo comenzó a darles consejos para mejorar su apariencia y a pronunciar dictámenes acerca de la belleza o la fealdad de todas aquellas personas que a él se asomaban.

Un buen día, la reina –harta de que el espejo la criticara y alabara la belleza de su hijastra- lo destrozó sin contemplaciones.

Compadezcámonos del destino del vanidoso, y no dejemos de alabar a nuestros espejos, compasivos y condescendientes, que siempre nos mienten un poco cada mañana.

1 comentario:

dz dijo...

Cómo hacés Marcelo, para no perder vigencia siendo tan carga? No tenés nombre viejo... sos demasiado.

Se te quiere mucho. Un abrazo...

DZ