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La Historia de Nunca Empezar



Cuando el Emperador de la China no quería hacer algo, directamente no lo hacía. Pero cuando sus deseos de no hacer “ese” algo eran muy fuertes, el Emperador subrayaba su negativa anunciando reiteradamente su propósito de hacer eso mismo. Por lo tanto, cuando los cortesanos escuchaban al Emperador repetir más de cinco veces en un mismo día que había que alfombrar toda la superficie del Imperio, o llevar el desierto de Takla Makan hacia una zona más lluviosa, suspiraban aliviados: era señal inequívoca de que aquellos propósitos nunca llegarían a realizarse. No es el que el Emperador estuviera loco; por el contrario, el Emperador era un hombre que estaba empachado de lucidez. La táctica del Emperador era la de poner sus palabras en el indefinido territorio del "tenemos que empezar a...", a medio camino entre el ser y el no ser. Y los propósitos, allí se quedaban.

El Gobernante de este Imperio sabía que sus habitantes no solo vivían de pan, sino que también necesitaban de alguna que otra fantasía. Por eso les prometía mudar el río Yangtsekiang a una zona menos inundable, o enseñarles a volar como los cisnes. Inmediatamente incluía estos temas en su agenda (eso sí: sin ordenar plazos para su ejecución). Y así alimentaba de esta manera a su pueblo con palabras, y ellos eran felices de vivir en este territorio fronterizo entre la sutil ensoñación y la palpable realidad.

Nosotros, que preferimos que a la realidad nos la sirvan espesa, tenemos una regla de oro para desbaratar estos manejos: sabemos que cuanto más nos repiten una promesa, menos posibilidades tenemos de que se cumpla. Por tanto: comencemos ya a desenmascarar estos ardides imperiales. Estemos atentos a la repetición obsesiva de frases que comiencen con el "tenemos que..." El "Tenemos que vernos", "tengo que empezar a hacer ejercicio", "tenemos que empezar a ser más solidarios", "tenemos que empezar a cambiar este país...", son palabras-obstáculo que se interponen entre el deseo y la acción y nos acunan con la ilusión de una realidad alcanzada a fuerza de ser nombrada.

Es la historia del nunca empezar. El cuento de la Buena Pipa nunca va a ser relatado, porque ninguno de nosotros quiere contarlo: solamente queremos encontrar a alguien para contárselo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Le mandé el link a mis amigos en un mail que decía:
"Tenemos que leer esto!"

Salud Marce!

Marcelo dijo...

Muchas gracias, amigo. Un abrazo para vos!

Anónimo dijo...

De verdad muy lindo y lleno de sentido, me ha ayudado mucho, cuéntame a quién se lo dedicas? si es que tuvieras que dedicarselo a alguien...