
“El que te ama de verdad es el que más se aleja”, dice
el refrán de los marineros de Escalandra. Cada vez que
pueden, los navegantes escalandrinos dejan a sus
esposas lloriqueando en el puerto, se trepan a un
barco y salen a buscar otros amores, más feroces y más
lejanos. Lo que ellos llaman amor, es apenas un
llegar, un besar y un irse.
“Arde con la ausencia, se apaga en la presencia” dicen
las mujeres de los marineros de Escalandra mientras
tejen, esperando a sus esposos. Ellas llaman amor a
esa opresión en el pecho, a ese agujero en el
estómago, a ese zumbido persistente como dolor de
muelas, a esa inquietud dócil que no las deja dormir
por las noches.
En la isla de Taratoa se considera al amor como otro
estado alucinatorio, comparable a la ingestión de
hongos o a la duermevela, y los brujos recomiendan el
enamoramiento una -o a lo sumo dos veces- durante el
año para no perder la percepción de la realidad.
El diccionario de los tramontinos -que sabe tener 27
términos diferentes para definir el dolor de abdomen-
no tiene ni una sola palabra para nombrar al amor.
Cuando la pareja de tramontinos se encuentra en el
momento más intenso del coqueteo, los enamorados se
piropean hablando de floricultura, de recetas de
cocina o carreras de caballos.
Don Juan ama a una sola clase de mujeres: aquellas que
se resisten. Don Juan disfruta más con la conquista
que con el amor mismo, porque durante la seducción
juega a probarse todas sus máscaras y a descubrirse a
sí mismo como un hombre valiente, piadoso, delicado,
ingenioso, generoso y benévolo. Pero siempre llega
(¡ay!) el momento asesino de la fantasía. Ella pone
sus ojos en blanco y suspira un “sí, te amo”;
entonces, Don Juan -fastidiado y abatido- se va en
busca de otras amantes: de mujeres mejores, peores o
iguales a ésta.
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