domingo

Deborah Dardanella


La lasciva Deborah Dardanela vivía en un terreno baldío de Villa del Parque. Desde allí aguardaba la llegada de los jóvenes pintones para tomarlos del cuello de su camisa y arrastrarlos hacia el fondo del terreno. Una vez desparramados en un improvisado colchón de cajitas de tetrabrick que ella misma preparaba cuidadosamente, los obligaba a cumplir con sus requerimientos amorosos. Y si tardaban más de treinta segundos en satisfacerla, se los comía vivos.

Durante años, el baldío se convirtió en la tumba de los amantes parsimoniosos y los “lentejas” del barrio. Hasta que un día pasó por allí un joven, que no era otro que Tito, dios protector de los ejecutivos, los yuppies y la gente apurada. Tito -sin soltar su Nokia- poseyó a Deborah Dardanela en once segundos con cuatro décimas. Deborah Dardanela, ofendida y abochornada por tan infamante marca, se suicidó colocándose debajo de un volquete que casualmente caía desde un décimo piso.

Como significativo ejemplo, los dioses del barrio erigieron un Mc Donalds sobre este mismo terreno. Allí, el espectro de Deborah Dardanela, en castigo, debe sonreír eternamente mientras atiende los pedidos de sus novios fantasmales. Estos se quejan a viva voz de la lentitud del servicio, y son tantas las demandas de que los combos no llegan a su debido tiempo, que Deborah Dardanela pierde una y otra vez la oportunidad de ser premiada como la mejor empleada de este Hades celestial.

Las historias de nuestra ciudad están llenas de ese... qué sé yo, ¿viste?

jueves

El más gardel de todos


Muchas cosas se cuentan sobre Gardel y lo más probable es que todas sean ciertas, porque Gardel no era un solo Gardel sino muchos gardeles, un montón de gardeles, como más de catorce gardeles.

Había un Gardel que sabía cebar mate con naranja y otro que tomaba ginebra con una gota de leche. Había un Gardel que se levantaba a todas las minas y otro Gardel que les tenía miedo. Un Gardel sandunguero que componía rumbas y foxtrotes, y otro Gardel misantrópico y huraño al que solo le salían tangos funestos. Un Gardel para las fotos con sonrisas llenas de dientes y un Gardel que se dedicaba a seducir micrófonos y que sabía como susurrarle para sacarle los mejores sonidos.

A veces un mismo Gardel se ocupaba de dos funciones al mismo tiempo; así, el Gardel gordo era el mismo Gardel que cantaba valses y el Gardel burrero era a su vez el Gardel que no dejaba de extrañar el barrio de su adolescencia y juventud y al cual nunca había abandonado, decía.

Un tío abuelo mío cuenta que una vez entró a un caserón de Villa Urquiza y se encontró a todos los gardeles juntos. Lo más probable es que esta sea una mentira, porque una ley nunca escrita prohibía categóricamente el encuentro de dos o más gardeles en un mismo lugar.

Todos tienen alguna anécdota que contar, pero andá a saber a cuál de los gardeles le pertenece. Mona Maris, la gran actriz de cine, jura que salió con el más Gardel de todos. Libertad Lamarque cuenta que una noche estaba comiéndose una muzzarella en la pizzería “Los Inmortales” cuando Gardel se sentó en su mesa, le sonrió y le dijo: “Yo soy el Gardel Gardel”.

Cuál de todos se habrá muerto en Medellín. Cuál sirvió de modelo para el bronce del cementerio de La Chacarita. Qué hicieron los que quedaron. Yo solo sé que uno -el Gardel hollywoodense- se quedó en Estados Unidos. Todas las mañanas se engominaba la cabeza, se pintaba la cara de blanco y salía

miércoles

La Historia de Uno


Uno se cansa de los otros. Entonces busca su álbum de fotografías y arranca esa hoja con el retrato de su familia; toma su encendedor, le prende fuego, y las caras, los cuerpos y las voces de los Unos se convierten en chispitas que bailan por el aire. "No se pierde mucho", piensa Uno. Cuando la familia de Uno se encontraba en un mismo cuarto -Unopadre, Unomadre, Unohermana y Unomismo- parecían cuatro piezas de rompecabezas distintos que nunca llegaban a formar una figura: cuatro que no hacían uno.

Uno encuentra la foto de sus compañeros de colegio. Es difícil distinguir la cara de Uno de las otras caras: Uno siempre trató de pasar inadvertido, de vestirse como ellos, de peinarse como todos, de escuchar la música que escucha la mayoría y de no leer los libros que los demás no leían. Sin furia y sin pena arranca la fotografía, la enciende y uno a uno desaparecen.

Uno junta las fotos de sus amigos, hace un pilón y lo convierte en cenizas. Los amigos de Uno era gente como Uno, que pensaban lo mismo que Uno, se preocupaban por las mismas cosas y disfrutaban de los mismos placeres. Espejos de Uno con diferentes rostros. Pero el fuego no pregunta. Al fuego no le interesa. El fuego se los devora.

Uno busca y rebusca, y encuentra esa instantánea de la cena con sus compañeros de trabajo. Tardan en arder e irse. La última en esfumarse es su secretaria. Estar con ella -recuerda- era como participar de una reunión de dos personas en la que una de las dos está ausente.

Uno encuentra dos imágenes: la de su primera novia (esa a la que dejó porque "los dos éramos demasiado parecidos") y la de su ex esposa (esa que dejó porque "los dos éramos demasiado diferentes"). El fuego se las bebe, despacito, y a Uno no le importa.

Y cuando Uno termina de incinerar los últimos retratos -los de aquellos cuyo nombre empieza con ele y con jota, aquellos que llevan tilde en el apellido o nariz en el rostro- recuerda que hay una fotografía que quiere salvar. Una sola: la que se sacó a sí mismo con su cámara digital. Revisa las poquísimas páginas que quedan en el álbum, pero la foto no aparece. ¡Qué lástima! -piensa-, mientras suelta el libro en llamas que se va deshojando en su camino al suelo. Antes de poder terminar otro pensamiento, Uno desaparece, dejando un cúmulo de cenizas, unos pocos pedazos de papel chamuscado y mucho olor a quemado.

Y Uno (y uno) nunca sabe qué pasó.

jueves

Vocación de Poeta | Final


Cada día que pasaba mis compañeros llegaban con un nuevo rumor:

-¡Los de la revista Disonancias están con una bronca que ni te cuento! -festejaba Ottone. -Te quieren empalar: andan diciendo que cómo se puede escribir algo así…

A pesar de ser nuestros adversarios, la revista Disonancias era idéntica a la nuestra: escribíamos los mismos poemas, detestábamos los mismos libros, nos gustaban las mismas cosas. Lo único que nos diferenciaba de ellos era el hecho de que ellos eran ellos y nosotros, nosotros.

-Los nadistas dicen que sos un arribista, un traidor que se vendió al oro fatuo del sistema editorial– acusaba Clemente.

-Raúl está entrenando duro para molerte a palos –prometía Saturnino. -Dice que el amor no duele, que el amor hace cosquillas, y que sólo un amanerado como vos puede confundir picazón con dolor.

Clemente también piensa que tu poema insulta al dolor cuando lo compara con una cosa tan cursi como el amor- comentaba Raúl.

Y yo empezaba a darme cuenta de que cada frase que se llevaba al papel, en el mismo momento de ser escrita, engendraba sus antecesores y su descendencia, sus propios enemigos y contrarios.

Mientras tanto, todas las mañanas me entrenaba con Saturnino. “Compañero de lucha y de poema” -lo llamaba- mientras trataba de esquivarle los cazotes. Pero Saturnino era mejor tratando de escribir poemas que yo boxeando, y no ayudaba mucho el hecho de que no quisiera sacarme los anteojos para pelear, ni que cerrara automáticamente los ojos cada vez que pegaba o recibía un puñetazo.

-Eh, Marcial: tu única esperanza es esa trompada descendente de desesperado que tiras a lo loco para defenderte. Golpeas tan mal, con tan poca intención y con tan pésimo cálculo, que podés llegar a hacer más daño del que cualquiera imaginaría.

Y pasó la semana, en horas lentas y días rápidos. El viernes a la noche nos reunimos en un restaurante de la calle Florida para presentar mi libro. Entre escritores conocidos, escritores ignotos y meros pendencieros, sumábamos unas cincuenta personas. Todos habían leído mi libro. La comida transcurrió en una suerte de tregua; cuando los mozos retiraron los platos y la vajilla más cara, llegó el momento de los discursos. Ottone, sentado al lado mío, se puso de pie para pedir un brindis.

-¡Que hable Marcial! ¡Que hable Marcial! –gritaron todos, golpeando la mesa con las palmas de sus manos.

Pero yo no tenía la intención de ponerme a defender estas siete palabras, que casi no había querido escribir y jamás había deseado publicar. Y que, además, a esta altura, ya no eran ni remotamente mías.

-Antes que nada quiero pedirles disculpas por este libro. Siempre tuve un gran respeto por la poesía –intenté explicar.

-¡Maricón! –gritó un poeta de la revista Disonancias.

-Si me hubiera dedicado al cuento o al ensayo mi suerte habría sido otra: allí, la forma de atacar al autor es ignorándolo. O me hubiera dedicado al teatro, donde toda la furia recae sobre el director y los actores. Pero estoy entre poetas, personas capaces de matar por una sinécdoque.

-¡Callen a ese bufaron amanerado! –se oyó gritar desde un rincón.

-Sólo quiero decirles que estas poquísimas palabras fueron alumbradas entre un intenso sufrimiento. Y además…

En eso resonó una pedorreta seguida de risotadas, como si se tratara de una despedida de solteros. Mi mano derecha se cerró en un puño; mi mano izquierda presionó la mesa y dejó marcas a través del mantel. Estaba a punto de lanzar mi primera puteada al honorable público, pero alguien me ganó de mano: se oyó un ruido de vasos rotos y, juntos a mí, dos poetas empezaron a darse de golpes, con furia y alegría. Ottone me tomó de los hombros; yo creí que era para protegerme de los golpes que se venían, pero en realidad fue para darme un empujón y entregarme a mis hermanos de poema y lucha. No me acuerdo quién fue el afortunado que recibió mi primer golpe. Mi último recuerdo de aquella noche es este: Saturnino aporreándome en el estómago mientras Clemente me daba bofetadas y repetía, una y otra vez:

-Y a vos ¿quién te dijo que la poesía es sufrimiento, eh? ¿Quién te dijo?

Yo pensé que, por más que me dejaran la cara hinchada a cachetazos, era una discusión que ya tenía ganada: cada trompada que recibía era una prueba de que el poema dolía antes, durante y (¡ay!) después de ser escrito.

Y entonces, en aquella noche maravillosa de retórica, brindis y pugilato, sentí que definitivamente había nacido a la poesía, y luego, dulcemente, me desmayé...

Los Fernández Werther | Final



Oliverio Fernández Werther era un mozalbete escuálido y sensible cuando leyó en las epístolas de San Pablo aquella frase que lo sobrecogiera: “...Y por más que yo entregara mi cuerpo a las llamas…” Inundado de profundo misticismo, abandonó el libro y se dirigió al zoológico citadino con paso resuelto para confiarse a la muerte. Pero las llamas se negaron a apropiarse de su macilento cuerpo: los pocos camélidos que no lo ignoraron, se entretuvieron pisoteándolo y escupiéndolo. Oliverio volvió a su casa con el orgullo magullado, su anatomía llena de moretones y una migraña persistente que le latía en el occipital.

Habían decidido morirse de ópera italiana. Oliverio y su primo Macedonio estaban sentados en el palco del teatro, aguardando a sus respectivas muertes, cuando, hacia la mitad del tercer acto del Otello (se trataba de una agonía lenta, pero melodiosa) se encontraron suspendidos en el vacío. Como si nadaran de noche en un río sin agua, avanzaron trabajosamente hacia algo que parecía una orilla: allí los esperaban el tío Saturnino, la prima Ercilla y una cantidad enorme de parientes. Macedonio fue recibido con aplausos y vítores, pero Oliverio fue rechazado con gritos, chiflidos y gestos por demás obscenos. “¡No es momento de morirse, m'hijo!”, vociferó la tía Amanda. Oliverio volvió a zambullirse en el río de sombras y regresó al teatro para presenciar el comienzo del cuarto acto, ante un Pavarotti que, hinchado como una pavo de navidad, acababa de comerse a Desdémona.

El revolver de Oliverio Fernández Werther nunca se disparaba, el veneno no le surtía efecto, su daga se negaba a hendir y traspasar su carne. Cuando Oliverio manejaba, los carros y los árboles se apartaban de su camino, alevosamente.

Una mañana se detuvo a mirar su cuerpo en el espejo. Podía contar las marcas y cicatrices y, a través de ellas, recorrer, como en un mapamundi, aquella travesía de muertes fallidas que parecía no llegar nunca a destino.

Nahuel Fernández Werther se incendió: una mañana, después de ducharse con gasoil, encendió un fósforo y declaró que se inmolaba en un gesto de solidaridad con el Tatú Carreta, animal casi extinto, decía, por culpa de Greenpeace, que sólo se preocupaba por la defensa de las ballenas francas. Los pocos transeúntes que pasaban por allí cuentan que no entendieron nada, que sólo escucharon un balbuceo sin sentido y pensaron que era un joven que practicaba la glosolalia. (Que era una de las modas de aquel verano, junto con el taquirari y el arrojar piedras a los espejos de agua tratando de hacer “sapitos”). Su muerte acaparó la atención de la prensa de todo el mundo durante exactos doce segundos.

Era el penúltimo Fernández Werther que quedaba con vida. “Así que esto era entregar el cuerpo a las llamas”, pensó Oliverio con tristeza. En la intimidad definitiva (porque ya hasta los fantasmas lo evitaban) se sirvió una ginebra. “Tal vez –se consoló- seguir con vida sea la forma más lenta de suicidarse. Pero es la única segura”.

Después -por enésima vez-, cerró las puertas y ventanas, encendió el gas y se sentó a leer el suplemento especial de Mafalda, en el periódico de los domingos...


miércoles

Vocación de Poeta | Parte II


Hacía casi un mes que dedicaba mis mejores esfuerzos a la tarea de no escribir nada, pero había una frase que no dejaba de rebotar adentro de mí. Era una simple línea de texto, poco más que una brizna de idea. No había llegado al extremo de los llamados poetas nadistas, que no escribían pero vivían como si lo hubieran hecho, pero trataba de esconder estas palabras de la vista de mis compañeros.

Tenía muchas razones para no escribir esa frase, pero la principal era la debilidad de mi constitución física: en aquellos tiempos no eras un alma poética si no sabías tomarte a trompadas con tus colegas. Mientras tanto, mis amigos poetas se entrenaban en el ring del gimnasio al tiempo que escribían, y algunos pendencieros nos traían sus (malos) poemas, que eran apenas la excusa para reñir con alguien.

Yo pasaba largas tardes ayudando a Saturnino con sus “Cantares del buen hincha”, dedicados a su amor, el Club Social y Deportivo Sacachispas. Los poemas de Saturnino eran malísimos, pero tenía buena trompada y nos convenía tenerlo de nuestra parte: su nariz de boxeador delataba a un poeta hecho y derecho.

-Saturnino: ¿Si en vez de “aver” ponemos “haber”? Esto va a sonar un poquito mejor- le corregía, con cuidado y hasta con afecto.

Por fin, una mañana anoté estas palabras, para sacármelas definitivamente de la cabeza:

"No debe ser amor, porque no duele"

Era un buen principio para un soneto: mis compañeros sufrían en octavas o en verso libre, pero yo prefería sufrir en forma de cuarteto y terceto con rima consonante. En los versos siguientes iba a enumerar las características y la sintomatología del amor: el vacío en el estómago, los cortos y períodos de exaltación y angustia, puntuados por arritmias, los largos diálogos imaginarios con la persona amada, el esfuerzo de torcer al universo para hacerlo girar alrededor de ella. En eso estaba pensando esa mañana cuando Ottone se acercó para espiar mi alma y mi cuaderno de apuntes.

-¿Y entonces?, Marcial. ¿Siempre con ese miedo a la poesía? –preguntó.

Yo esquivé su mirada, pero Ottone me examinó de la misma manera que escrutaba un poema ultraísta: con mirada desconfiada y penetrante. Y lo supo. Antes de irme guardé mi cuaderno con sus seis palabras en un cajón de mi escritorio. Sabía que, al otro día, ese cuaderno de tapas azules iba a desaparecer de ese lugar.

Volví a la casa de Ottone a la otra tarde. Los saludos de mis compañeros eran distintos: algunos me daban la mano y me palmeaban la espalda con exagerada cordialidad; otros -que había considerado mis amigos- me evitaban o me devolvían el saludo con fastidio. Ottone me esperaba con un par de vasos llenos de ajenjo hasta el borde. Me tendió uno de ellos y probé unas gotas. Me sentí tan mareado como Baudelaire después de tres botellas.

-Vaya entrenando, Marcial, que le queda una semana –dijo, entrechocando su vaso con el mío. -El viernes que viene vamos a presentar su libro de poemas; o, mejor dicho, su libro de un solo poema y de una sola línea. ¡Y se va a armar de lo lindo!...


(continuará)

Los Fernández Werther | Parte II


En 1916, el gobierno de Victorino de la Plaza editó un decreto (o decretó un edicto) por el cual se castigaba a los suicidas con penas de hasta veinte años de prisión. También quedaban prohibidos el dominó y las polainas (los servicios de inteligencia siempre sospecharon de la oscura relación entre estas tres modas). Pero el esfuerzo era innecesario, porque las costumbres porteñas habían cambiado, y ahora se ejercitaba la calistenia, beber los vientos y bailar en camiseta. Sólo los Fernández Werther perseveraban en el absurdo arte del suicidio.

Ese mismo año, en los campos de batalla del Verdun, Belisario Fernández Werther se arrojaba una granada a sí mismo. Su afán autodestructivo no le impidió ser recibido como un héroe: sus restos (nunca fue más exacto el término) llegaron engalanados con las condecoraciones póstumas del ejército enemigo, que además pagó todos los gastos del envío en agradecimiento por los servicios prestados. Pero ese fue el último festejo público. A partir de ese momento, las muertes de los Fernández Werther pasaban a la clandestinidad.

En 1924, Ercilla Fernández Werther se ahogaba en un vaso de agua. (Esto no es una metáfora: un vaso de agua puede contener la cantidad suficiente de líquido como para ahogar a cualquiera). Los Fernández Werther odiaban las metáforas, porque las consideraban una rotunda falta de creatividad y trataban de evitarlas cada vez que se suicidaban.

En 1948, Nehemías Fernández Werther se comió un alerce. (No queremos decir aquí que chocó contra un alerce o que un alerce lo aplastó. Nehemías ingirió, se engulló, se lastró, se fagocitó un alerce con hojas y todo, lo que le produjo el fallecimiento sin necesidad de analogías o imágenes poéticas).

Algunas de aquellas muertes eran accidentales, como la de Isadora Fernández Werther, que cruzó desprevenidamente por el tortugódromo en el momento de la largada de una carrera de quelonios. O como la de Eugenio, que, enfrascado en la lectura de la guía telefónica, se olvidó de que alguien se habían llevado el ascensor a repararlo. Pero los Fernández Werther eran indulgentes y consideraban que en estos casos, el suicidio había sido el móvil original. O que el descuido era una forma solapada de suicidio.

Safo Fernández Werther se enamoró de su sombra. Las intelectuales lesbianas han escrito poemas y obras de teatro acerca de ella y la incomprensión social que rodeaba a quienes se enamoran de su congénere. Los psicólogos llenaron cuartillas y cuartillas con términos como “narcisismo”, “alienación” o “duelo melancólico”. Pero lo cierto es que Safo eligió un suicidio lento: encadenada a un sentimiento trágico, suspirando por eso tan inaccesible que existía al alcance de su mano, guardando celosamente su relación en un nivel casi platónico, prefirió morirse de amor. Su amada no dejó de acompañarla ni siquiera en la muerte; por eso, el de Safo, es el único fantasma que tiene sombra.

El festejo de cada suicidio era un acontecimiento que atraía a fantasmas y a vivientes por igual. Pero los Fernández Werther con vida eran un recurso humano no renovable, y con los años fueron disminuyendo, mientras que los fantasmas eran cada vez más. Y los vivos -a fin de cuentas- eran los que organizaban las fiestas. Hacia comienzos de la década del '60, las fiestas de suicidio de la familia eran apenas unos tímidos encuentros en los que se tomaba mate y se cantaban zambas hasta la madrugada. Los fantasmas de los Fernández Werther se aburrieron de las fiestas de los vivos y dejaron de aparecerse. “Son festividades excesivamente corpóreas y previsibles”, dijo el fantasma de Martiniano Fernández Werther, un espíritu pedante al que le gustaba hablar en difícil.

Los fantasmas decidieron celebrar sus propias fiestas. En ellas se bailaba, se reía exageradamente y se hablaba mal de los vivos.

(continuará)

lunes

Vocación de Poeta | Parte I


-¿Y quién te dijo que la poesía es triste? -esputó Saturnino enarbolando su ejemplar de “47 poemas para matarse de la risa” como arma y estandarte. Clemente se arrojó sobre él con un gruñido, mezcla de gemido con grito de batalla: el gordo había decidido ser triste por elección y por vocación, y la noción de que ser poeta equivalía a ser un profesional de la tristeza le había dado un sentido a su vida. Los dos rodaron por el patio de la casa fajándose con sus poemarios; pero el de Clemente -“Desconsuelos Rioplatenses”- tenía tapa dura y lo estaba llenando a Saturnino de moretones.

Este era mi primer día como redactor en la Editorial Llaneza y me llamaba la atención que ninguno de los que estaban allí mirando moviera un dedo para interrumpir esta pelea. “Dejalos: ¿no ves que son poetas?” explicó Ottone, mi futuro jefe. La editorial funcionaba en los fondos de la casa de sus padres. Y yo –que no conocía más peleas que las de la Illíada y las del Quijote- ingresaba así a dos mundos: el de los sonetos y el de los puñetazos. Que aquí eran el mismo.

La verdad es que en aquellos tiempos todos éramos muy jóvenes, ninguno tenía más de veinte años, leíamos a Rimbaud y a Baudelaire y, aunque no sabíamos quiénes éramos, teníamos muy en claro lo que no queríamos ser. Cada vez que tomábamos la pluma era para escribir en contra de algo. Los críticos literarios llamaron a nuestra escuela “negacionismo” o “contrerismo”.

Una tertulia se iniciaba con la proposición de un tema -el presidente de turno, los meseros que tardan en atender, la prosa de Rubén Darío, los trenes llenos- e inmediatamente comenzaban los insultos. Hacia la madrugada -entre tragos, vendajes y bizcochitos de grasa- yo tomaba mi carpeta negra, leía un resumen de la jornada y Ottone repartía las tareas para el próximo número de nuestra revista.

-A ver cuando te escribís algo tuyo, hermano -se despedían los muchachos palmeándome la espalda. Yo sentía un horror metafísico por todo lo que fueran golpes y trompadas. Pero mi musa (que siempre me odió, desde el momento de mis primeros garabatos) estaba empezando a dictarme un poema.

(continuará)

Los Fernández Werther | Parte I


Mientras trataban de olvidar ese verano húmedo que convertía sus vidas en un martirio blando y pringoso, los porteños de 1914 se consagraban con fervor a las modas del dominó, las polainas y el suicidio. Algunos snobs, incluso, calzaban sus polainas, iban a jugar dominó con sus amistades y, si tenían la suerte de ganar la partida, en una especie de ruleta rusa inversa, terminaban suicidándose. Mientras tanto, las revistas femeninas proponían formas elegantes de extinción, tales como el veneno suave y aromático, o la autoasfixia; formas éstas de autoinmolarse sin ofender el decoro y el buen gusto popular.

Saturnino Fernández Werther partió una noche de marzo rumbo al barrio de Balvanera. Entró en un prostíbulo de mala muerte, se acercó a un compadrito que trataba de matar el tiempo con ginebra fraudulenta, y le hizo notar que el color de su pañuelo no combinaba con el del resto de su vestimenta. El pañuelo era un regalo de su madre: el hombre se sintió legítimamente ofendido y lo desafió a duelo. Saturnino respiró aliviado; la parte más difícil del plan ya estaba completa y sólo restaba dejarse llevar por los acontecimientos. Salieron a la esquina. Esa noche había tantos duelos que tuvieron que esperar con paciencia el turno para achurarse. A la hora del cuchillo, Fernández Werther ensayó una puñalada descuidada -producto más del miedo a no morirse que de las ganas de estar vivo- pero el malevo le cruzó el abdomen de un estiletazo certero. Saturnino cayó mientras veía su vida transcurrir de un tirón como si fuera una película (como en aquella época sólo había cine mudo, la visión de esta película se redujo a la contemplación apurada de unas pocas escenas, mudas, discontinuas y mal iluminadas). Avergonzado por la nula resistencia de su oponente, el malevo unió sus manos y se arrodilló a rogar a la virgencita, de la que era fiel devoto, por la resurrección de Saturnino. (Por una cuestión de justicia, quería devolverlo a la vida para darle la muerte que se merecía). Pero era demasiado tarde. Con una sonrisa triunfal en su boca, Saturnino expiraba con todo éxito.

El festejo del suicidio de Saturnino Fernández Werther fue el acontecimiento social del mes; más comentado aún que el suicidio de Teodelina Álzaga Unzué, que se murió de amor, nomás. Los Fernández Werther que lo sobrevivieron (y que cada vez eran menos: porque si algo se puede decir de esta familia es que eran suicidas natos) brindaron a su salud con envidiosa alegría, y todo fue un volar por los aires de polainas, disparos y fichas de dominó. El fantasma de Saturnino también estuvo presente, y, sentado en su silla preferida, los miraba largamente. En realidad, antes de su suicidio, tampoco hacía gran cosa y sólo sabía pasarse horas y horas mirando el espejo. Hoy, su fantasma sigue mirándolo, pero desde el Otro Lado.

(continuará)

jueves

Findeañeos


En ese otro pueblo de la Melanesia, todos los treintayunos de diciembre eligen al azar a uno de sus ancianos, le ponen un reloj de arena entre sus manos y lo coronan “Señor Tiempo”. Después de vitorearlo y felicitarlo como es debido, lo muelen a palos para desquitarse por la desconsideración con la que el tiempo los ha tratado a lo largo del año. Los niños, los enfermos y los más viejos son los que más se ensañan.

La gente de Kamarakorum festeja el fin de año con el Brindis de la Despedida. Cada uno a su turno, con los ojos humedecidos, levanta su copa y declara que “le pido a Dios que esta sea la última fiesta de fin de año en la que brindo con ustedes”. Sucede que el dios de los kamarakorumenses es un Dios contreras, que gusta con decepcionar a sus creyentes y oponerse a los deseos de sus devotos: por eso, con este brindis, tratan de distraerlo y confundirlo en procura de prolongar sus existencias un año más. Y si, efectivamente, mueren a lo largo del nuevo año, al menos tuvieron la oportunidad de despedirse -con el necesario tiempo y el debido respeto- de sus familiares, amigos y seres queridos.

Cuando el dictador terminó con el último de sus enemigos, ya estaba demasiado viejo como para ver cumplidos los anhelos de su juventud, cuando soñaba con ser un gobernante justo y bondadoso. Pensó que el tiempo era el culpable de sus desdichas; y, como no podía encarcelarlo, decidió prohibirlo. A partir de entonces nadie podía mencionar palabras enemigas, tales como “hora”, “mes” y “año”. (Hay que reconocer que la medida contó con el apoyo de los poderosos del reino, que, en su mayoría, eran hombres maduros, cuando no francamente seniles).
En respuesta a esto, algunos huyeron al país vecino para poder envejecer libremente. Y dentro del país, la celebración del Año Nuevo se convirtió en un gesto subversivo, anárquico: un secreto acto de resistencia.

Los habitantes de Hungaria hacen un pacto con la vida. Es un contrato anual, y el último día del año aprovechan los festejos para renovarlo. Esa noche enumeran la cantidad de cosas buenas que harían si dispusieran de más tiempo de vida, y, formalmente, le solicitan a la vida que se los otorgue. Algunos se dan cuenta de que todos los 31 de diciembre repiten los argumentos y ensayan los mismos pretextos. Desde entonces, por comodidad, cada año reciben a la vida leyéndole el mismo papelito de petición.

Allá, en el pueblito de Greenwich, los habitantes acechan en las calles la llegada del año. Dicen que el primero que lo vea llegar puede hacerle una pregunta acerca de su futuro, y que el Año Nuevo estará obligado a responderla. A las doce y un minuto, frustrados, vuelven a sus casas para emborracharse y defenderse de la incertidumbre del futuro, llenos de preguntas a las que nadie va a darle respuesta.

Los científicos de Turingia sostienen que al año le está sobrando una mínima fracción de segundo. Por eso recomiendan a sus paisanos que aprovechen ese momento para hacer lo que se les dé la gana: todo lo que suceda en ese instante fugaz no quedará asentado en ninguna crónica ni formará parte de ningún almanaque. Los turinaginosos esperan con ansias ese mágico momento, pero, cuando ésta llega, solo aciertan a gritar alguna obscenidad, pegar algún alarido, extender la mano en dirección a las nalgas de alguna bella señorita o romper el vidrio de alguna ventana. Los sueños de libertad de los habitantes de Turingia son sumamente modestos.

Los miembros de las familias de Llavallol esperan el cambio de año fuertemente abrazados entre sí: tienen tanto miedo de que el año viejo se los lleve con él, que se reúnen para aferrarse con fuerza a las personas que más quieren. No saben que, en realidad, son ellos los que se han pasado todo un año arrastrando al tiempo consigo. Y que el año viejo, lastimado y dolorido, aprovecha su distracción para escaparse y no volver a verlos nunca más.