miércoles

Si las piedras hablaran | Parte II



El poeta y Sosa Farell se conocieron en Córdoba, al calor de las discusiones del Primer Coloquio Hispanoamericano de Poetas y Dramaturgos; alguien supuso que estas dos especies estaban acostumbradas a vivir en armonía, pero fue una semana de discusiones, insultos y grescas a trompada limpia. Saturnino(que, en su talante timorato, siempre fue más proclive a ser golpeado que a golpear) encontró cientos de razones para odiar al boliviano. Sosa Farrell -que era capaz de cambiar de opinión varias veces en la misma frase- se había pasado al bando de los dramaturgos y desde allí se dedicaba a aguijonear al poeta.

La patria es, ante todo, un poema -decía Solargento. -Una sucesión de imágenes, revelaciones y pequeñas alegrías que llegan sin que se las llame y que desaparecen antes de que se les pueda poner nombre. La poesía es testigo de esta imposibilidad de ordenarlas. La patria es su demostración.

-Si la patria fuera un poema, bien que estaríamos fregados, Saturnino. La patria es un drama, acción dramática. Una patria es una sucesión de cuentos compartidos, de recuerdos comunes; no importa si verdaderos o falsos siempre que cuenten algo y tengan principio y final.

El resto de los concurrentes se olvidaba –por un momento- de darse trompadas y se detenía a escucharlos. Al final del coloquio, Sosa Farrell recibió un encargo del gobierno nacional para inventar historias patrióticas que se enseñaran en los colegios, como aquella que decía: “...Y el general Lamarque murió pobre de toda pobreza; murió de amor a su Patria, y de frío, en una plaza, abrazado a un perro. Estaba recitando, uno a uno, los nombres de los que habían sido sus soldados”.

Saturnino hizo un gesto de silencio a los suyos. El dramaturgo estaba tan cerca de ellos que se lo podía escuchar como si estuviera susurrando a sus oídos:

-A éstas -señalando a las piedras-, se las puede dividir en dos grupos: las que asemejan motivos patrióticos y las que asemejan motivos extranjeros. En este grupo podemos reconocer al resero, a la simpleza de la simplicidad de nuestra gente simple, al mate de yerbas aromáticas. Pero estas rocas viven asediadas por sus enemigos, los conjuntos pétreos del foxtror, el ultraísmo y el socialismo materialista.

-¿Y qué vamos a hacer? -se oyó decir a otra voz.

-Por lo pronto, leer el guión que te escribí -espero que no en vano-, la otra noche, Saralegui.

Hubo un ruido de papeles revueltos y Saralegui leyó sus líneas con intención y vivacidad, como los malos actores:

-Ardo en deseos por saber lo que mi Patria anhela, Sosa Farell.

-Es sencillo. Vamos a reclamar a estas formaciones rocosas para la Nación. Todos ustedes van a pintar una pequeña bandera boliviana en la base de cada.

-¿También en las piedras que asemejan motivos extranjeros?

-Con más razón, Saralegui; con más razón!.

-Vámonos -cuchicheó Saturnino a los suyos.

Esa noche, en el campamento, el poeta reunió a su equipo expedicionario.

-Nuestra misión corre peligro. Ya mismo vamos a salir a ponerle nuestra marca a las piedras. Cada uno de nosotros va a tomar un balde de pintura celeste y otro blanco. Y va a pintar una pequeña bandera argentina en su base.

-¿También el cellista?

-También el cellista.

domingo

Si las piedras hablaran | Parte I



Aún no eran las seis de la mañana cuando Saturnino reunió al grupo de los expedicionarios. Alrededor del fogón se amontonaban un geólogo, cuatro militares, dos topógrafos, tres sacerdotes, un cellista, dos cartógrafos, un pintor, un historiador y dos poetas más.

-En este desierto tenemos dos clases de rocas –dijo el poeta tomando una hoja de papel blanco y dividiéndola por la mitad, con una raya azul. –Están las piedras que parecen cosas y las piedras que parecen ideas.

Todos sacaron sus libretas de apuntes y tomaron nota a excepción de Mititieri, que masticaba inquina contra el poeta. Mientras él tenía veintisiete poemarios -entre antologías y volúmenes colectivos-, Saturnino tenía una sola publicación, llamada “No debe ser amor porque no duele”, pero ya era conocido como “el cisne mudo de Llavallol”.

-Esa formación rocosa de allá, por ejemplo -continuó Saturnino- va a llamarse “la sonrisa de Meme”, porque se parecen a Meme, que fue mi primera novia; esas rocas se parecen a una cosa que existe.

-Y esa otra que está al lado, podría llamarse “la Voluntad de Poder”, porque es igualita a ese concepto filosófico –agregó el teniente Morgante; últimamente se pasaba el día leyendo a Nietszche y lo veía hasta en la sopa.

-Ya tengo el nombre pero me falta la piedra -agregó Mititieri, bostezando, como en sueños. -Quiero encontrar una que se llame “La traición del amigo”. ¿Eso es una cosa o una idea?

Pero ya todos se empezaban a levantar para aprovechar el frescor de la mañana y hacer sus tareas. Antenor, el pintor, se sentaba delante de la misma piedra para borronear papeles, y romperlos, hora tras hora (“la piedra se mantiene quieta, pero su aspecto cambia a cada minuto”, se quejaba con fastidio). Los curas deambulaban entre las rocas discutiendo acerca del versículo veinte del primer capítulo del libro del Génesis, y, ocasionalmente, bendecían alguna roca. El cellista no hacia nada. Los militares planeaban ocupaciones de territorios y dibujaban gráficos en la arena. Y los poetas, mientras tanto, se dedicaban a escribir sobre otra cosa.

-Nunca escribo cuando estoy pasando por algo importante. No es así el asunto. Los buenos nombres para estas piedras van a aparecer cuando deje de tenerlas delante de mí –se disculpaba Tramanzoli, escondiendo su libreta de notas en la que guardaba el borrador de un soneto dedicado a la calle Bocayuva.

A la hora de la siesta, Saturnino se recostaba bajo la sombra protectora de la sonrisa de Meme –la piedra se le parecía tanto, que daba miedo- y en la duermevela trataba de descubrir una armonía secreta. “Bajo este aparente despelote, tiene que haber un orden que organice a todas estas rocas. Cuando lo encontremos, vamos a poder nombrarlas”, pensaba. “Si les pusiéramos los nombres que se nos ocurren, este lugar parecería un texto modernista. O, tal vez peor, un poema ultraísta”.

La expedición parecía destinada al fracaso y hubieran pasado semanas de ocio creativo e improductivo si no fuera por la llegada de los otros visitantes. El poeta, el historiador y un topógrafo terminaban de ponerse de acuerdo en llamar “José de San Martín” a una formación rocosa que habían encontrado -porque les parecía una piedra lo suficientemente grande- cuando escucharon un grupo de voces que venían del otro lado de esa piedra.

-¡Es la más grande de todas! ¡La llamaremos “Bernardo O'Higgins”! -se oyó gritar desde el otro lado, entre aplausos y vivas de aprobación.

-Es la voz de un boliviano -dijo Mititieri.

-Conozco esa voz. -dijo Solargento. -Es Sosa Farell, el poeta topográfico boliviano. ¡Diablos!

Maurice Carné y las amebas


A fines de la década del ’60, el biólogo francés Maurice Carné comenzó a investigar la vida social de las amebas. (No hay nada más aburrido que la observación de las amebas: seres que no manifiestan ninguna clase de afecto ni ambición, como algunos hombres). Luego de cinco años de observación sistemática y minuciosa, se encontró con las manos vacías, se encerró en su bohardilla y escribió -de un tirón- su obra cumbre: "Pucky: Escenas de la vida privada de una ameba".

Pucky es la descripción –tan novelesca como falsa- de la genealogía de una comunidad de amebas. La obra relata, al detalle, el nacimiento de Pucky por generación espontánea y su iniciación al mundo, sin ahorrarle al lector las numerosas escenas de sexo explícito seguidas de violencia sin justificación alguna. ("¿Qué querían encontrar? ¿Moralidad en una ameba?", decía Carné).

Su libro salió a la venta en la Navidad del ’69 y fue comprado y obsequiado por miles de personas; algunos, incluso, aseguraban haberlo leído. La prensa oficial y la opositora se aunaron con porfía, a fin de instalar esta feroz polémica: "Las amebas: ¿culpables o inocentes?". Gesto inútil que, como era esperable, solo sirvió para reforzar la fama y la inocultable y creciente soberbia de Carné.

Todas las asociaciones científicas de la época se ocuparon de despojar a Carné de sus matrículas: desde la Asociación Racionalista de Montechingolos hasta el Club de Leones de Venado Tuerto, le llovieron las proscripciones. Pero para Maurice Carné ya esto era pasado, y su interés presente se enfocaba en la preparación de lo que, sin dudas, sería su obra maestra: los trece tomos de "La saga de los paramecios".

Mientras tanto, sus invenciones pseudocientíficas atraían la atención de los productores de Hollywood que ya se animaban a comparar a Maurice Carné con los más disímiles personajes: Ray Bradbury, Jacques Coustau, Daktari y La Cicciolina. Todo esto, al mismo tiempo que se apuraban a adquirir los derechos sobre Pucky.

Actualmente, uno de los más grandes estudios cinematográficos prepara su versión fílmica, esperando contar entre su reparto estelar con la participación de Keiko –más conocido por Willy-, para rodar las escenas finales de interiores, donde Pucky, encarcelado en el estómago de la orca, lucha desesperadamente contra los terribles jugos gástricos.

La memoria de Lourdes


La memoria es como una esponja, decían hace siglos. O como un balde. O como una tabla. Eran tiempos sencillos, donde una cosa era una cosa o, a lo sumo, otra cosa diferente. Hasta que alguien se le ocurrió pensar que nuestra cabeza era algo parecido a una máquina. Eureka, dijeron los ilustradores de manuales escolares y se pusieron a dibujar esas cabezas que por dentro están llenas de engranajes y poleas; si pensás mucho, el mecanismo se recalienta y te empieza a salir humo.

Hoy se dice que nuestra mente es como una computadora, y yo les creo. Principalmente porque Lourdes –mi computadora, el objeto de mis desvelos- cada vez se comporta de una manera más parecida a mí. Lourdes empieza a olvidarse de las cosas, pierde mis datos importantes y me los trae de vuelta cuando ya no los necesito. El sábado pasado no pude hacer casi nada porque –entre otras cosas- Lourdes se olvidó de arrancar. El técnico trató en vano de acceder a su memoria. “Vamos a tener que formatear el disco”, me dijo lacónicamente, y yo sentí lo que el dueño del corralero cuando le piden que sacrifique al potrillo. Pero yo dije sí, y lo sacrifiqué, personalmente, apretando el botón ENTER.

Por suerte tengo varios CDs con mis archivos, que llega hasta abril del 2004. Todo lo que pensé y escribí (dos o tres cuentos, muchos apuntes, algunos fragmentos de guiones) flota hoy en la Tierra de las Palabras Perdidas, junto a las promesas vanas de los políticos y los amantes.

En “Cuéntame tu vida” (Hitchcock, 1945), Gregory Peck perdía su memoria y la doctora Ingrid Bergman lo ayudaba a recobrarla. Gregory había vivido una situación traumática que en este tipo de películas era siempre la misma: el haber visto el asesinato de un ser querido. Con el tiempo el truco se convirtió en un recurso típico del policial: hay un culpable y un amnésico. Curen al amnésico y obtendrán un culpable.

Lourdes, mi computadora, mi “negrita linda”, acaba de perder la memoria de los últimos cuatro meses. Andá a saber lo que habrá visto, la pobrecita!

Deborah Dardanella


La lasciva Deborah Dardanela vivía en un terreno baldío de Villa del Parque. Desde allí aguardaba la llegada de los jóvenes pintones para tomarlos del cuello de su camisa y arrastrarlos hacia el fondo del terreno. Una vez desparramados en un improvisado colchón de cajitas de tetrabrick que ella misma preparaba cuidadosamente, los obligaba a cumplir con sus requerimientos amorosos. Y si tardaban más de treinta segundos en satisfacerla, se los comía vivos.

Durante años, el baldío se convirtió en la tumba de los amantes parsimoniosos y los “lentejas” del barrio. Hasta que un día pasó por allí un joven, que no era otro que Tito, dios protector de los ejecutivos, los yuppies y la gente apurada. Tito -sin soltar su Nokia- poseyó a Deborah Dardanela en once segundos con cuatro décimas. Deborah Dardanela, ofendida y abochornada por tan infamante marca, se suicidó colocándose debajo de un volquete que casualmente caía desde un décimo piso.

Como significativo ejemplo, los dioses del barrio erigieron un Mc Donalds sobre este mismo terreno. Allí, el espectro de Deborah Dardanela, en castigo, debe sonreír eternamente mientras atiende los pedidos de sus novios fantasmales. Estos se quejan a viva voz de la lentitud del servicio, y son tantas las demandas de que los combos no llegan a su debido tiempo, que Deborah Dardanela pierde una y otra vez la oportunidad de ser premiada como la mejor empleada de este Hades celestial.

Las historias de nuestra ciudad están llenas de ese... qué sé yo, ¿viste?

jueves

El más gardel de todos


Muchas cosas se cuentan sobre Gardel y lo más probable es que todas sean ciertas, porque Gardel no era un solo Gardel sino muchos gardeles, un montón de gardeles, como más de catorce gardeles.

Había un Gardel que sabía cebar mate con naranja y otro que tomaba ginebra con una gota de leche. Había un Gardel que se levantaba a todas las minas y otro Gardel que les tenía miedo. Un Gardel sandunguero que componía rumbas y foxtrotes, y otro Gardel misantrópico y huraño al que solo le salían tangos funestos. Un Gardel para las fotos con sonrisas llenas de dientes y un Gardel que se dedicaba a seducir micrófonos y que sabía como susurrarle para sacarle los mejores sonidos.

A veces un mismo Gardel se ocupaba de dos funciones al mismo tiempo; así, el Gardel gordo era el mismo Gardel que cantaba valses y el Gardel burrero era a su vez el Gardel que no dejaba de extrañar el barrio de su adolescencia y juventud y al cual nunca había abandonado, decía.

Un tío abuelo mío cuenta que una vez entró a un caserón de Villa Urquiza y se encontró a todos los gardeles juntos. Lo más probable es que esta sea una mentira, porque una ley nunca escrita prohibía categóricamente el encuentro de dos o más gardeles en un mismo lugar.

Todos tienen alguna anécdota que contar, pero andá a saber a cuál de los gardeles le pertenece. Mona Maris, la gran actriz de cine, jura que salió con el más Gardel de todos. Libertad Lamarque cuenta que una noche estaba comiéndose una muzzarella en la pizzería “Los Inmortales” cuando Gardel se sentó en su mesa, le sonrió y le dijo: “Yo soy el Gardel Gardel”.

Cuál de todos se habrá muerto en Medellín. Cuál sirvió de modelo para el bronce del cementerio de La Chacarita. Qué hicieron los que quedaron. Yo solo sé que uno -el Gardel hollywoodense- se quedó en Estados Unidos. Todas las mañanas se engominaba la cabeza, se pintaba la cara de blanco y salía

miércoles

La Historia de Uno


Uno se cansa de los otros. Entonces busca su álbum de fotografías y arranca esa hoja con el retrato de su familia; toma su encendedor, le prende fuego, y las caras, los cuerpos y las voces de los Unos se convierten en chispitas que bailan por el aire. "No se pierde mucho", piensa Uno. Cuando la familia de Uno se encontraba en un mismo cuarto -Unopadre, Unomadre, Unohermana y Unomismo- parecían cuatro piezas de rompecabezas distintos que nunca llegaban a formar una figura: cuatro que no hacían uno.

Uno encuentra la foto de sus compañeros de colegio. Es difícil distinguir la cara de Uno de las otras caras: Uno siempre trató de pasar inadvertido, de vestirse como ellos, de peinarse como todos, de escuchar la música que escucha la mayoría y de no leer los libros que los demás no leían. Sin furia y sin pena arranca la fotografía, la enciende y uno a uno desaparecen.

Uno junta las fotos de sus amigos, hace un pilón y lo convierte en cenizas. Los amigos de Uno era gente como Uno, que pensaban lo mismo que Uno, se preocupaban por las mismas cosas y disfrutaban de los mismos placeres. Espejos de Uno con diferentes rostros. Pero el fuego no pregunta. Al fuego no le interesa. El fuego se los devora.

Uno busca y rebusca, y encuentra esa instantánea de la cena con sus compañeros de trabajo. Tardan en arder e irse. La última en esfumarse es su secretaria. Estar con ella -recuerda- era como participar de una reunión de dos personas en la que una de las dos está ausente.

Uno encuentra dos imágenes: la de su primera novia (esa a la que dejó porque "los dos éramos demasiado parecidos") y la de su ex esposa (esa que dejó porque "los dos éramos demasiado diferentes"). El fuego se las bebe, despacito, y a Uno no le importa.

Y cuando Uno termina de incinerar los últimos retratos -los de aquellos cuyo nombre empieza con ele y con jota, aquellos que llevan tilde en el apellido o nariz en el rostro- recuerda que hay una fotografía que quiere salvar. Una sola: la que se sacó a sí mismo con su cámara digital. Revisa las poquísimas páginas que quedan en el álbum, pero la foto no aparece. ¡Qué lástima! -piensa-, mientras suelta el libro en llamas que se va deshojando en su camino al suelo. Antes de poder terminar otro pensamiento, Uno desaparece, dejando un cúmulo de cenizas, unos pocos pedazos de papel chamuscado y mucho olor a quemado.

Y Uno (y uno) nunca sabe qué pasó.

jueves

Vocación de Poeta | Final


Cada día que pasaba mis compañeros llegaban con un nuevo rumor:

-¡Los de la revista Disonancias están con una bronca que ni te cuento! -festejaba Ottone. -Te quieren empalar: andan diciendo que cómo se puede escribir algo así…

A pesar de ser nuestros adversarios, la revista Disonancias era idéntica a la nuestra: escribíamos los mismos poemas, detestábamos los mismos libros, nos gustaban las mismas cosas. Lo único que nos diferenciaba de ellos era el hecho de que ellos eran ellos y nosotros, nosotros.

-Los nadistas dicen que sos un arribista, un traidor que se vendió al oro fatuo del sistema editorial– acusaba Clemente.

-Raúl está entrenando duro para molerte a palos –prometía Saturnino. -Dice que el amor no duele, que el amor hace cosquillas, y que sólo un amanerado como vos puede confundir picazón con dolor.

Clemente también piensa que tu poema insulta al dolor cuando lo compara con una cosa tan cursi como el amor- comentaba Raúl.

Y yo empezaba a darme cuenta de que cada frase que se llevaba al papel, en el mismo momento de ser escrita, engendraba sus antecesores y su descendencia, sus propios enemigos y contrarios.

Mientras tanto, todas las mañanas me entrenaba con Saturnino. “Compañero de lucha y de poema” -lo llamaba- mientras trataba de esquivarle los cazotes. Pero Saturnino era mejor tratando de escribir poemas que yo boxeando, y no ayudaba mucho el hecho de que no quisiera sacarme los anteojos para pelear, ni que cerrara automáticamente los ojos cada vez que pegaba o recibía un puñetazo.

-Eh, Marcial: tu única esperanza es esa trompada descendente de desesperado que tiras a lo loco para defenderte. Golpeas tan mal, con tan poca intención y con tan pésimo cálculo, que podés llegar a hacer más daño del que cualquiera imaginaría.

Y pasó la semana, en horas lentas y días rápidos. El viernes a la noche nos reunimos en un restaurante de la calle Florida para presentar mi libro. Entre escritores conocidos, escritores ignotos y meros pendencieros, sumábamos unas cincuenta personas. Todos habían leído mi libro. La comida transcurrió en una suerte de tregua; cuando los mozos retiraron los platos y la vajilla más cara, llegó el momento de los discursos. Ottone, sentado al lado mío, se puso de pie para pedir un brindis.

-¡Que hable Marcial! ¡Que hable Marcial! –gritaron todos, golpeando la mesa con las palmas de sus manos.

Pero yo no tenía la intención de ponerme a defender estas siete palabras, que casi no había querido escribir y jamás había deseado publicar. Y que, además, a esta altura, ya no eran ni remotamente mías.

-Antes que nada quiero pedirles disculpas por este libro. Siempre tuve un gran respeto por la poesía –intenté explicar.

-¡Maricón! –gritó un poeta de la revista Disonancias.

-Si me hubiera dedicado al cuento o al ensayo mi suerte habría sido otra: allí, la forma de atacar al autor es ignorándolo. O me hubiera dedicado al teatro, donde toda la furia recae sobre el director y los actores. Pero estoy entre poetas, personas capaces de matar por una sinécdoque.

-¡Callen a ese bufaron amanerado! –se oyó gritar desde un rincón.

-Sólo quiero decirles que estas poquísimas palabras fueron alumbradas entre un intenso sufrimiento. Y además…

En eso resonó una pedorreta seguida de risotadas, como si se tratara de una despedida de solteros. Mi mano derecha se cerró en un puño; mi mano izquierda presionó la mesa y dejó marcas a través del mantel. Estaba a punto de lanzar mi primera puteada al honorable público, pero alguien me ganó de mano: se oyó un ruido de vasos rotos y, juntos a mí, dos poetas empezaron a darse de golpes, con furia y alegría. Ottone me tomó de los hombros; yo creí que era para protegerme de los golpes que se venían, pero en realidad fue para darme un empujón y entregarme a mis hermanos de poema y lucha. No me acuerdo quién fue el afortunado que recibió mi primer golpe. Mi último recuerdo de aquella noche es este: Saturnino aporreándome en el estómago mientras Clemente me daba bofetadas y repetía, una y otra vez:

-Y a vos ¿quién te dijo que la poesía es sufrimiento, eh? ¿Quién te dijo?

Yo pensé que, por más que me dejaran la cara hinchada a cachetazos, era una discusión que ya tenía ganada: cada trompada que recibía era una prueba de que el poema dolía antes, durante y (¡ay!) después de ser escrito.

Y entonces, en aquella noche maravillosa de retórica, brindis y pugilato, sentí que definitivamente había nacido a la poesía, y luego, dulcemente, me desmayé...

Los Fernández Werther | Final



Oliverio Fernández Werther era un mozalbete escuálido y sensible cuando leyó en las epístolas de San Pablo aquella frase que lo sobrecogiera: “...Y por más que yo entregara mi cuerpo a las llamas…” Inundado de profundo misticismo, abandonó el libro y se dirigió al zoológico citadino con paso resuelto para confiarse a la muerte. Pero las llamas se negaron a apropiarse de su macilento cuerpo: los pocos camélidos que no lo ignoraron, se entretuvieron pisoteándolo y escupiéndolo. Oliverio volvió a su casa con el orgullo magullado, su anatomía llena de moretones y una migraña persistente que le latía en el occipital.

Habían decidido morirse de ópera italiana. Oliverio y su primo Macedonio estaban sentados en el palco del teatro, aguardando a sus respectivas muertes, cuando, hacia la mitad del tercer acto del Otello (se trataba de una agonía lenta, pero melodiosa) se encontraron suspendidos en el vacío. Como si nadaran de noche en un río sin agua, avanzaron trabajosamente hacia algo que parecía una orilla: allí los esperaban el tío Saturnino, la prima Ercilla y una cantidad enorme de parientes. Macedonio fue recibido con aplausos y vítores, pero Oliverio fue rechazado con gritos, chiflidos y gestos por demás obscenos. “¡No es momento de morirse, m'hijo!”, vociferó la tía Amanda. Oliverio volvió a zambullirse en el río de sombras y regresó al teatro para presenciar el comienzo del cuarto acto, ante un Pavarotti que, hinchado como una pavo de navidad, acababa de comerse a Desdémona.

El revolver de Oliverio Fernández Werther nunca se disparaba, el veneno no le surtía efecto, su daga se negaba a hendir y traspasar su carne. Cuando Oliverio manejaba, los carros y los árboles se apartaban de su camino, alevosamente.

Una mañana se detuvo a mirar su cuerpo en el espejo. Podía contar las marcas y cicatrices y, a través de ellas, recorrer, como en un mapamundi, aquella travesía de muertes fallidas que parecía no llegar nunca a destino.

Nahuel Fernández Werther se incendió: una mañana, después de ducharse con gasoil, encendió un fósforo y declaró que se inmolaba en un gesto de solidaridad con el Tatú Carreta, animal casi extinto, decía, por culpa de Greenpeace, que sólo se preocupaba por la defensa de las ballenas francas. Los pocos transeúntes que pasaban por allí cuentan que no entendieron nada, que sólo escucharon un balbuceo sin sentido y pensaron que era un joven que practicaba la glosolalia. (Que era una de las modas de aquel verano, junto con el taquirari y el arrojar piedras a los espejos de agua tratando de hacer “sapitos”). Su muerte acaparó la atención de la prensa de todo el mundo durante exactos doce segundos.

Era el penúltimo Fernández Werther que quedaba con vida. “Así que esto era entregar el cuerpo a las llamas”, pensó Oliverio con tristeza. En la intimidad definitiva (porque ya hasta los fantasmas lo evitaban) se sirvió una ginebra. “Tal vez –se consoló- seguir con vida sea la forma más lenta de suicidarse. Pero es la única segura”.

Después -por enésima vez-, cerró las puertas y ventanas, encendió el gas y se sentó a leer el suplemento especial de Mafalda, en el periódico de los domingos...


miércoles

Vocación de Poeta | Parte II


Hacía casi un mes que dedicaba mis mejores esfuerzos a la tarea de no escribir nada, pero había una frase que no dejaba de rebotar adentro de mí. Era una simple línea de texto, poco más que una brizna de idea. No había llegado al extremo de los llamados poetas nadistas, que no escribían pero vivían como si lo hubieran hecho, pero trataba de esconder estas palabras de la vista de mis compañeros.

Tenía muchas razones para no escribir esa frase, pero la principal era la debilidad de mi constitución física: en aquellos tiempos no eras un alma poética si no sabías tomarte a trompadas con tus colegas. Mientras tanto, mis amigos poetas se entrenaban en el ring del gimnasio al tiempo que escribían, y algunos pendencieros nos traían sus (malos) poemas, que eran apenas la excusa para reñir con alguien.

Yo pasaba largas tardes ayudando a Saturnino con sus “Cantares del buen hincha”, dedicados a su amor, el Club Social y Deportivo Sacachispas. Los poemas de Saturnino eran malísimos, pero tenía buena trompada y nos convenía tenerlo de nuestra parte: su nariz de boxeador delataba a un poeta hecho y derecho.

-Saturnino: ¿Si en vez de “aver” ponemos “haber”? Esto va a sonar un poquito mejor- le corregía, con cuidado y hasta con afecto.

Por fin, una mañana anoté estas palabras, para sacármelas definitivamente de la cabeza:

"No debe ser amor, porque no duele"

Era un buen principio para un soneto: mis compañeros sufrían en octavas o en verso libre, pero yo prefería sufrir en forma de cuarteto y terceto con rima consonante. En los versos siguientes iba a enumerar las características y la sintomatología del amor: el vacío en el estómago, los cortos y períodos de exaltación y angustia, puntuados por arritmias, los largos diálogos imaginarios con la persona amada, el esfuerzo de torcer al universo para hacerlo girar alrededor de ella. En eso estaba pensando esa mañana cuando Ottone se acercó para espiar mi alma y mi cuaderno de apuntes.

-¿Y entonces?, Marcial. ¿Siempre con ese miedo a la poesía? –preguntó.

Yo esquivé su mirada, pero Ottone me examinó de la misma manera que escrutaba un poema ultraísta: con mirada desconfiada y penetrante. Y lo supo. Antes de irme guardé mi cuaderno con sus seis palabras en un cajón de mi escritorio. Sabía que, al otro día, ese cuaderno de tapas azules iba a desaparecer de ese lugar.

Volví a la casa de Ottone a la otra tarde. Los saludos de mis compañeros eran distintos: algunos me daban la mano y me palmeaban la espalda con exagerada cordialidad; otros -que había considerado mis amigos- me evitaban o me devolvían el saludo con fastidio. Ottone me esperaba con un par de vasos llenos de ajenjo hasta el borde. Me tendió uno de ellos y probé unas gotas. Me sentí tan mareado como Baudelaire después de tres botellas.

-Vaya entrenando, Marcial, que le queda una semana –dijo, entrechocando su vaso con el mío. -El viernes que viene vamos a presentar su libro de poemas; o, mejor dicho, su libro de un solo poema y de una sola línea. ¡Y se va a armar de lo lindo!...


(continuará)