miércoles

Fantasmas Argentinos - Final



Faltaban dos semanas para el Centenario, pero ni un solo fantasma había. El Cura Maléfico ya no se paseaba por los atrios de las iglesias espantando a los niños de todas las edades; las Trillizas sin Cabeza dejaron de ofrecer sus equívocos favores; la Sombra del Puto dejó de insinuarse a la salida de los cabarets; el Amante de la Virreyna ya no corría desnudo por los techos; el Gaucho Albino dejó de buscar roña por los bares del bajo, y los Húngaros Danzarines abandonaron sus delirantes coreografías. El gobierno nacional –preocupado por la ausencia de sus fantasmas más distinguidos- masacró una cincuentena de obreros del calzado para obtener algunos espectros de reemplazo. Pero los Espíritus Proletarios (como fueron bautizados por la prensa sensacionalista) se unieron a Jacinto de la Banda y a su Primera Huelga Argentina de Fantasmas.

Solo quién no fue obrero ni fantasma puede decir que aquellos eran tiempos felices. La moda de los mediums atraía a toda la familia; niños y adultos distraían las horas de la siesta invocando a cualquier pobre fantasma que anduviera por ahí, y no pasaban diez minutos sin que un funcionario del gobierno conjurara la presencia de los Espíritus de Nuestra Patria, para gran fastidio de los mismos.

-¡Esto es casi peor que estar vivos! –decía Eugenio Zamudio. Jacinto –que había leído “Los Miserables” y un par de novelas de Emile Zola- encabezó el movimiento de protesta por un trato más justo y por mejores condiciones de muerte. En su casa se realizaron las reuniones de la Huelga de Fantasmas y en su estudio fotográfico se escondieron todos. Los fantasmas son como los perros: si se tropiezan dos de ellos, la pelea es inminente, pero si se encuentran muchos, son dóciles y disciplinados.

La foto de la Primera Huelga Argentina de Fantasmas -como era de esperarse- era oscura y borrosa; por detrás de aquella confusión de bultos semitransparentes, casi humanos, podemos llegar a distinguir la sonrisa de Jacinto de la Banda. Delante de ellos, una banderola pintada con trabajosa letra mayúscula pedía: “POR UNA INEXISTENCIA MÁS DIGNA PARA TODOS”.

Si hoy nadie guarda el recuerdo de esos días, es porque fueron tiempos sosos y sin consistencia. El aire, sin sus fantasmas, había perdido sustancia. El clima se había vuelto caluroso y frío al mismo tiempo, y la gente vagaba perdida por las calles, sin recuerdo ni propósito. El gobierno se dispuso a fabricar una historia para el Centenario, porque no quedaba memoria, y había que conseguir una lo más pronto posible. Fueron inútiles los intentos de convocar a los fantasmas de la Primera Junta de Gobierno (que se odiaban y no querían ni verse) y nulas las invocaciones al Espíritu de Mayo (que no existía). Despechado, el presidente ordenó que inmediatamente se confeccionara una nueva historia con nuevos próceres. A partir de ese momento, cada quince minutos se inauguraba una plaza con su correspondiente prócer, busto y discurso. Los historiadores protestaron: ¿cómo se puede confiar en una historia con tan poco olvido?

Pero el problema aún no estaba resuelto. Quedaban varias vacantes fantasmales por cubrir. El gobierno pidió la colaboración patriótica de los ciudadanos vivientes, que desde aquellos días oficiaron de falsos fantasmas; aún hoy podemos verlos vagando por las calles, con su palidez y su mirada extraviada. (Es por eso que Buenos Aires es una ciudad tan fantasmagórica: el desarraigo infinito y la tristeza errante y sin propósito son patrimonio de sus seres vivos). La Huelga de Fantasmas se terminó a los pocos días, más por aburrimiento que por triunfo de alguien. Cansados de Buenos Aires, sus cabecillas se fueron a buscar la nada a otra parte. Pero nos dejaron sus huellas, que son como fantasmas de fantasmas, recuerdos nostálgicos de un recuerdo.

Cuando faltaban apenas tres días para el Centenario, Jacinto echó llave a su estudio y le prendió fuego. Pero nunca se fue del todo y su sonrisa suele aparecerse, de foto en foto, y de vez en cuando.


jueves

Fantasmas Argentinos - Parte II



No era el frío: eran los fantasmas. Cada buque que llegaba al festejo del Centenario traía sus embajadores, sus productos típicos y su cargamento de ánimas en pena. Fantasmas gesticulantes de la Italia, dolientes y engreídos de la España, reservados y altaneros de la Inglaterra, petulantes y jactanciosos de la Australia. La ciudad se llenó de espectros extravagantes que trataban de hacerse comprender mientras tropezaban entre sí, y algunas noches no se podía respirar, de tan espeso y frío que se había puesto el aire.

Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, el espíritu de Eugenio –que sabía hacerse entender en varios idiomas- salía en busca de los turistas para llevarlos al estudio, a sacarse una foto de recuerdo. Después de retratarse, las ánimas salían en grupos de veinte o treinta a conocer las casonas abandonadas, los camposantos más antiguos, los burdeles fantasmagóricos más reputados.

Pero no eran tiempos fáciles: faltaban pocos días para la Primera Huelga de Fantasmas y la policía andaba apresando a todos los espectros que encontraba, sin hacer preguntas, amenazándolos con devolverlos a la vida. Jacinto De la Banda comenzó a acompañar a los fantasmas en sus recorridos turísticos, un poco por curiosidad, otro poco para hacerles de campana.

Una noche calurosa de marzo, mientras montaba guardia en la puerta del burdel de una calle céntrica, sufrió el frío de dos manos heladas que lo tomaban de los hombros y le recorrían la espalda. Con un escalofrío, se dio vuelta y sintió que su boca era invadida por un beso gélido y enérgico como el de un glaciar que se deshace. Una risita y dos manos, heladas y femeninas, lo llevaron hacia el interior del lupanar y lo empujaron a un cuarto oscuro y untuoso, donde se practicaba el impropio comercio entre los hombres y los espíritus. Allí fue donde conoció el amor leve y fresco de los fantasmas: ese amor que consume a los vivos y los deja temblando, con ganas de más, en una mezcla de euforia e insatisfacción.

Jacinto volvía al burdel, noche tras noche, para encontrarse con ese amor que ni cara ni nombre tenía. El resto de las horas trataba de dejar de añorarla, pero, por más que se aplicaba al olvido metódico de la figura de su amada, nunca pudo perder el recuerdo de su pelo y de su mirada. Muchas veces pensó en el suicidio, pero, agnóstico y racional, temía ser merecedor del cielo de los hombres racionales, más opaco y aburrido que el mismo infierno de los creyentes. No se decidió a morir, sino a desaparecer.

Faltaban pocos días para el Centenario. Jacinto se encerró en su estudio. Allí se sentó en el sillón, mientras Eugenio le sacaba foto tras foto. Al segundo día de fotografiarse, su figura comenzó a perder consistencia. Al tercer día, era una silueta difusa. Al anochecer del cuarto día, Jacinto de la Banda era, apenas, una sonrisa que colgaba del aire.



Malinterpretaciones


De todos los cuadros del museo, el más extraño es el de aquella mujer, madura, pero todavía joven, que nos mira y nos sonríe mientras esconde algo detrás de su espalda. El primer catálogo del museo (1892) lo describe como “La Alegoría de la Previsión y el Ahorro, que lleva tras de sí al Progreso y la Industria”. Treinta años después, el historiador Marío Ineso Schmidt describe a esta mujer como “la alegre esposa del labriego, que recibe a su marido con una sorpresa, tal vez un nuevo hijo”. Sin embargo, en el último catálogo razonado del museo se nos habla de “el retrato de la adúltera Clitemnestra, que con hipócrita sonrisa invita a su esposo Agamenón al lecho, mientras esconde tras de sí la daga asesina, pronta a apuñalarlo con la energía que el encono y la adúltera lascivia le prestan”.

Todos los miércoles visito el museo, me siento frente al cuadro y leo su etiqueta. Simplemente dice: “Una mujer. Óleo”.

Te miré. Leí en tu mirada (que parecía decirme “éste es el momento”) y me arrojé encima de ti para besar tu boca, pero vos te inclinaste y terminé estampándote un beso sobre tu ojo izquierdo; avergonzado, retrocedí, pero vos quisiste tomarme de mi brazo, y te quedaste con un pedazo de mi corbata entre tus manos; yo volví a intentar el beso definitivo, pero chocamos con violencia y dolor nuestras sienes. Algún día llegaremos a besarnos, y sólo espero que no sea demasiado tarde.

El sello discográfico Deutsche Grammophone, en su colección “Grandes Malinterpretaciones” acaba de editar las históricas grabaciones de Gabriello Cantalamessa, quizás el peor intérprete de Chopin en toda la historia de la humanidad. “Ustedes no me comprenden, pero yo toco para el futuro”, decía Gabriello. “Cantalamessa toca para el pasado. Sus oyentes ya murieron”, sostenían algunos críticos. Yo creo que no tocaba ni para el pasado ni para el futuro: yo creo que tocaba para la mierda.

El primer filme de Margretto Sock, “Familias disfuncionales”, era una prolija recreación de las duras y trágicas experiencias de su infancia. Pero el público se desternilló de risa y la película fue definida por el New York Times como “la mejor comedia en un año de comedias”. Cuando Sock escribió el guión de la secuela decidió agregar algunos toques de humor y poner punto final a la saga con un final optimista y esperanzador. Pero –sospechó, al ver a su público, a la salida del estreno- algo debería andar mal; que tantos eran los llantos desconsolados, los pañuelos húmedos y los ojos enrojecidos...

Está todo ahí: no hay más que leer los diarios de la época. Los candidatos fueron claros y sólo nos prometieron más pobreza, más desocupación y más dureza: Más de lo mismo! Pero nosotros –que no los entendíamos, o no queríamos entenderlos- fuimos a las urnas y los votamos con entusiasmo, porque detrás de cada amenaza queríamos ver una promesa. Así de ciegos esta(ba)mos.

Ay! de los escritores que sean comprendidos por sus contemporáneos. Ay! de mí -lector o lectora- si entendieras lo que trato de decirte.

Pánfilo Martesani



Pánfilo Martesani quería ocultarse del mundo, y por eso mismo comenzó su carrera literaria. ("Porque para eso escribe el que escribe –afirmaba, eufórico-, para desaparecer detrás de su escritura…") Lo cierto, es que una mañana de enero se largó a escribir su autobiografía, y, 742 páginas después -o 72 horas, que es casi el tiempo que le llevo escribirla-, empezó a borrar todos sus rastros.

Primero, eliminó del texto toda referencia a su persona. El resultado fue un relato turbio y enigmático, como una comedia sin cómico, una tragedia sin coro o un baño sin jabón. Un relato que avanzaba como un tren en la noche, sin su mótorman.

Martesani había optado por hacer voto de ausencia. Se abstuvo, por lo tanto, de decir las cosas tal como las hubiera proferido naturalmente. Eliminó todos aquellos giros literarios y metáforas en los que parecía que la ideología del autor era demasiado evidente. Sostuvo con vehemencia aquellas afirmaciones que contradecían sus creencias morales, sus elucubraciones más lúcidas.

Cuando llegó al final de la redacción del tercer manuscrito, Pánfilo ya se había abandonado totalmente a su propia escritura y se encontraba rendido a las pasiones y los trajines de alguien que no era él, sino apenas un dactilógrafo atento a los dictados de la ausencia, un abandonado a la negación de sí mismo, un amanuense de su propia confusión.

Por fin, una mañana de octubre, fue publicada la primera edición de “Ausencias”. Pánfilo esperó las reseñas de los diarios con la avidez del criminal que espera la noticia de su crimen, con la certeza del que no va a ser descubierto. Pero los críticos literarios –que suelen ser tan impiadosos como para decir las verdades más tremendas- alabaron el estilo particular, hecho de austeros silencios y vacías miradas. Y el mundo literario celebró, entonces, el nacimiento del “Martesanismo”, tan personal e intransferible.

A partir de entonces, las profesoras de letras de las escuelas municipales estimulaban a sus alumnos para que se convirtieran en nuevos Martesani, "si es que algún día -escribía la directora general en la revista mensual educativa- ande bayan, quieren ganar la fama y la gloria in Perez cedera, y no tener que jugar al Bingo como nosotra... " (sic)

Pánfilo, en su desesperación, trató de escribir un relato que pudiera devorarlo y hacerlo desaparecer. Espantado de su éxito y de sí mismo, no volvió a escribir ni una escueta lista de supermercado. Y a la hora de buscar el anonimato y la no existencia en vida, se hizo artesano de zandalias franciscanas en la Plaza de San Isidro.

Piedra libre para aquellos que, como Martesani, quieren esconderse y no encuentran mejor lugar que detrás de sí mismos.

Fantasmas Argentinos - Parte I



-No voy a llegar al Centenario –dijo Honorio, el día de su cumpleaños.

-Voy a morirme antes del miércoles. Todos estaban acostumbrados al tío Honorio y a sus opiniones, tan precisas como rotundas; sabían que era un hombre obstinado, y que cualquier intento de disuadirlo lo plantaba con más fuerza en sus decisiones. Es por eso que sonrieron con tristeza y alzaron las copas para brindar por el cumpleaños número noventaynueve del tío abuelo; sólo sus hijas le pidieron que -por lo menos- accediera a sacarse una foto con toda su familia.

El tío Honorio se pasó los dos días siguientes cancelando sus deudas y anotando en una libretita azul las peticiones para El Otro Mundo. El martes a la mañana se reunieron en el estudio de Don Jacinto de la Banda, el fotógrafo de la familia. Honorio -muy elegante en su disfraz de República Argentina-, ocupó un sillón en el centro del decorado; era escoltado por sus cuatro hijas -vestidas de Industria, Comercio, Arte y Religión- y sus dos decenas de nietos y bisnietos, disfrazados de Hijos de la Patria: los había en traje de chino, de italiano y de indio, que fueron los únicos disfraces que pudieron conseguirse en tan poco tiempo. Con los ojos entrecerrados y una sonrisa patriarcal entre sus labios, el tío Honorio murió con placidez mientras posaba para la segunda foto. Sus parientes se lo llevaron, no sin antes reclamar una rebaja porque, en el segundo retrato, una de las figuras ya no estaba realmente presente.

“Tanto aburrimiento junto/ De la Banda con su lente/ Te produce, lentamente/ Y te convierte en difunto” –decía debajo de su caricatura en aquel número de la revista Caras y Caretas. “Esto sí es una mala propaganda”, pensó Jacinto, enojado.

Esa misma noche escuchó ruidos en el estudio: era la sombra de don Honorio que, todavía tan torpe, andaba tropezando con las sillas y los marcos de las puertas. Jacinto le ofreció un rincón en su sótano; sólo le pidió que fuera prudente en sus apariciones, y que no trajera mujeres por la noche. Pero Honorio no se quedó por mucho tiempo; al mes, nomás, se aburrió de la vida fantasmal y comenzó a empacar sus cosas para mudarse al otro lado del espejo. Fantasma, pero agradecido al fin, antes de irse le enseñó a Jacinto un secreto para convocar a los espíritus de las fotografías.

Es muy fácil, mi amigo. Como el ánima quedó atrapada dentro de una estampa, sólo hay que tomar esa estampa del difunto y enfocarla, pero con la lente al revés.

Esa misma noche, de la Banda tomó un dibujo de Napoleón, lo puso delante de su lente invertida y lo dejó en libertad: fue, quizás, el primer dibujo animado de nuestra historia; una figura brumosa que desapareció en el aire haciendo gestos ampulosos. Esa mañana, las hijas de don Honorio aparecieron por el estudio para hacer un reclamo: la imagen de su padre había desaparecido de la fotografía encargada, y en la silla consular sólo quedaba un espacio vacío. Jacinto se negó a devolverles el dinero.

-No me hago responsable del comportamiento de mis retratados, ni antes ni después de revelada la foto –se excusó.

Don Honorio no volvió a aparecerse, ni por el estudio ni por su retrato. “Jacinto: quizás te asombre saber que anteayer se murió tu hermano, Melendo De la Banda”, decía el mensaje. Esa noche de febrero, con el telegrama en su mano, De la Banda tomó una resolución: cansado del Ángel de la Soledad y de sus falsos consuelos, decidió llamar a su hermano desde la misma muerte. Como no tenía ningún retrato de él, se propuso utilizar una foto propia; con una carbonilla le dibujó el pelo que faltaba y con una goma afinó sus rasgos. Pero Jacinto era un dibujante desprolijo, y sólo pudo hacer aparecer a Eugenio, el hijo mayor de los Zamudio, ese que trató de borrarse la cara para que no le descubrieran las cartas en el pocker.

Pronto se hicieron amigos. Eugenio, que era un buen contador, comenzó a ayudar a Jacinto en la contabilidad del negocio. Jacinto, por su parte, ya pensaba en abandonar la insípida reproducción de los seres de los vivos –que ya no le interesaba- para dedicarse a las artes fantasmales de la fotografía.

martes

Y vos qué mirás



Adelmo Cacasorno fue el primer árbitro ciego de la historia del fútbol. Durante dos décadas arbitró partidos en Villa Insuperable hasta su retiro voluntario, luego de que una desgraciada intervención quirúrgica le devolviera la vista. Los que lo vieron dirigir en sus tiempos de gloria cuentan que no era ni más ni menos injusto que sus colegas videntes. Y que cuando le preguntaban como hacía para dirigir un partido sin verlo, respondía:

-Y... ¡pá lo que hay que ver!

Narciso te mira fijamente y sus ojos te parecen dos preguntas y dos respuestas, y estás a punto de caer en sus brazos pero no lo hagas, porque Narciso sólo tiene ojos para sí mismo y si te mira es porque quiere ver su reflejo en tus pupilas, y así saber si está bien peinado.

Un error en los cálculos del experimento lo convirtió en el Hombre Mosca: cuerpo de hombre y cabeza de insecto. Y en vez de dos, cientos de ojos: ojos en la cara, en la frente, a los costados, en la nuca, en el c...

A una persona con tantos ojos nada se le podía escapar. El Hombre Mosca pronto consiguió empleo como celador de un renombrado colegio secundario, y nadie podía contradecirlo: lo veía todo!. Pero murió solo -el pobre-; porque, a diferencia de los demás, nunca necesitó de la presencia de alguien que lo ayudara a completar su mirada.

Llevaban semanas enteras sin ver tierra. Sin embargo, los planos del capitán eran precisos y determinantes: la costa aparecería por estribor. Pero la costa no aparecía; la tripulación pasaba sus ratos de ocio sentada sobre la cubierta: los brazos acodados en la barandilla y los ojos fijos en el horizonte, hasta que dolían. Varias veces escucharon el grito del grumete: ¡Tierra a babor! ¡Tierra a babor! Pero no le hicieron caso. A la semana, el grumete se quedó afónico o se cansó de discutir. Si hubieran mirado hacia babor, hubieran descubierto América.

A veces, sabemos con tanta claridad hacia donde tenemos que mirar, que no somos capaces de ver nada.

El gran peligro es que el universo desaparezca en un parpadeo, si el Gran Dios de los Hutos deja de mirarlo. Es por eso que los sacerdotes hutos -en representación de su Gran Dios- se dedican a observar con obsesión y solicitud a cada una de las construcciones de la tribu, de los terrenos y de los sembradíos.

Los obreros de la municipalidad de Almirante Brown, en Buenos Aires, salen a la calle en grupos de a cuatro: son tres que hacen el trabajo y uno que los mira trabajar. Este último cumple una función esencial: sostiene con su visión el trabajo de sus compañeros, para que el esfuerzo de éstos no se esfume por negligencia de la mirada.

Digamos la verdad, de una vez por todas. La Bestia no era un príncipe hechizado: era una Bestia hecha y derecha. Porque Bestia había nacido y Bestia hubiera muerto, si no fuera porque la Bella lo creía príncipe, lo trataba como así lo fuera y se pasaba tardes enteras mirando y ad-mirando a su Alteza. Lógicamente, de tanto ser observada de esta manera, la Bestia terminó por convertirse en príncipe. La mirada amorosa, cuando es persistente, tiene esos poderes...

También conozco personas que, con el solo poder de su visión, han convertido a su príncipe en una verdadera Bestia, y a su princesa en una verdadera bruja.


jueves

Santoral



Como sacerdote, Quintiliano era una excelente persona, pero pésimo predicador: perdía a todos los fieles que le eran confiados y la gente que asistía a sus homilías terminaba convirtiéndose al animismo, el sintoísmo, la cosmosofía o a alguna variante inmoderada del satanismo. La Iglesia de los Últimos Vestigios lo recuerda como el Santo de los Trenes No Alcanzados, las Mascotas Extraviadas, las Lapiceras Perdidas y las Oportunidades Desperdiciadas.

Al cumplirse medio siglo del martirio de San Menalipo, en el año 453, Dios hizo crecer un parquímetro en el sitio exacto de su muerte, para gloria y expresión de su divino sentido del humor, que de vez en cuando se daba el gusto de mandarse uno de esos milagros dadaístas.

De Santa Deidamia lo único que nos quedó fue el nombre, lo cual no fue obstáculo para que sus biógrafos escribieran las “Conjeturas de Deidamia”, ese mamotreto biográfico de 1370 páginas que podemos recorrer y cerrar con fastidio sin encontrar un solo dato acerca de su vida. La Iglesia la declaró Santa Suplente y Patrona de lo Ignorado. Y cada vez que les anda faltando un santo para llenar un día del calendario, la llaman a ella.

Dios lo tenía "de punto" al Aparicio, y cuanto más trataba de alcanzar la santidad, más se veía constantemente involucrado en acciones ridículas como el lamido de vidrieras o la educación de surubíes. Cansado, decidió probar suerte con otras divinidades. Pero fue inútil: tanto Alá como Krishna, Baal, Quetzalcoatl y la Mano Invisible que Mueve al Mercado, se burlaron de él con idéntico ensañamiento.

Luego de convertirse al cristianismo, la joven Taciana fue convertida en árbol por la bruja del pueblo. Pero Taciana –encendida, con ese ardor terco y empecinado de los conversos- continuó con su predicación entre sus nuevos compañeros, los abetos. Hoy se la recuerda como la responsable de la conversión a la fe cristiana de más de quince mil hectáreas de coníferas, que antes de escucharla no creían ni en la germinación del poroto.

sábado

Leandro Evangelino: una vida patricia


Primera parte: Sus años escolares

Año del Señor de 1790

Mariano Moreno era más niño que adulto cuando llegó a la Universidad de Chuquisaca.

-Ésta será tu habitación -señaló el bedel al mozalbete cargado de bultos. -Pero, además, tendrás un compañero. Un mozo de Córdoba: se llama Leandro Hurtado.

Mariano, con sus doce años casi cumplidos, era prolijo y puntilloso. Ya había ordenado toda su ropa y sus enseres, cuando el bedel llamó a su puerta para anunciarle:

-Moreno: esta noche dormirás solo. Tu compañero está enfermo de viruela.

Y Mariano durmió solo. Para esa noche escogió algunas pesadillas que tenían que ver con pasillos interminables, patios gigantes y oscuros y la sensación de llegar tarde sin saber adónde. Antes de que amaneciera, ya había dormido todo lo que se podía dormir y esperaba los campanazos del despertar sentado a los pies de su cama, con los ojos abiertos. El bedel se asomó:

-Te tengo una mala noticia, Moreno: te has quedado sin compañero. El joven Leandro falleció en la enfermería hace una hora. Reza por él.

Aquella mañana Mariano asistió a las exequias de su casi compañero de habitación. Fue la primera y la última vez que se encontró con Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado.

Pero el nombre de Leandro siguió resonando en los claustros de Chuquisaca. Cada vez que alguien se lanzaba un cuesco en la misa matutina, o cuando algún alumno aparecía golpeado y no se animaba a denunciar a sus atacantes, Moreno y sus compañeros canturreaban:

-"¡Fue Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado!"

Segunda parte: Su vida pública

Alto Perú, 1810-1815

"Vístanme despacio, que estoy apurado", andaba diciendo Napoleón por aquellos años. Sin darle bolilla, frenético y fastidiado, Mariano Moreno trataba de terminar la redacción de un Plan Secreto Para La Junta Revolucionaria.

El pregonero anunció las ocho de la noche. Había que apurarse, pensó Moreno: ya estaría comenzando la reunión de conspiradores nocturnales. Estarían por la primera conspiración, y, si no se apresuraba, no iba a llegar hasta la tercera intriga. Luego de estampar su firma recordó aquella cláusula de los Estatutos de la Junta para los Documentos Secretos: “…Todos los escritos de esta naturaleza deberán llevar, por lo menos, la firma de dos de los integrantes de la Junta”. Por suerte, el Plan Secreto derogaba esta cláusula, pero era necesario encontrar a otro firmante para darle valor al documento. Sin pensarlo dos veces escribió con su mano izquierda, al pie del mismo:

Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado y Mariano Moreno
Primer Vocal y Secretario de la Junta


Esa noche, Mariano Moreno contó a sus amigos que la Junta Grande había recibido un nuevo miembro. Sus compañeros de estudios lo acogieron desternillándose de risa.

El “fue por culpa de Leandro Hurtado” se convirtió, entonces, en la frase preferida de los morenistas. Cada vez que se trataba de votar alguna ley impopular, como el impuesto a los peinetones, o la ejecución de algún personaje muy estimado por la sociedad, se acusaba a Leandro Hurtado. (No hay cosa más breve en este mundo que la permanencia en el poder de un revolucionario). Moreno desapareció, y los morenistas se fueron o se pasaron al bando opositor. Pero Leandro Hurtado sobrevivió en el poder. A los miembros del Triunvirato les convenía tener a mano un Leandro Hurtado para hacerlo responsable de aquellas acciones de gobierno, las más desacreditadas. Entre otras cosas, la firma de Leandro Hurtado fue la única que se animó a garabatearse desde el Río de la Plata para apoyar a Simón Bolivar en la confección de una bandera americana, mientras el resto de los revolucionarios ladraban y aullaban sus críticas.

A veinte años de su muerte, la carrera política de Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado aparecía en un horizonte preñado de promesas.

Tercer parte: El Juicio de la Historia

En el cuadro "La Asamblea del Año XIII votando afirmativamente por la pintura de un retrato de la Asamblea del Año XIII" (1813) podemos ver a Leandro Hurtado escribiendo, abstraído, en el costado izquierdo de la tela. No se le ve la cara: el pintor -hombre ingenioso- tuvo la astucia de escamotearnos su rostro. Astucia que le faltó al escultor encargado del busto a Leandro Hurtado, erigido en la plazoleta homónima; aquel émulo de Fidias presentó un busto que tiene, en realidad, la cara de nadie y que conserva esa expresión carente de expresión de los seres perfectamente olvidables.

Fue larga y fructífera la carrera de nuestro prócer. Cada vez que una facción llegaba al poder, tomaba los mismos recaudos: hacerse de los erarios públicos, desterrar o fusilar a sus antecesores y convocar al fantasma de Leandro Hurtado. En sus muchos años de carrera pública, Leandro Hurtado fue jacobino moderado, monárquico recalcitrante, federalista irredento, carlotino independiente, unitario circunspecto y clericalista independiente. Sufrió (dentro de lo que le es posible sufrir a un difunto) de varias amenazas de fusilamiento y ahorcamiento por garrote vil. Pero Hurtado era uno de aquellos personajes que era preferible mantener en la escena política. Sufrieron, sí, los hurtadistas: siempre que era menester ejecutar a alguien, o confiscar sus bienes (o, mejor, ambas cosas) se lo acusaba, sin más, de hurtadista y sanseacabó. El fin de su carrera ocurrió en la década del '80, cuando el presidente en funciones consideró conveniente jubilar a Hurtado y poner en su lugar a parientes de carne y hueso...

Epílogo

Si pudiéramos catalogar a algunos de nuestros próceres de la patria por la densidad de sus existencias, Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado seguramente sería poco menos que inexistente; sin embargo, le ganaría –y por lejos- a tantos, cuyas existencias en la Historia, en otro sentido, han sido o son casi nulas. Es más: muchos de nuestros insígnes contemporáneos no habrán de llegar a enhebrar en vida, jamás, la dilatada y notable actuación pública que nuestro querido Leandro Evangelino supo desarrollar en su muerte.

¡Gloria y loor a Leandro, por siempre sean dados!

La Dinastía



Solo hay una forma de llegar a la corona en Santangelia: traicionando, conspirando y asesinando al rey. Ninguna de estas muertes (por asfixia, envenenamiento o apuñalamiento) llega a aparecer en los libros de historia: el conspirador, después de cumplir con su cometido, ordena la corrección del último capítulo de las crónicas reales, presentándose a sí mismo como el hijo preferido del rey ultimado.

Para no despertar la ira del pueblo -que guarda una fidelidad incondicional para con sus viejos monarcas- cada usurpador trata de asemejarse a su predecesor, copiando sus gustos, practicando sus aficiones y adoptando su particular forma de caminar, de tal manera que (como los malos actores) termina pareciéndose más a una caricatura de su predecesor que al predecesor mismo. Cuando se revisan las crónicas y los anales de Santangelia, se llega a la conclusión de que este reino ha sido gobernado por una única dinastía, una gran familia amorosa en la que cada soberano cede su trono al que le sigue.

Mientras los cronistas reales corren a buscar un trozo de piedra pómez que les sirva para borrar y enmendar sus manuscritos, su Majestad agoniza con una sonrisa resignada, sabedor de que su asesino se ocupará de prolongar su existencia, puesto que el usurpador reclamará para sí su color de ojos, el tartamudeo de sus momentos de furia, la inflexibilidad al declarar la guerra a los países vecinos. Pero en un último relámpago de lucidez termina de darse cuenta de que este constante morir y matar de los reyes jamás ha sido una elección del asesino ni del asesinado. Ambos son apenas los hilos involuntarios y fatídicos de una trama larga e inmisericorde llamada Santangelia. Todos sus reyes están unidos por un lazo de sangre; que no es el de la sangre compartida, sino el de la sangre derramada.


jueves

Si las piedras hablaran | Final



Fue una noche extraña -se acuerda el poeta- aunque, después, nunca haya podido diferenciar lo recordado de lo sucedido. El desierto se llenó de hombres con antorchas que deambulaban entre las piedras haciéndoles marcas. A algunos no los había vista nunca, y susurraban entre sí en idiomas extraños, pero Saturnino no les prestó atención; estaba demasiado ocupado pintarrajeando piedras y reclamándolas para su gobierno.

En algún momento el poeta recuerda o imagina haberse cruzado con Sosa Farrell. Sostuvieron este diálogo:

-A las piedras se las puede dividir en dos grupos: las que se dejan aprehender y las que lo atrapan a uno. Si supiéramos cuál es el verdadero nombre de estas piedras, podríamos nombrarlas y hacerlas nuestras. Y les ganaríamos de mano.

-Mariconadas de poeta. El nombre es lo de menos, Saturnino. Sólo tenemos que ponérselo, y ya.

-Pero es que estas rocas se resisten, Farrell. No colaboran con nosotros. No quieren decirnos nada. Y no dejan de mirarnos.

-Al nombre verdadero no se lo descubre: se lo inventa.

El poeta lo miró como quien mira a un blasfemo.

-¿Nunca has tratado de enseñarle algo a una piedra? -continuó el dramaturgo. -La sientas sobre una silla y, día tras día, le das la misma lección. Al cabo de unos años descubres que la piedra sigue siendo la misma; pero tú te has modificado. Si vas a dedicar tu vida a la educación de las piedras, deberías tener claro lo que haces para educarte a ti mismo.

Y desapareció. Al poeta le gustaron estas palabras, pero odiaba tanto al dramaturgo, que decidió no haber tenido esa conversación...

A la mañana siguiente, las formaciones rocosas amanecieron llenas de banderas pintadas en sus pies. Banderas argentinas y bolivianas, banderas exóticas del Asia y de Europa, banderas de países desconocidos. También había escritas algunas palabras: “tricornio”, “Sonnets of William Shakespeare”, “positivismo lógico”, “Deutsche über alles”, “Presidente Hipólito Yrigoyen” y “cabeza de tordillo”. En estos dos últimos, el poeta reconoció la letra y la intención de Mititieri: en la pobreza de su imaginación, Mititieri sólo encontraba cabezas de caballos y retratos de hombres famosos.

El poeta mandó a borrar las banderas y las inscripciones. “Empezamos de nuevo”, pensó, desganado.

Esa tarde, a la hora de la siesta, el poeta y el dibujante se sentaron bajo las rocas. El dibujante estaba eufórico:

-Ya descubrí la forma de atrapar estas piedras. Es fácil. Dígame cualquier cosa.

-Fémur -respondió Saturnino.

-Dibujo un fémur, entonces y… ¡voilâ! Esa piedra, enfrente de nosotros, es un fémur.

El poeta entreabrió los ojos. Efectivamente, lo parecía. El cellista, desde alguna parte, desmadejaba una melodía que se desenredaba para volver a enredarse.

-Ahora dígame un país, o un animal.

Pero Saturnino ya estaba soñando, y en ese sueño se le revelaron los verdaderos nombres de las piedras. Soñó con cada de una de las rocas, y después soñó las relaciones entre ellas. Pudo conocer los lazos de amor y de desamor, tendidos y atados entre cada formación rocosa (aunque palabras como vínculo, amor y desamor eran insuficientes para explicar lo que les sucedía, y un humano nunca podrá amar u odiar como lo hace una piedra). También supo de los nombres con que las rocas habían bautizado al poeta y a sus compañeros, nombres cuya sola enunciación nos insumiría años de paciente escucha. Después de entender todo, de aceptarlo y guardarlo en la memoria, se despertó y lo olvidó. Sólo recordó que alguna vez había entendido.

Esa mañana ordenó que levantaran el campamento.

Las razones del fracaso de la expedición fueron explicadas por el poeta en su memorando al Ministerio del Interior. Es una lástima que este memorando se haya perdido; aunque, señores, cosas más valiosas que esas también se han perdido y el mundo sigue andando. Pero el gobierno de Yrigoyen tomó sus represalias contra el poeta: nunca más volvería a ser convocado a ningún cargo público que supusiera hacer cosas.

El desierto de piedra sigue sin ser reclamado por ningún país. El poeta siempre siempre sostuvo que las rocas seguían esperando a alguien que tuviera paciencia de centurias, para nombrarlo y dejarse nombrar. “Que para eso fueron hechas estas rocas”, concluía. “Pero no para nosotros”.