martes

Soneto a la mujer que no contesta



Y te sigo preguntando qué te pasa

aunque ya hace tanto tiempo que te fuiste.

Ni una sola de mis cartas respondiste;

no te encuentro, ni en la calle, ni en tu casa.


Sólo sé que una mañana, de repente

al silencio, sin defensa ni abogado

me penaste. Lo que fuera amor hablado

hoy en día se me ha vuelto amor silente.


Pero ya no sé si quiero a la que hablaba,

o a esta nueva de mudeces como altares,

tan claras como el cielo es de celeste.


Qué difícil es vivir sin tu palabra,

pero qué sería de mi sin tus callares.

Contéstame, por favor, no me contestes.




miércoles

Cálculos sobre la Esperanza



Dedico esta humilde reflexión a mi querida mamá, Clelia, que hace dos días me dijo que volvería, pero no me dijo transformada en qué, y a la que espero y esperaré eternamente.


- Considerando a un sujeto promedio (alguien como nosotros, o poco menos) que avanza por la vida en dirección rectilínea sobre un número indeterminado de ilusiones.

- Viendo que éste hombre continúa atravesando, a saltos,
una superficie cada vez mayor entre esperanza y esperanza.

- Conjeturando que el 37,2 % de cada anhelo suyo
desfallece por causas naturales en un mediano lapso de tiempo.

- Calculando que la espera de algo determinado termina por convertirse en desesperación.

- Deduciendo de esa cifra, el importe del desespero que desesperó de sí mismo y se convirtió en un “confío”.

- Y arribando al instante en el cual, como el cuerpo en su tumba, ya puede esperar todo porque se ha quedado sin nada.

- De todo lo dicho, y a modo de ejercitación existencial, les propongo establecer lo siguiente:


a- Dónde comienza la espera.

b- Dónde termina.

c- Y qué longitud nos separa de los seres que amamos y a los que seguimos esperando que vuelvan con nosotros.



Pintar la Vida



Cuando ella cumplió quince años, yo hice su primer retrato: tomé mi carbonilla y tracé en tres líneas el contorno de su cara, los pómulos salientes y esos ojos que miraban para adentro. Con el tiempo tuve que añadirle unos toques de acuarela, porque en el rostro ya aparecían otros colores y su mirada era más una respuesta que una pregunta. Cada año le agregaba una nueva pincelada; la imagen se iba convirtiendo en un revoltijo de brochazos superpuestos en los que había que adivinar un rostro.

“No te preocupes: ella se maquilla tanto, que hay más pintura en su cara que en todo tu lienzo”, me decían sus nietos. Hoy el retrato de ella es un palimpsesto, un laberinto de líneas horizontales y verticales, ocres, amarillas y negras. Pero las personas que realmente la conocen, miran mi pintura y dicen que sí, que es ella, que se le parece mucho.

Pintar -lo que se dice pintar-, ella no se sentaba a pintar nunca. Lo que estamos viendo sobre estas paredes son los dibujos que hacía en los papelitos mientras hablaba por teléfono, la filigranas que trazaba en los reversos de los boletos de tren, las figuras que delineaba en los costados del diario. Ariadna Giovanparolla nunca quiso ser artista: el arte era eso que le salía al encuentro mientras ella estaba buscando otra cosa.

Tantas mujeres tuvo Lotario en su vida, que no alcanzaría la lengua de todas las chusmas del barrio para contarlas. Mujeres de cabello rubio como el mediodía, rojo como el atardecer, y negro como la noche (en los últimos años, incluso, se lo solía ver en compañía de mujeres de pelo verde y azul, pero no se nos ocurren las metáforas que justificarían su inclusión en esta frase). Como pintor, Lotario era inalterablemente fiel: en sus cuadros, siempre pintó la misma mujer de pelo marrón, ojos café y rasgos ligeramente orientales. “Mis amigos dicen que el que conoce a una mujer, ya conoció a todas” –decía Lotario. Y agregaba: “yo creo que es al revés: por más que las conozcas a todas, la verdad es que, en el fondo, estuviste conociendo a una sola”.

Partenia Sofía jamás completaba un cuadro. Llegando a la mitad del lienzo se le ocurría otra idea y entonces -de puro ansiosa- comenzaba una pintura nueva en la parte inferior de la vieja. Un cuadro de Partenia no es por definición un cuadro: es la mitad de un cuadro que se extingue mientras se asiste al nacimiento de la otra mitad.

Recorrer la obra pictórica de Partenia Sofía es hacer una peregrinación de pintura en pintura, de pared en pared, de museo en museo, tratando de seguir el hilo de una historia que se interrumpe en ese medio lienzo que, a su muerte, quedó inconcluso. Los pocos valientes que se asomaron a esa mitad sin completar, dicen que la pintura sigue del otro lado, que hay una mano invisible que hace señas invitándolos a seguir, y que ellos ni locos piensan en hacerle caso.

Fantasmas Argentinos - Final



Faltaban dos semanas para el Centenario, pero ni un solo fantasma había. El Cura Maléfico ya no se paseaba por los atrios de las iglesias espantando a los niños de todas las edades; las Trillizas sin Cabeza dejaron de ofrecer sus equívocos favores; la Sombra del Puto dejó de insinuarse a la salida de los cabarets; el Amante de la Virreyna ya no corría desnudo por los techos; el Gaucho Albino dejó de buscar roña por los bares del bajo, y los Húngaros Danzarines abandonaron sus delirantes coreografías. El gobierno nacional –preocupado por la ausencia de sus fantasmas más distinguidos- masacró una cincuentena de obreros del calzado para obtener algunos espectros de reemplazo. Pero los Espíritus Proletarios (como fueron bautizados por la prensa sensacionalista) se unieron a Jacinto de la Banda y a su Primera Huelga Argentina de Fantasmas.

Solo quién no fue obrero ni fantasma puede decir que aquellos eran tiempos felices. La moda de los mediums atraía a toda la familia; niños y adultos distraían las horas de la siesta invocando a cualquier pobre fantasma que anduviera por ahí, y no pasaban diez minutos sin que un funcionario del gobierno conjurara la presencia de los Espíritus de Nuestra Patria, para gran fastidio de los mismos.

-¡Esto es casi peor que estar vivos! –decía Eugenio Zamudio. Jacinto –que había leído “Los Miserables” y un par de novelas de Emile Zola- encabezó el movimiento de protesta por un trato más justo y por mejores condiciones de muerte. En su casa se realizaron las reuniones de la Huelga de Fantasmas y en su estudio fotográfico se escondieron todos. Los fantasmas son como los perros: si se tropiezan dos de ellos, la pelea es inminente, pero si se encuentran muchos, son dóciles y disciplinados.

La foto de la Primera Huelga Argentina de Fantasmas -como era de esperarse- era oscura y borrosa; por detrás de aquella confusión de bultos semitransparentes, casi humanos, podemos llegar a distinguir la sonrisa de Jacinto de la Banda. Delante de ellos, una banderola pintada con trabajosa letra mayúscula pedía: “POR UNA INEXISTENCIA MÁS DIGNA PARA TODOS”.

Si hoy nadie guarda el recuerdo de esos días, es porque fueron tiempos sosos y sin consistencia. El aire, sin sus fantasmas, había perdido sustancia. El clima se había vuelto caluroso y frío al mismo tiempo, y la gente vagaba perdida por las calles, sin recuerdo ni propósito. El gobierno se dispuso a fabricar una historia para el Centenario, porque no quedaba memoria, y había que conseguir una lo más pronto posible. Fueron inútiles los intentos de convocar a los fantasmas de la Primera Junta de Gobierno (que se odiaban y no querían ni verse) y nulas las invocaciones al Espíritu de Mayo (que no existía). Despechado, el presidente ordenó que inmediatamente se confeccionara una nueva historia con nuevos próceres. A partir de ese momento, cada quince minutos se inauguraba una plaza con su correspondiente prócer, busto y discurso. Los historiadores protestaron: ¿cómo se puede confiar en una historia con tan poco olvido?

Pero el problema aún no estaba resuelto. Quedaban varias vacantes fantasmales por cubrir. El gobierno pidió la colaboración patriótica de los ciudadanos vivientes, que desde aquellos días oficiaron de falsos fantasmas; aún hoy podemos verlos vagando por las calles, con su palidez y su mirada extraviada. (Es por eso que Buenos Aires es una ciudad tan fantasmagórica: el desarraigo infinito y la tristeza errante y sin propósito son patrimonio de sus seres vivos). La Huelga de Fantasmas se terminó a los pocos días, más por aburrimiento que por triunfo de alguien. Cansados de Buenos Aires, sus cabecillas se fueron a buscar la nada a otra parte. Pero nos dejaron sus huellas, que son como fantasmas de fantasmas, recuerdos nostálgicos de un recuerdo.

Cuando faltaban apenas tres días para el Centenario, Jacinto echó llave a su estudio y le prendió fuego. Pero nunca se fue del todo y su sonrisa suele aparecerse, de foto en foto, y de vez en cuando.


jueves

Fantasmas Argentinos - Parte II



No era el frío: eran los fantasmas. Cada buque que llegaba al festejo del Centenario traía sus embajadores, sus productos típicos y su cargamento de ánimas en pena. Fantasmas gesticulantes de la Italia, dolientes y engreídos de la España, reservados y altaneros de la Inglaterra, petulantes y jactanciosos de la Australia. La ciudad se llenó de espectros extravagantes que trataban de hacerse comprender mientras tropezaban entre sí, y algunas noches no se podía respirar, de tan espeso y frío que se había puesto el aire.

Cuando el sol se ocultaba en el horizonte, el espíritu de Eugenio –que sabía hacerse entender en varios idiomas- salía en busca de los turistas para llevarlos al estudio, a sacarse una foto de recuerdo. Después de retratarse, las ánimas salían en grupos de veinte o treinta a conocer las casonas abandonadas, los camposantos más antiguos, los burdeles fantasmagóricos más reputados.

Pero no eran tiempos fáciles: faltaban pocos días para la Primera Huelga de Fantasmas y la policía andaba apresando a todos los espectros que encontraba, sin hacer preguntas, amenazándolos con devolverlos a la vida. Jacinto De la Banda comenzó a acompañar a los fantasmas en sus recorridos turísticos, un poco por curiosidad, otro poco para hacerles de campana.

Una noche calurosa de marzo, mientras montaba guardia en la puerta del burdel de una calle céntrica, sufrió el frío de dos manos heladas que lo tomaban de los hombros y le recorrían la espalda. Con un escalofrío, se dio vuelta y sintió que su boca era invadida por un beso gélido y enérgico como el de un glaciar que se deshace. Una risita y dos manos, heladas y femeninas, lo llevaron hacia el interior del lupanar y lo empujaron a un cuarto oscuro y untuoso, donde se practicaba el impropio comercio entre los hombres y los espíritus. Allí fue donde conoció el amor leve y fresco de los fantasmas: ese amor que consume a los vivos y los deja temblando, con ganas de más, en una mezcla de euforia e insatisfacción.

Jacinto volvía al burdel, noche tras noche, para encontrarse con ese amor que ni cara ni nombre tenía. El resto de las horas trataba de dejar de añorarla, pero, por más que se aplicaba al olvido metódico de la figura de su amada, nunca pudo perder el recuerdo de su pelo y de su mirada. Muchas veces pensó en el suicidio, pero, agnóstico y racional, temía ser merecedor del cielo de los hombres racionales, más opaco y aburrido que el mismo infierno de los creyentes. No se decidió a morir, sino a desaparecer.

Faltaban pocos días para el Centenario. Jacinto se encerró en su estudio. Allí se sentó en el sillón, mientras Eugenio le sacaba foto tras foto. Al segundo día de fotografiarse, su figura comenzó a perder consistencia. Al tercer día, era una silueta difusa. Al anochecer del cuarto día, Jacinto de la Banda era, apenas, una sonrisa que colgaba del aire.



Malinterpretaciones


De todos los cuadros del museo, el más extraño es el de aquella mujer, madura, pero todavía joven, que nos mira y nos sonríe mientras esconde algo detrás de su espalda. El primer catálogo del museo (1892) lo describe como “La Alegoría de la Previsión y el Ahorro, que lleva tras de sí al Progreso y la Industria”. Treinta años después, el historiador Marío Ineso Schmidt describe a esta mujer como “la alegre esposa del labriego, que recibe a su marido con una sorpresa, tal vez un nuevo hijo”. Sin embargo, en el último catálogo razonado del museo se nos habla de “el retrato de la adúltera Clitemnestra, que con hipócrita sonrisa invita a su esposo Agamenón al lecho, mientras esconde tras de sí la daga asesina, pronta a apuñalarlo con la energía que el encono y la adúltera lascivia le prestan”.

Todos los miércoles visito el museo, me siento frente al cuadro y leo su etiqueta. Simplemente dice: “Una mujer. Óleo”.

Te miré. Leí en tu mirada (que parecía decirme “éste es el momento”) y me arrojé encima de ti para besar tu boca, pero vos te inclinaste y terminé estampándote un beso sobre tu ojo izquierdo; avergonzado, retrocedí, pero vos quisiste tomarme de mi brazo, y te quedaste con un pedazo de mi corbata entre tus manos; yo volví a intentar el beso definitivo, pero chocamos con violencia y dolor nuestras sienes. Algún día llegaremos a besarnos, y sólo espero que no sea demasiado tarde.

El sello discográfico Deutsche Grammophone, en su colección “Grandes Malinterpretaciones” acaba de editar las históricas grabaciones de Gabriello Cantalamessa, quizás el peor intérprete de Chopin en toda la historia de la humanidad. “Ustedes no me comprenden, pero yo toco para el futuro”, decía Gabriello. “Cantalamessa toca para el pasado. Sus oyentes ya murieron”, sostenían algunos críticos. Yo creo que no tocaba ni para el pasado ni para el futuro: yo creo que tocaba para la mierda.

El primer filme de Margretto Sock, “Familias disfuncionales”, era una prolija recreación de las duras y trágicas experiencias de su infancia. Pero el público se desternilló de risa y la película fue definida por el New York Times como “la mejor comedia en un año de comedias”. Cuando Sock escribió el guión de la secuela decidió agregar algunos toques de humor y poner punto final a la saga con un final optimista y esperanzador. Pero –sospechó, al ver a su público, a la salida del estreno- algo debería andar mal; que tantos eran los llantos desconsolados, los pañuelos húmedos y los ojos enrojecidos...

Está todo ahí: no hay más que leer los diarios de la época. Los candidatos fueron claros y sólo nos prometieron más pobreza, más desocupación y más dureza: Más de lo mismo! Pero nosotros –que no los entendíamos, o no queríamos entenderlos- fuimos a las urnas y los votamos con entusiasmo, porque detrás de cada amenaza queríamos ver una promesa. Así de ciegos esta(ba)mos.

Ay! de los escritores que sean comprendidos por sus contemporáneos. Ay! de mí -lector o lectora- si entendieras lo que trato de decirte.

Pánfilo Martesani



Pánfilo Martesani quería ocultarse del mundo, y por eso mismo comenzó su carrera literaria. ("Porque para eso escribe el que escribe –afirmaba, eufórico-, para desaparecer detrás de su escritura…") Lo cierto, es que una mañana de enero se largó a escribir su autobiografía, y, 742 páginas después -o 72 horas, que es casi el tiempo que le llevo escribirla-, empezó a borrar todos sus rastros.

Primero, eliminó del texto toda referencia a su persona. El resultado fue un relato turbio y enigmático, como una comedia sin cómico, una tragedia sin coro o un baño sin jabón. Un relato que avanzaba como un tren en la noche, sin su mótorman.

Martesani había optado por hacer voto de ausencia. Se abstuvo, por lo tanto, de decir las cosas tal como las hubiera proferido naturalmente. Eliminó todos aquellos giros literarios y metáforas en los que parecía que la ideología del autor era demasiado evidente. Sostuvo con vehemencia aquellas afirmaciones que contradecían sus creencias morales, sus elucubraciones más lúcidas.

Cuando llegó al final de la redacción del tercer manuscrito, Pánfilo ya se había abandonado totalmente a su propia escritura y se encontraba rendido a las pasiones y los trajines de alguien que no era él, sino apenas un dactilógrafo atento a los dictados de la ausencia, un abandonado a la negación de sí mismo, un amanuense de su propia confusión.

Por fin, una mañana de octubre, fue publicada la primera edición de “Ausencias”. Pánfilo esperó las reseñas de los diarios con la avidez del criminal que espera la noticia de su crimen, con la certeza del que no va a ser descubierto. Pero los críticos literarios –que suelen ser tan impiadosos como para decir las verdades más tremendas- alabaron el estilo particular, hecho de austeros silencios y vacías miradas. Y el mundo literario celebró, entonces, el nacimiento del “Martesanismo”, tan personal e intransferible.

A partir de entonces, las profesoras de letras de las escuelas municipales estimulaban a sus alumnos para que se convirtieran en nuevos Martesani, "si es que algún día -escribía la directora general en la revista mensual educativa- ande bayan, quieren ganar la fama y la gloria in Perez cedera, y no tener que jugar al Bingo como nosotra... " (sic)

Pánfilo, en su desesperación, trató de escribir un relato que pudiera devorarlo y hacerlo desaparecer. Espantado de su éxito y de sí mismo, no volvió a escribir ni una escueta lista de supermercado. Y a la hora de buscar el anonimato y la no existencia en vida, se hizo artesano de zandalias franciscanas en la Plaza de San Isidro.

Piedra libre para aquellos que, como Martesani, quieren esconderse y no encuentran mejor lugar que detrás de sí mismos.

Fantasmas Argentinos - Parte I



-No voy a llegar al Centenario –dijo Honorio, el día de su cumpleaños.

-Voy a morirme antes del miércoles. Todos estaban acostumbrados al tío Honorio y a sus opiniones, tan precisas como rotundas; sabían que era un hombre obstinado, y que cualquier intento de disuadirlo lo plantaba con más fuerza en sus decisiones. Es por eso que sonrieron con tristeza y alzaron las copas para brindar por el cumpleaños número noventaynueve del tío abuelo; sólo sus hijas le pidieron que -por lo menos- accediera a sacarse una foto con toda su familia.

El tío Honorio se pasó los dos días siguientes cancelando sus deudas y anotando en una libretita azul las peticiones para El Otro Mundo. El martes a la mañana se reunieron en el estudio de Don Jacinto de la Banda, el fotógrafo de la familia. Honorio -muy elegante en su disfraz de República Argentina-, ocupó un sillón en el centro del decorado; era escoltado por sus cuatro hijas -vestidas de Industria, Comercio, Arte y Religión- y sus dos decenas de nietos y bisnietos, disfrazados de Hijos de la Patria: los había en traje de chino, de italiano y de indio, que fueron los únicos disfraces que pudieron conseguirse en tan poco tiempo. Con los ojos entrecerrados y una sonrisa patriarcal entre sus labios, el tío Honorio murió con placidez mientras posaba para la segunda foto. Sus parientes se lo llevaron, no sin antes reclamar una rebaja porque, en el segundo retrato, una de las figuras ya no estaba realmente presente.

“Tanto aburrimiento junto/ De la Banda con su lente/ Te produce, lentamente/ Y te convierte en difunto” –decía debajo de su caricatura en aquel número de la revista Caras y Caretas. “Esto sí es una mala propaganda”, pensó Jacinto, enojado.

Esa misma noche escuchó ruidos en el estudio: era la sombra de don Honorio que, todavía tan torpe, andaba tropezando con las sillas y los marcos de las puertas. Jacinto le ofreció un rincón en su sótano; sólo le pidió que fuera prudente en sus apariciones, y que no trajera mujeres por la noche. Pero Honorio no se quedó por mucho tiempo; al mes, nomás, se aburrió de la vida fantasmal y comenzó a empacar sus cosas para mudarse al otro lado del espejo. Fantasma, pero agradecido al fin, antes de irse le enseñó a Jacinto un secreto para convocar a los espíritus de las fotografías.

Es muy fácil, mi amigo. Como el ánima quedó atrapada dentro de una estampa, sólo hay que tomar esa estampa del difunto y enfocarla, pero con la lente al revés.

Esa misma noche, de la Banda tomó un dibujo de Napoleón, lo puso delante de su lente invertida y lo dejó en libertad: fue, quizás, el primer dibujo animado de nuestra historia; una figura brumosa que desapareció en el aire haciendo gestos ampulosos. Esa mañana, las hijas de don Honorio aparecieron por el estudio para hacer un reclamo: la imagen de su padre había desaparecido de la fotografía encargada, y en la silla consular sólo quedaba un espacio vacío. Jacinto se negó a devolverles el dinero.

-No me hago responsable del comportamiento de mis retratados, ni antes ni después de revelada la foto –se excusó.

Don Honorio no volvió a aparecerse, ni por el estudio ni por su retrato. “Jacinto: quizás te asombre saber que anteayer se murió tu hermano, Melendo De la Banda”, decía el mensaje. Esa noche de febrero, con el telegrama en su mano, De la Banda tomó una resolución: cansado del Ángel de la Soledad y de sus falsos consuelos, decidió llamar a su hermano desde la misma muerte. Como no tenía ningún retrato de él, se propuso utilizar una foto propia; con una carbonilla le dibujó el pelo que faltaba y con una goma afinó sus rasgos. Pero Jacinto era un dibujante desprolijo, y sólo pudo hacer aparecer a Eugenio, el hijo mayor de los Zamudio, ese que trató de borrarse la cara para que no le descubrieran las cartas en el pocker.

Pronto se hicieron amigos. Eugenio, que era un buen contador, comenzó a ayudar a Jacinto en la contabilidad del negocio. Jacinto, por su parte, ya pensaba en abandonar la insípida reproducción de los seres de los vivos –que ya no le interesaba- para dedicarse a las artes fantasmales de la fotografía.

martes

Y vos qué mirás



Adelmo Cacasorno fue el primer árbitro ciego de la historia del fútbol. Durante dos décadas arbitró partidos en Villa Insuperable hasta su retiro voluntario, luego de que una desgraciada intervención quirúrgica le devolviera la vista. Los que lo vieron dirigir en sus tiempos de gloria cuentan que no era ni más ni menos injusto que sus colegas videntes. Y que cuando le preguntaban como hacía para dirigir un partido sin verlo, respondía:

-Y... ¡pá lo que hay que ver!

Narciso te mira fijamente y sus ojos te parecen dos preguntas y dos respuestas, y estás a punto de caer en sus brazos pero no lo hagas, porque Narciso sólo tiene ojos para sí mismo y si te mira es porque quiere ver su reflejo en tus pupilas, y así saber si está bien peinado.

Un error en los cálculos del experimento lo convirtió en el Hombre Mosca: cuerpo de hombre y cabeza de insecto. Y en vez de dos, cientos de ojos: ojos en la cara, en la frente, a los costados, en la nuca, en el c...

A una persona con tantos ojos nada se le podía escapar. El Hombre Mosca pronto consiguió empleo como celador de un renombrado colegio secundario, y nadie podía contradecirlo: lo veía todo!. Pero murió solo -el pobre-; porque, a diferencia de los demás, nunca necesitó de la presencia de alguien que lo ayudara a completar su mirada.

Llevaban semanas enteras sin ver tierra. Sin embargo, los planos del capitán eran precisos y determinantes: la costa aparecería por estribor. Pero la costa no aparecía; la tripulación pasaba sus ratos de ocio sentada sobre la cubierta: los brazos acodados en la barandilla y los ojos fijos en el horizonte, hasta que dolían. Varias veces escucharon el grito del grumete: ¡Tierra a babor! ¡Tierra a babor! Pero no le hicieron caso. A la semana, el grumete se quedó afónico o se cansó de discutir. Si hubieran mirado hacia babor, hubieran descubierto América.

A veces, sabemos con tanta claridad hacia donde tenemos que mirar, que no somos capaces de ver nada.

El gran peligro es que el universo desaparezca en un parpadeo, si el Gran Dios de los Hutos deja de mirarlo. Es por eso que los sacerdotes hutos -en representación de su Gran Dios- se dedican a observar con obsesión y solicitud a cada una de las construcciones de la tribu, de los terrenos y de los sembradíos.

Los obreros de la municipalidad de Almirante Brown, en Buenos Aires, salen a la calle en grupos de a cuatro: son tres que hacen el trabajo y uno que los mira trabajar. Este último cumple una función esencial: sostiene con su visión el trabajo de sus compañeros, para que el esfuerzo de éstos no se esfume por negligencia de la mirada.

Digamos la verdad, de una vez por todas. La Bestia no era un príncipe hechizado: era una Bestia hecha y derecha. Porque Bestia había nacido y Bestia hubiera muerto, si no fuera porque la Bella lo creía príncipe, lo trataba como así lo fuera y se pasaba tardes enteras mirando y ad-mirando a su Alteza. Lógicamente, de tanto ser observada de esta manera, la Bestia terminó por convertirse en príncipe. La mirada amorosa, cuando es persistente, tiene esos poderes...

También conozco personas que, con el solo poder de su visión, han convertido a su príncipe en una verdadera Bestia, y a su princesa en una verdadera bruja.


jueves

Santoral



Como sacerdote, Quintiliano era una excelente persona, pero pésimo predicador: perdía a todos los fieles que le eran confiados y la gente que asistía a sus homilías terminaba convirtiéndose al animismo, el sintoísmo, la cosmosofía o a alguna variante inmoderada del satanismo. La Iglesia de los Últimos Vestigios lo recuerda como el Santo de los Trenes No Alcanzados, las Mascotas Extraviadas, las Lapiceras Perdidas y las Oportunidades Desperdiciadas.

Al cumplirse medio siglo del martirio de San Menalipo, en el año 453, Dios hizo crecer un parquímetro en el sitio exacto de su muerte, para gloria y expresión de su divino sentido del humor, que de vez en cuando se daba el gusto de mandarse uno de esos milagros dadaístas.

De Santa Deidamia lo único que nos quedó fue el nombre, lo cual no fue obstáculo para que sus biógrafos escribieran las “Conjeturas de Deidamia”, ese mamotreto biográfico de 1370 páginas que podemos recorrer y cerrar con fastidio sin encontrar un solo dato acerca de su vida. La Iglesia la declaró Santa Suplente y Patrona de lo Ignorado. Y cada vez que les anda faltando un santo para llenar un día del calendario, la llaman a ella.

Dios lo tenía "de punto" al Aparicio, y cuanto más trataba de alcanzar la santidad, más se veía constantemente involucrado en acciones ridículas como el lamido de vidrieras o la educación de surubíes. Cansado, decidió probar suerte con otras divinidades. Pero fue inútil: tanto Alá como Krishna, Baal, Quetzalcoatl y la Mano Invisible que Mueve al Mercado, se burlaron de él con idéntico ensañamiento.

Luego de convertirse al cristianismo, la joven Taciana fue convertida en árbol por la bruja del pueblo. Pero Taciana –encendida, con ese ardor terco y empecinado de los conversos- continuó con su predicación entre sus nuevos compañeros, los abetos. Hoy se la recuerda como la responsable de la conversión a la fe cristiana de más de quince mil hectáreas de coníferas, que antes de escucharla no creían ni en la germinación del poroto.