lunes

El desván


Jamás pude precisar el momento exacto en que comenzó el plan de destrucción, pero sería tonto negarle importancia a la anuencia de los chicos y al genio increíble de mamá.

No sé, nunca supe por qué nos envolvió esa decepción repentina, ese extraño hastío. Después de todo papá nunca había sido un sabio, apenas un Cid con tiradores, y su apariencia de queja vertebrada quizás se deba a que dentro de su mínima cultura de primer grado existió siempre una pequeña luz que le hizo presentir este mundo hostil, solitario, enfermo de subestimaciones y de costumbres, que nos deshabita. Pero nunca transmitió nada; se dejó encasillar, se dejó dominar por los gritos de mamá (alaridos de los ojos, esos que duelen) ó los “andate a la mierda” nuestros.

Claro, la cosa había cambiado; papá ya no podía imponer su razón o su sinrazón con el cinturón o la pena de ir a la cama sin cenar. Hugo casi médico, Héctor en la mitad de arquitectura, Palmira secretaria de un editor y yo, el menor, ingresante a abogacía, componíamos un ejército de infantes. Todos muy jóvenes, inteligentes, ambiciosos, pero a la vez infinitamente crueles, y con una sensación interior de planeta desierto, de plaza vacía, de pueblo abandonado.

Papá casi no contaba en la familia. Su circuito diario tenía dos escala por la mañana, una en el baño más amplio (y sin tardar mucho), la otra durante el té con leche, escondido entre las altas sillas de cedro barnizado y nuestros cuerpos de estatuas inmutables. Apenas algún comentario sobre un nuevo chiste estúpido escuchado en la radio o la idea de plantar malvones en el jardincito del fondo, era la iniciativa de papá. Aunque no debo olvidar la tibia sugerencia de comprar un pomo grande de crema, “porque el anterior se acabó y es bueno para las paspaduras”. Luego almorzaba o cenaba solo, antes o después que nosotros.

Además podía -se lo teníamos conscientemente permitido- caminar de un lado al otro del comedor y silbar un tango de Gardel; pero el no tenía muy presente este derecho y hacía sus travesías interiores con la cabeza gacha, como pidiendo perdón por usar de nuestro aire.

Sabíamos que papá hacía el mejor asado, coleccionaba llaves viejas y era experto evaluador de cueritos de canillas, pero jamás le permitimos demostrar otras habilidades. No lo dejamos probar al pobre viejo querido; tal vez un hombre ingenuo como él hubiera podido arrancarnos esa telaraña interior que ahora nos consume.

Nacido allá por 1910, tenía esa forma de pensar y de no ser que casi no se encuentra en estos días. Piamontés bruto, conviviendo en conventillos de paso para inmigrantes al llegar a Buenos Aires, sin amor, sin atención, sin padres, trabajando desde niño, contrastaba descomunalmente con nuestra imagen de estudiantes de avanzada.

Y un día enloquecimos. Creo que todo comenzó aquella noche en que Palmira iba a salir con el novio y manifestó que no pensaba volver hasta el día siguiente. Mamá no opuso objeción; no sé, y esto es feo decirlo, si fue porque realmente no le molestó el asunto o simplemente por contrariar a papá. Lo cierto es que, cuando el viejo corrió en forma desaforada para detenerla, Héctor le hizo una zancadilla y el cuerpo de papá rodó estrepitosamente por las escaleras. Era la primera vez que pasaba algo así y aunque parezca raro e inconcebible a todos nos pareció maravillosa esta impulsiva iniciativa de nuestro hermano; si hasta gozamos uno a uno los golpes de papá entre escalón y escalón, explotando de bronca sin dejar de insultarnos hasta chocar de boca contra la alfombra del porche de la casa.

Ahí empezó todo; porque para que Palmira pudiera irse tuvimos que atarlo a una silla. Lo que al principio fue una absurda, pero divertida irreverencia, mezcla de juego y alegre desahogo, se convirtió en un hábito incansable de fiereza progresiva. Y poco a poco, gracias a la fértil imaginación de mamá y a nuestros conocimientos bien adquiridos fuimos esparciendo con eficiencia el odio insólito, pero voraz, que a menudo se tiene a esta clase de seres, a este tipo de padres.

Para mamá, para nosotros, el camino hacia la libertad se basaba en la invalidez de este ignorante cascarrabias. Durante horas nos roció con los más variados insultos hasta que Hugo tomó un cuchillo de esos que se usaban para trabajos prácticos y le extirpó la lengua. Ha de ser cierta aquella tesis sobre las reacciones dispersas de cada hemisferio del cerebro. Paralelamente, lo que hacía Hugo nos parecía una locura y lo disfrutábamos.

Cada día que pasaba lo teníamos más encima de nosotros. Y pensar que él estaba allí, inmóvil, a un costado, mudo completamente y aferrado con justeza a una silla. Más solo que nunca.

Para que no supiese nuestros movimientos actuábamos mediante gestos, creando un retorcido código antipaternalista que terminó por transtornándonos del todo. No soportábamos saberlo cerca, participando activamente de nuestros actos, sumergido en su trágica comedia de inocente ejecutado.

Ya cansados de las intrigas y para que papá no pudiese enterarse de nuestros planes diarios y sufriera por no poder evitarlos, Hugo suavemente le cortó las orejas y luego, recibiendo la venia del grupo, con la ayuda de una tibia espátula de metal dorado, le quitó los ojos.

El planeta entero, con sus consagraciones de cemento y sus valores, sería incapaz de comprender lo que hicimos. Asimismo, nosotros no supimos presentir que lo amábamos intensamente, en la misma y equilibrada medida de nuestro desprecio.

Las cosas empeoraron cuando papá consiguió escapar del altillo y aún ciego, sordo, mudo y débil, pudo llegar hasta la puerta de la calle y salir. Tuvimos que operar otra vez. Con ayuda de Palmira lo metimos en la editorial un domingo a la tarde, y Héctor, que siempre tuvo una mano especial para el dibujo y la perspectiva, supo manejar con certeza la máquina de guillotinar papel (esa que corta las ediciones de Poe y de Cervantes, y que se deshonró amputando los brazos y las piernas de papá).

Yo, mientras tanto, averiguaba las consecuencias legales, alcances de la filio-potestad, límites del parricidio y demás temas consecuentes con mi formación de caminante del Palacio de Justicia.

Lo que quedaba de él ya no nos molestaba mucho; apenas una comida diaria, macrobiótica, y un poquito de pis entre las siete y ocho de la noche. De eso se ocupaba Palmira; yo en cambio le secaba las lágrimas mientras Hugo le acariciaba la cabeza y le decía: ”perdón, perdón”. Pero papá ya no escuchaba.

Paulatinamente comenzamos a abandonar las fiestas y otras reuniones. Por último la facultad, el trabajo, el mundo exterior. Inclusive, dejamos de ir al comedor o al jardincito del fondo. El radio de vida incluía únicamente la cocina, el baño y el desván. No podíamos abandonar a papá. No podíamos.

Mami fue la última en claudicar, la que más tardó en aflojar, pero Héctor la convenció y la trajo un día hasta el desván (ya hablo de este lugarcito como de otra casa). Y papá (imposible olvidar éste gesto) pareció saberlo, sentir que todos estábamos allí sujetos a él, ciegos, sordos, mudos e inválidos, implorándole esa dulce sonrisa que él inexplicablemente nos ofrendaba entre jadeos.

Desde entonces nada ha cambiado; el remedio para la familia no resultó y a veces pienso que éste anulación del padre ha sido un fracaso mayor de lo sospechado. Es más, ayer cuando mamá nos hizo salir a todos del cuarto (no necesito aclarar que todos vivimos en el desván), según un chisme de Palmira se debió a que ella tenía ganas de volver a abrazar a papá como en los primeros tiempos, cuando eran novios.

Y bueno, después de todo, son marido y mujer, necesitan un poco de intimidad; ¡qué tanto! Cuando de seres humanos se trata, ciertas batallas interiores pueden deparar las más diversas sorpresas y resolverse a través de los caminos mas intrincados, como se ve...




jueves

Entre la historia y el surrealismo


La Revolución de los Seis Compañeros triunfó bajo la inspiración del Comandante Sepúlveda, y la primera orden del Comando Revolucionario fue la de ejecutar en el acto a todos los historiadores y fotógrafos del país. La determinación fue unánime, con la sola resistencia del compañero Sufriategui quien, luego de declarar su oposición, cayó en desgracia desde el décimo piso del Ministerio de Asuntos Revolucionarios. Los pintores oficiales, que en ese momento daban las últimas pinceladas al “Retrato del Comandante Sepúlveda arengando a sus Cinco Compañeros Revolucionarios”, cambiaron su rostro por la cara de un mandril. Horas más tarde, el compañero Martiarena decidió suicidarse con la ayuda de un pelotón de fusilamiento. Los pintores –cansados del realismo y sin tiempo material para pintar en su cara el retrato de su sucesor- lo reemplazaron por un cocodrilo vestido de jacquet.

El compañero Murguiondo decidió esconderse, y, usando el método de la carta robada de Poe, se sentó en su oficina para despistar a sus ejecutores ocultándose en el sitio más obvio. No lo consiguió, y fue encontrado. En su lugar, los pintores dibujaron un patito de hule. Luego, el compañero Cademartoli partió en misión secreta; tan secreta, que no era conocida ni por el gobierno, ni por Dios y ni por él mismo. Su figura fue sustituida por una canasta de hortalizas. Del compañero De Souza apenas se sabe que se volvió parte de aire, y así es como fue plasmado en el lienzo.

Por fin, “El Supremo Estratega Sepúlveda arengando a una serie de objetos revolucionarios” fue exhibido en el Museo de Historia a un mes del triunfo de la Revolución. Pero cada semana, con cada nueva crisis de gabinete, el cuadro era quitado de la pared y modificado. Así, a lo largo de las décadas, fue titulándose “El Munificente Amo Sepúlveda arengando a un montón de tortugas”, “El Sumo Pontífice Sepúlveda arengando a un conjunto indeterminado de átomos” y “El Supremo Hacedor Sepúlveda arengando a un grupo de electrodomésticos”. Ya en su chochez, Sepúlveda pasaba largas horas discutiendo, cara a cara, con su ventilador de pie.

La Academia de Historia -poblada de poetas, cuentistas, novelistas, dramaturgos, afectos todos ellos al valor de las metáforas-, consideró que mantener este retrato en exhibición era ceder “en nefasta condescendencia ante el realismo, que tanta confusión había creado y crea en las mentes”, y ordenó que fuera corregido en el acto.

El ventilador y los otros electrodomésticos permanecieron en el cuadro, pero la cabeza de Sepúlveda fue reemplazada por la del ratón Mickey. Esta decisión estética precipitó los hechos: la Academia anunció, a renglón seguido, la asunción del ratón Mickey como Dictador Provisional. A Sepúlveda el cambio no le importó demasiado: ocupado estaba arengando y muriéndose, muriéndose y arengando. Al pueblo tampoco le interesó demasiado porque, a esta altura de los hechos, palabras como “realidad”, “verdad” e “historia” ya no le interesaban un comino a nadie.


miércoles

Un Secreto


En el momento del nacimiento -junto con la tierra natal, la fecha de cumpleaños y el color de pelo- cada niño de Llavallol recibe un destino, con sus gozos y sus fatigas. El padre toma al recién nacido en sus brazos, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, garabatea un signo sobre su nuca, que es la zona del cuerpo donde se encuentra el porvenir de cada persona. Este signo, que representa su destino, puede ser un dibujo (un automóvil, una ardilla) o una palabra ("peristilo", "reconcomio"). El pelo del bebé crece rápidamente y el destino queda escondido detrás de su melena: ni él ni nadie podrán verlo mientras dure su existencia. La vida de cada llavallolense -salvo para aquellos que son tan pobres, que ni destino tienen- se vive de espaldas al propio signo, a ese dibujo tan escondido, a esa rasgo tan íntimo que ni uno mismo es capaz de conocerse. Sólo a los monjes y a los criminales se les permite rasurarse la cabeza: para vergüenza y escándalo, andan con el destino a la vista de todo el mundo.

Después de morir, (junto al regalo de una fecha de defunción, una eternidad y algunas lágrimas sentidas o fingidas) cada llavallolense recibe un sentido. El hijo se acerca al cuerpo de su padre, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, va trazando un signo sobre su frente, que es la parte del cuerpo donde se aloja el pasado de una persona. Este signo puede ser un dibujo (la península de Yucatán, una bicicleta) o una palabra ("passepartout", "miomancia"). Después llegarán los sacerdotes, que serán los encargados de cortarle el pelo, tomar una yilé para afeitar su cabeza y exponer ante la curiosidad del mundo el destino secreto y el sentido final de esa persona.

Es muy difícil encontrar una persona en la que concuerden los dos signos, el de la nuca y el de la frente. Algunos sostienen que la perfección de una vida consiste en la coincidencia entre esos dos dibujos. Otros creen que el verdadero trabajo de esta vida consiste en oponerse al primer signo, aún sin conocerlo, y llegar a merecer el signo opuesto. Por último, los conciliadores -que no pueden ver a nadie discutiendo- dicen que el dibujo de la frente es el mismo dibujo de la nuca, que se ha transfigurado y modificado con el paso de los años.

En estas discusiones, en las tardes de Llavallol, se nos va la vida.

jueves

No aclare, que lo oscurece


Diríase que fue ayer -nomás-que el hombre-niño, entonces sentado a los pies de la abuelita, le preguntaba, mientras se movía con la lengua el colmillo flojo y torcía, nervioso, la punta de su camisa: “¿De qué era el zapatito de la cenicienta?”. La abuela levantaba los ojos de la puntilla primorosísima –cada espacio una ausencia, cada nudo un amor- y respondía ufana como si hubiese sido ella misma la que hubiera tenido a su cargo calzar a la afortunada muchachita: “Era de Cristal”.

¡Y claro que era de cristal! No puede haber ningún hombre decente que en el fondo de su alma no siga sintiendo la necesidad de que el zapato de la Cenicienta haya sido de cristal y que no sea capaz de defender con todos sus corajes y fervores eso, poco pero encantador, que le fue posible seguir creyendo.

Aparecieron, sin embargo, los exegetas –los pinchadores profesionales de globos-, y dijeron: “No, no, no. El zapato de la cenicienta, según las últimas investigaciones de Discovery Channel, era de cuero”. Arguyeron que donde Perrault puso pantoufle en vaire (zapatina de cuero), el traductor entendió pantoufle en verre (zapatina de vidrio). Y seguramente que si trabajan unos años más en este asunto, son capaces de demostrar que fue mentira que la calabaza se transformó en carroza y los ratones en caballos para que pudiera asistir a la fiesta real nuestra querida Cenicienta.

Y su osadía llegará a pretender reírse de nosotros, los nobles ignorantes, que confiamos serenamente en la magia de esas cosas, porque muchas veces, aquí en el mundo que tenemos a mano, hemos visto cómo un adiós se transforma en lágrimas, un hallazgo en sonrisa, un beso en suspiro.

¡Qué poco queda de las cosas cuando se las explica!

¡Qué insensatos los que se inquietan cuando no les encuentran una explicación a las cosas!

Por eso, amigo, no aclare... que lo oscurece!

martes

El tiempo de Mamerto


El Notario Real lee con tedio de tarde de verano (“…y todas las almas de los pelirrojos, y todos los animales que no ladran…”) mientras el nuevo rey trata de concentrarse en la escucha de la lista de cosas que acaba de heredar (“…y todos los himnos piadosos en tonos mayores, y todas las verduras con nombres graciosos, y todas las mascotas que no se bañan) pero la enumeración no se termina nunca (“…y todos los sujetos con cabezas puntiagudas, y todas las lluvias con sol, y toda clase de saltos en una sola pata”) y los nombres de las cosas heredadas caen sobre Mamerto como gotas de garúa que no mojan pero fastidian. El Rey Mamerto ha heredado un trono que nunca quiso. Cuando el notario le comunica que es el Amo y Soberano del Tiempo (“…y todas las horas, los días y las noches de sus súbditos”), hace rato que su Majestad está profundamente dormido.

La del tiempo no era obligación menor. El rey debía ocuparse de llamar a cada día por su nombre y despedirlo cuando estaba tan cansado que no podía mantenerse en pie. En su reino, los niños no crecían y los aniversarios no se festejaban sin la autorización real. Pero Mamerto no sabía, no podía o no quería ser el regente del tiempo de sus súbditos. No estamos en la época del Rey Learco, su abuelo, que lograba que los días duraran más horas y las semanas fueran más breves. Su Majestad Mamerto, en cambio, había descuidado sus deberes como Señor del Tiempo y depositaba sus tareas en manos de sus favoritos. Dentro de este desgobierno, muchos bebés nacieron con varios años de vida encima. La gente trabajaba y destrabajaba cuando mejor le placía. El día y la noche formaban una misma cosa, y los viajeros y los cónsules llevaban sus propios calendarios, para salvarse del desconcierto.

Se podría decir que la crisis y la anarquía eran inminentes, si no fuera porque cuestiones como la de la inminencia habían desaparecido de la conciencia de la gente. Ante tal confusión, los favoritos decidieron implementar políticas de emergencia, como agregar dos lunes más a la semana, cambiar el orden de los meses y abolir la adolescencia. La revolución llegó -ni tarde, ni temprano, ni en el momento justo- y el nuevo gobierno (que trajo como innovación los relojes) decidió que su primera medida sería la abolición de las políticas reales del tiempo. En el momento de enterarse de las nuevas disposiciones, el otoño advino inmediatamente, varios poblados desaparecieron sin dejar huella y mucha gente se esfumó. El rey Mamerto fue uno de ellos, pero su dilución pasó inadvertida entre sus súbditos, para quienes el recuerdo y la memoria eran cosas absolutamente olvidadas.


lunes

La herencia del gusano


Cuenta la historia que, hace millones de años, una colonia de protozoarios, cuyos individuos estaban perfectamente adaptados a su medio, se sentía feliz, por considerar asegurados su mantenimiento y su conservación.

La adaptación, sin embargo, no bastó para auspiciar ningún mejoramiento en las formas de vida. La adaptación sólo constituyó un criterio tendiente a garantizar una utilidad y un reparo. La evolución —
antes bien, “inestabilidad creadora"—, fue el criterio que inauguró la libertad sobre la tierra; que permitió avanzar al pequeño latido elemental de la primera vida, a través de una espesura de monstruos, para que viniera a cobijarse en el corazón del ser que ahora lleva en su pecho la herencia del gusano.

Aferrados a este medio, los adaptados fueron quedando atrás.

Por suerte (o por milagro), en aquella colonia reptante apareció un individuo distinto. Se sintió incómodo en el sitio que a los otros les satisfacía, y se apartó olímpicamente de ellos. Sin duda habría querido que lo siguieran. Pero lo dejaron solo. Era el protozoario rebelde.

De él —fundador de la libertad sobre la Tierra— se valió la Naturaleza para culminar su obra en la gracia del sentimiento y en el milagro de la idea.

Así, como la rosa ya está dentro de la semilla, dentro de él se preparaba una aurora de Leonardos, de Galileos, de Colones y de muchos inadaptados más.

¡Gloria y Loor al proto (o primer) rebelde!, sin el cual este 2008 que recién comienza sería algo muy distinto.

¡Feliz y próspero año para todos mis queridos y evolucionados gusanos!


martes

Reflejos


Antes de que se inventaran los espejos, las personas se conocían a sí mismas mirándose en sus propias sombras: a la mañana se encontraban muy cortos y al atardecer descubrían que se habían estirado metros y metros. Los antiguos sostenían que las sombras eran las que decían la verdad y que el cuerpo -esa ilusoria consistencia- no era más que una mentira.

Pero si el cielo estaba nublado y no había sombra, las personas que querían verse salían a buscarse a la orilla de un río, para mirarse en el reflejo del agua. Cuando las aguas estaban claras, podían observarse con pureza y nitidez, y decirse cosas como “hoy estoy claro”; pero cuando el río estaba revuelto, reconocían con preocupación cosas como “hoy estoy confuso” u “hoy estoy turbio”. Aquellos que no tenían un río cerca salían a mirarse en un árbol (“hoy estoy deshojado”), en un perro o en una piedra (“hoy estoy igual que siempre”), o en el cielo mismo (“hoy estoy cambiante, y con pequeñas nubes”).

Cuando no había sombra, ni río, ni animal ni planta en que mirarse, siempre quedaba la opción de fijar la vista en los ojos de la persona amada. Si era capaz de mirarla en profundidad, por una eterna fracción de segundo, recibía el regalo de una revelación: en aquellos ojos podía verse a sí mismo tal como era mirado. Los enamorados de mirada aguda y amorosa podían llegar, incluso, a encontrarse a sí mismos mirando a la persona amada, en el reflejo de sus ojos sobre los ojos de ella. Los que no podían desviar sus miradas a tiempo, podían correr el riesgo de quedar atrapados mutuamente en aquella espiral (me miro en los ojos que me miran que miro mientras miran que los estoy mirando…), la cual podía llegar a desenvolverse hasta el mismo infinito.

En el peor de los casos, siempre estaban los otros para decirles quiénes eran. En aquellos tiempos sin espejo, cada uno se conocía por mediación de otra persona (“estás demasiado pálido” decía el negro; “hoy estás muy bajo” decía el jugador de básquet; “hoy estoy gordo, hoy estoy demasiado pelirrojo, hoy estoy giboso”…) y nadie sabía como estar hasta haber escuchado la opinión de la persona que pasaba a su lado. “¿Estoy tan mustio y enfermo como vos?”, decía el hipocondríaco. “Yo iba a preguntarte lo mismo, pero sobre mí”, respondía su vecino. Antes de que se inventaran los espejos, cada persona dependía del otro para la confirmación de su existencia. Hoy, no es muy distinto.


lunes

La Historia de Nunca Empezar



Cuando el Emperador de la China no quería hacer algo, directamente no lo hacía. Pero cuando sus deseos de no hacer “ese” algo eran muy fuertes, el Emperador subrayaba su negativa anunciando reiteradamente su propósito de hacer eso mismo. Por lo tanto, cuando los cortesanos escuchaban al Emperador repetir más de cinco veces en un mismo día que había que alfombrar toda la superficie del Imperio, o llevar el desierto de Takla Makan hacia una zona más lluviosa, suspiraban aliviados: era señal inequívoca de que aquellos propósitos nunca llegarían a realizarse. No es el que el Emperador estuviera loco; por el contrario, el Emperador era un hombre que estaba empachado de lucidez. La táctica del Emperador era la de poner sus palabras en el indefinido territorio del "tenemos que empezar a...", a medio camino entre el ser y el no ser. Y los propósitos, allí se quedaban.

El Gobernante de este Imperio sabía que sus habitantes no solo vivían de pan, sino que también necesitaban de alguna que otra fantasía. Por eso les prometía mudar el río Yangtsekiang a una zona menos inundable, o enseñarles a volar como los cisnes. Inmediatamente incluía estos temas en su agenda (eso sí: sin ordenar plazos para su ejecución). Y así alimentaba de esta manera a su pueblo con palabras, y ellos eran felices de vivir en este territorio fronterizo entre la sutil ensoñación y la palpable realidad.

Nosotros, que preferimos que a la realidad nos la sirvan espesa, tenemos una regla de oro para desbaratar estos manejos: sabemos que cuanto más nos repiten una promesa, menos posibilidades tenemos de que se cumpla. Por tanto: comencemos ya a desenmascarar estos ardides imperiales. Estemos atentos a la repetición obsesiva de frases que comiencen con el "tenemos que..." El "Tenemos que vernos", "tengo que empezar a hacer ejercicio", "tenemos que empezar a ser más solidarios", "tenemos que empezar a cambiar este país...", son palabras-obstáculo que se interponen entre el deseo y la acción y nos acunan con la ilusión de una realidad alcanzada a fuerza de ser nombrada.

Es la historia del nunca empezar. El cuento de la Buena Pipa nunca va a ser relatado, porque ninguno de nosotros quiere contarlo: solamente queremos encontrar a alguien para contárselo.

martes

Soneto a la mujer que no contesta



Y te sigo preguntando qué te pasa

aunque ya hace tanto tiempo que te fuiste.

Ni una sola de mis cartas respondiste;

no te encuentro, ni en la calle, ni en tu casa.


Sólo sé que una mañana, de repente

al silencio, sin defensa ni abogado

me penaste. Lo que fuera amor hablado

hoy en día se me ha vuelto amor silente.


Pero ya no sé si quiero a la que hablaba,

o a esta nueva de mudeces como altares,

tan claras como el cielo es de celeste.


Qué difícil es vivir sin tu palabra,

pero qué sería de mi sin tus callares.

Contéstame, por favor, no me contestes.




miércoles

Cálculos sobre la Esperanza



Dedico esta humilde reflexión a mi querida mamá, Clelia, que hace dos días me dijo que volvería, pero no me dijo transformada en qué, y a la que espero y esperaré eternamente.


- Considerando a un sujeto promedio (alguien como nosotros, o poco menos) que avanza por la vida en dirección rectilínea sobre un número indeterminado de ilusiones.

- Viendo que éste hombre continúa atravesando, a saltos,
una superficie cada vez mayor entre esperanza y esperanza.

- Conjeturando que el 37,2 % de cada anhelo suyo
desfallece por causas naturales en un mediano lapso de tiempo.

- Calculando que la espera de algo determinado termina por convertirse en desesperación.

- Deduciendo de esa cifra, el importe del desespero que desesperó de sí mismo y se convirtió en un “confío”.

- Y arribando al instante en el cual, como el cuerpo en su tumba, ya puede esperar todo porque se ha quedado sin nada.

- De todo lo dicho, y a modo de ejercitación existencial, les propongo establecer lo siguiente:


a- Dónde comienza la espera.

b- Dónde termina.

c- Y qué longitud nos separa de los seres que amamos y a los que seguimos esperando que vuelvan con nosotros.