
Apresuré la marcha. Poco a poco fui acortando la distancia que el marinero me llevaba. Las primeras dificultades comenzaron pronto: una familia me cerró el camino y perdí segundos preciosos. Al borde del ridículo, ensayé el más veloz de los pasos gimnásticos. El infierno me envió una gorda llena de bolsas en sentido contrario. Luego, tuve que eludir a unas niñas que se divertían empujándose. La carrera estaba difícil, tuve miedo.
Ya cerca de la meta, conseguí ponerme a la par del marinero. Fijé la vista en él y descubrí algo escalofriante: él también competía. Y no estaba dispuesto a dejarse vencer. Había en sus ojos un desafío y una determinación que me llenaron de espanto.
En en último tramo, perdimos toda compostura. Avanzábamos a los gritos y sin el menor pudor, empujando a cualquiera. Pensé en la mujer que amaba y estuve al borde del llanto. En el último instante, cuando ya todo parecía perdido, una reserva misteriosa de fortaleza y valor me permitió cruzar la puerta con lo que yo creí era una ínfima ventaja.
Sentí plenitud y felicidad. Pensé que aquella misma noche mis sueños más profundos empezarían a cumplirse. No pude reprimir un ademán de victoria. Alcé los brazos y miré al cielo. Después, como en un gesto de cortesía, busqué a mi desdichado compañero. Lo que vi me llenó de dudas. También él festejaba con unos saltitos estúpidos. Por un instante nos miramos y hubo entre nosotros un no expresado litigio.
Era evidente que aquel hombre creía haberme ganado. Sin embargo, yo estaba seguro de haberle sacado, al menos, una baldosa de ventaja.
Entonces me ganaron las dudas. ¿Había calculado bien? ¿Cuál sería el procedimiento legal en esos casos? Desde luego, no me atreví a consultarlo con el marinero. Me alejé confundido y pensé que pronto conocería el veredicto. Una vida dichosa, un amor correspondido, darían fe de mi triunfo. La suerte aciaga, el rechazo terco, me harían comprender la derrota.
Pasaron los años y nunca supe si en verdad gané aquella carrera. Muchas veces fui afortunado, muchas otras conocí la desdicha. La mujer de mis sueños me aceptó y rechazó sucesivamente.
Todas las noches pienso en buscar a aquel marinero y preguntarle cómo lo trata la suerte. Solamente él tiene la respuesta acerca de la exacta naturaleza de mi destino. Quizá, en alguna parte, también él me esté buscando.
Me resisto a considerar una posibilidad que algunos amigos me han señalado, y que daría por tierra todos mis pasados desvelos: la inoperancia de los triunfos o derrotas obtenidos en competiciones secretas.







