lunes

La noción de teatro revuelto


Como las grandes ideas –y las pequeñas, y las medianas- la noción de teatro revuelto nació de la casualidad.

En el Teatro de la Cofia, un grupo de actores trataba sin éxito de llegar al final de la obra "Juampirulo y el Oso Carolino", de Ramón Román. El elenco de teatro infantil provenía de una escuela de actuación naturalista (si entendemos como "actuación naturalista" a la obsesión por llenar los espacios entre frase y frase con "hmms", vacilaciones, carraspeos y tartamudeos). La obrita, un entretenimiento pasatista de cuarenta minutos acerca de la globalización neoliberal y sus peligros, se extendió tanto que ya se había pasado una hora y media del horario fijado para su finalización. A esta altura, la mitad de los espectadores había abandonado la sala, pero sus asientos habían sido ocupados por los espectadores de la siguiente obra: el "Edipo Rey" de Sófocles.

-¡No importa que el escenario esté ocupado por esa manga de imbéciles! –gritó Eros Pedelaborde, el director de la segunda obra. -¡Ya es nuestra hora! ¡Salgan a actuar!

Entonces, Edipo, acompañado de Creonte y su coro griego, invadió el escenario. Las dos obras se desarrollaron simultáneamente, para confusión de algunos y entusiasmo de otros. En algún momento Edipo se cruzó con el Oso Carolino.

-¡Chicos! ¡Se viene el monstruo! ¡Qué miedo tengo! ¿Ustedes tienen miedo? - lloriqueó el Oso Carolino.
-Por lo que acabas de decir, no estoy tranquilo ni tampoco preocupado –respondió Edipo, con extrema gravedad, mirándolo a los ojos.

Y del choque casual de aquellos dos textos, provenientes de dos fuentes diferentes, surgió un relámpago de sentido. El público de las dos obras, grandes y chicos, aplaudió de pie el entrevero de los dos personajes, que continuaron recitando sus parlamentos, el uno frente al otro, en un contrapunto de azares y causas. Al otro día decidieron representar los dos textos al mismo tiempo. La conjunción de las dos obras se llamó "Edipo en Trulalá", un gran éxito de critica y taquilla, calificado como espectáculo para toda la familia.

Los empresarios teatrales pronto se dieron cuenta de las posibilidades de esta innovación escénica. En pocos días las salas de la ciudad se vieron invadidas por combinaciones livianas y fatigosas de obras teatrales, como aquella de "La muerte de un viajante" con "El reino del revés" ("Las locuras existenciales de Willy Loman y sus amigos") o la de "Macbeth" y "Soltero y con dos viudas" ("Travesuras de dos sinvergüenzas con mala suerte"). El público estaba compuesto, en su mayor parte, por niños, snobs y gente inteligente pero desorientada: todos, por igual, aplaudían a rabiar.

Aunque por esos días nadie sabía nada de Eros Pedelaborde; el creador de concepto de teatro revuelto se encontraba dando los toques finales a su obra magna: las Obras Completas de William Shakespeare. Fue la apoteosis y el canto final de esta modalidad de teatro. Una noche de diciembre, en un campo de Carlos Casares, en las afueras de Buenos Aires, treinta y ocho grupos de actores representaban simultáneamente alguna de sus inmortales piezas, mientras un locutor recitaba sus sonetos. Los que estuvieron allí aquella noche pueden jactarse de haber presenciado la totalidad de las puestas escénicas de las obras del Bardo, aunque no hayan entendido nada y aunque no hayan podido ver una sola obra completa, ya que, como decía el mismísimo Willy, “querer ver todo al mismo tiempo es casi lo mismo que no haber visto nada.”

Competiciones secretas (final)


Apresuré la marcha. Poco a poco fui acortando la distancia que el marinero me llevaba. Las primeras dificultades comenzaron pronto: una familia me cerró el camino y perdí segundos preciosos. Al borde del ridículo, ensayé el más veloz de los pasos gimnásticos. El infierno me envió una gorda llena de bolsas en sentido contrario. Luego, tuve que eludir a unas niñas que se divertían empujándose. La carrera estaba difícil, tuve miedo.

Ya cerca de la meta, conseguí ponerme a la par del marinero. Fijé la vista en él y descubrí algo escalofriante: él también competía. Y no estaba dispuesto a dejarse vencer. Había en sus ojos un desafío y una determinación que me llenaron de espanto.

En en último tramo, perdimos toda compostura. Avanzábamos a los gritos y sin el menor pudor, empujando a cualquiera. Pensé en la mujer que amaba y estuve al borde del llanto. En el último instante, cuando ya todo parecía perdido, una reserva misteriosa de fortaleza y valor me permitió cruzar la puerta con lo que yo creí era una ínfima ventaja.

Sentí plenitud y felicidad. Pensé que aquella misma noche mis sueños más profundos empezarían a cumplirse. No pude reprimir un ademán de victoria. Alcé los brazos y miré al cielo. Después, como en un gesto de cortesía, busqué a mi desdichado compañero. Lo que vi me llenó de dudas. También él festejaba con unos saltitos estúpidos. Por un instante nos miramos y hubo entre nosotros un no expresado litigio.

Era evidente que aquel hombre creía haberme ganado. Sin embargo, yo estaba seguro de haberle sacado, al menos, una baldosa de ventaja.

Entonces me ganaron las dudas. ¿Había calculado bien? ¿Cuál sería el procedimiento legal en esos casos? Desde luego, no me atreví a consultarlo con el marinero. Me alejé confundido y pensé que pronto conocería el veredicto. Una vida dichosa, un amor correspondido, darían fe de mi triunfo. La suerte aciaga, el rechazo terco, me harían comprender la derrota.

Pasaron los años y nunca supe si en verdad gané aquella carrera. Muchas veces fui afortunado, muchas otras conocí la desdicha. La mujer de mis sueños me aceptó y rechazó sucesivamente.

Todas las noches pienso en buscar a aquel marinero y preguntarle cómo lo trata la suerte. Solamente él tiene la respuesta acerca de la exacta naturaleza de mi destino. Quizá, en alguna parte, también él me esté buscando.

Me resisto a considerar una posibilidad que algunos amigos me han señalado, y que daría por tierra todos mis pasados desvelos: la inoperancia de los triunfos o derrotas obtenidos en competiciones secretas.


Competiciones secretas (segunda parte)


Detallaré sus reglas. Se trata de seleccionar en la calle a una persona de caminar ágil y proponerse alcanzarla antes de llegar a un punto establecido. Está rigurosamente prohibido correr.

Antes de comenzar cada justa, se deciden las recompensas y penalidades: si llego a la esquina antes que el pelado, aprobaré el examen de lingüística.

Durante muchos años competí sin perder jamás. Me asistía una ventaja decisiva: mis adversarios no estaban enterados de su participación y, por lo tanto, casi no oponían resistencia.

Obtuve premios fabulosos. En Plaza Francia, me aseguré vivir más de noventa años. En la Avenida Cabildo, garanticé la prosperidad de mis familiares y amigos. En el Metro de Palermo, por escaso margen, logré que Dios existiera.

Tantas victorias me volvieron imprudente. Cada vez elegía rivales más difíciles de alcanzar. Cada vez los castigos que me prometía eran más horrorosos.

Una tarde, al bajar del tren, puse mis ojos en un marinero que marchaba unos veinte pasos delante de mí. Me hice el propósito de alcanzarlo antes de la puerta del andén.

Con el atrevimiento y la generosidad que suelen ser hijos del aburrimiento, decidí jugármelo todo. Una vida dichosa, si ganaba. Una existencia miserable, si perdía. Y como una compadreada final, me vacié los bolsillos: aposté el amor de la mujer deseada.

martes

Competiciones secretas (primera parte)


Existe una teoría que afirma que todos los objetos del universo se condicionan mutuamente, aun más allá de la causalidad y el silogismo, la cual ha sido sostenida por muchas civilizaciones.

Se supone que la visión de un meteorito asegura el cumplimiento de un anhelo. La incompetencia de los emperadores chinos produce terremotos. El futuro imprime advertencias en las entrañas de las aves. La adecuada articulación de una palabra puede destruir el mundo.

Yo, desde niño, he participado -sin admitirlo- de estas convicciones. Con toda frecuencia, me imponía sencillas tretas y preveía unas módicas sanciones para el caso de su incumplimiento. Antes de acostarme a dormir, cerraba las puertas de los roperos, sabiendo que si no lo hacía debería soportar pesadillas. Bajaba de la cama con el pie derecho. Evitaba pisar baldosas manchadas de cemento. Al interrumpir la lectura, cuidaba de hacerlo en una palabra terminada en "s".

Las sanciones que imaginaba eran al principio leves. Pero después empecé a apostar fuerte. Si me bañaba por las noches, mi madre moriría; si hablaba con un japonés, quedaría mudo; si no alcanzaba a tocar las ramas de algunos árboles, dejaría de caminar para siempre.

Este ramillete legislativo fue creciendo con el tiempo y al llegar mi adolescencia, mi vida transitaba en medio de una intrincada red de obligaciones y prohibiciones, a menudo contradictorias.

Todo se hizo más simple -más dramático- cuando descubrí las competiciones secretas.


lunes

El desván


Jamás pude precisar el momento exacto en que comenzó el plan de destrucción, pero sería tonto negarle importancia a la anuencia de los chicos y al genio increíble de mamá.

No sé, nunca supe por qué nos envolvió esa decepción repentina, ese extraño hastío. Después de todo papá nunca había sido un sabio, apenas un Cid con tiradores, y su apariencia de queja vertebrada quizás se deba a que dentro de su mínima cultura de primer grado existió siempre una pequeña luz que le hizo presentir este mundo hostil, solitario, enfermo de subestimaciones y de costumbres, que nos deshabita. Pero nunca transmitió nada; se dejó encasillar, se dejó dominar por los gritos de mamá (alaridos de los ojos, esos que duelen) ó los “andate a la mierda” nuestros.

Claro, la cosa había cambiado; papá ya no podía imponer su razón o su sinrazón con el cinturón o la pena de ir a la cama sin cenar. Hugo casi médico, Héctor en la mitad de arquitectura, Palmira secretaria de un editor y yo, el menor, ingresante a abogacía, componíamos un ejército de infantes. Todos muy jóvenes, inteligentes, ambiciosos, pero a la vez infinitamente crueles, y con una sensación interior de planeta desierto, de plaza vacía, de pueblo abandonado.

Papá casi no contaba en la familia. Su circuito diario tenía dos escala por la mañana, una en el baño más amplio (y sin tardar mucho), la otra durante el té con leche, escondido entre las altas sillas de cedro barnizado y nuestros cuerpos de estatuas inmutables. Apenas algún comentario sobre un nuevo chiste estúpido escuchado en la radio o la idea de plantar malvones en el jardincito del fondo, era la iniciativa de papá. Aunque no debo olvidar la tibia sugerencia de comprar un pomo grande de crema, “porque el anterior se acabó y es bueno para las paspaduras”. Luego almorzaba o cenaba solo, antes o después que nosotros.

Además podía -se lo teníamos conscientemente permitido- caminar de un lado al otro del comedor y silbar un tango de Gardel; pero el no tenía muy presente este derecho y hacía sus travesías interiores con la cabeza gacha, como pidiendo perdón por usar de nuestro aire.

Sabíamos que papá hacía el mejor asado, coleccionaba llaves viejas y era experto evaluador de cueritos de canillas, pero jamás le permitimos demostrar otras habilidades. No lo dejamos probar al pobre viejo querido; tal vez un hombre ingenuo como él hubiera podido arrancarnos esa telaraña interior que ahora nos consume.

Nacido allá por 1910, tenía esa forma de pensar y de no ser que casi no se encuentra en estos días. Piamontés bruto, conviviendo en conventillos de paso para inmigrantes al llegar a Buenos Aires, sin amor, sin atención, sin padres, trabajando desde niño, contrastaba descomunalmente con nuestra imagen de estudiantes de avanzada.

Y un día enloquecimos. Creo que todo comenzó aquella noche en que Palmira iba a salir con el novio y manifestó que no pensaba volver hasta el día siguiente. Mamá no opuso objeción; no sé, y esto es feo decirlo, si fue porque realmente no le molestó el asunto o simplemente por contrariar a papá. Lo cierto es que, cuando el viejo corrió en forma desaforada para detenerla, Héctor le hizo una zancadilla y el cuerpo de papá rodó estrepitosamente por las escaleras. Era la primera vez que pasaba algo así y aunque parezca raro e inconcebible a todos nos pareció maravillosa esta impulsiva iniciativa de nuestro hermano; si hasta gozamos uno a uno los golpes de papá entre escalón y escalón, explotando de bronca sin dejar de insultarnos hasta chocar de boca contra la alfombra del porche de la casa.

Ahí empezó todo; porque para que Palmira pudiera irse tuvimos que atarlo a una silla. Lo que al principio fue una absurda, pero divertida irreverencia, mezcla de juego y alegre desahogo, se convirtió en un hábito incansable de fiereza progresiva. Y poco a poco, gracias a la fértil imaginación de mamá y a nuestros conocimientos bien adquiridos fuimos esparciendo con eficiencia el odio insólito, pero voraz, que a menudo se tiene a esta clase de seres, a este tipo de padres.

Para mamá, para nosotros, el camino hacia la libertad se basaba en la invalidez de este ignorante cascarrabias. Durante horas nos roció con los más variados insultos hasta que Hugo tomó un cuchillo de esos que se usaban para trabajos prácticos y le extirpó la lengua. Ha de ser cierta aquella tesis sobre las reacciones dispersas de cada hemisferio del cerebro. Paralelamente, lo que hacía Hugo nos parecía una locura y lo disfrutábamos.

Cada día que pasaba lo teníamos más encima de nosotros. Y pensar que él estaba allí, inmóvil, a un costado, mudo completamente y aferrado con justeza a una silla. Más solo que nunca.

Para que no supiese nuestros movimientos actuábamos mediante gestos, creando un retorcido código antipaternalista que terminó por transtornándonos del todo. No soportábamos saberlo cerca, participando activamente de nuestros actos, sumergido en su trágica comedia de inocente ejecutado.

Ya cansados de las intrigas y para que papá no pudiese enterarse de nuestros planes diarios y sufriera por no poder evitarlos, Hugo suavemente le cortó las orejas y luego, recibiendo la venia del grupo, con la ayuda de una tibia espátula de metal dorado, le quitó los ojos.

El planeta entero, con sus consagraciones de cemento y sus valores, sería incapaz de comprender lo que hicimos. Asimismo, nosotros no supimos presentir que lo amábamos intensamente, en la misma y equilibrada medida de nuestro desprecio.

Las cosas empeoraron cuando papá consiguió escapar del altillo y aún ciego, sordo, mudo y débil, pudo llegar hasta la puerta de la calle y salir. Tuvimos que operar otra vez. Con ayuda de Palmira lo metimos en la editorial un domingo a la tarde, y Héctor, que siempre tuvo una mano especial para el dibujo y la perspectiva, supo manejar con certeza la máquina de guillotinar papel (esa que corta las ediciones de Poe y de Cervantes, y que se deshonró amputando los brazos y las piernas de papá).

Yo, mientras tanto, averiguaba las consecuencias legales, alcances de la filio-potestad, límites del parricidio y demás temas consecuentes con mi formación de caminante del Palacio de Justicia.

Lo que quedaba de él ya no nos molestaba mucho; apenas una comida diaria, macrobiótica, y un poquito de pis entre las siete y ocho de la noche. De eso se ocupaba Palmira; yo en cambio le secaba las lágrimas mientras Hugo le acariciaba la cabeza y le decía: ”perdón, perdón”. Pero papá ya no escuchaba.

Paulatinamente comenzamos a abandonar las fiestas y otras reuniones. Por último la facultad, el trabajo, el mundo exterior. Inclusive, dejamos de ir al comedor o al jardincito del fondo. El radio de vida incluía únicamente la cocina, el baño y el desván. No podíamos abandonar a papá. No podíamos.

Mami fue la última en claudicar, la que más tardó en aflojar, pero Héctor la convenció y la trajo un día hasta el desván (ya hablo de este lugarcito como de otra casa). Y papá (imposible olvidar éste gesto) pareció saberlo, sentir que todos estábamos allí sujetos a él, ciegos, sordos, mudos e inválidos, implorándole esa dulce sonrisa que él inexplicablemente nos ofrendaba entre jadeos.

Desde entonces nada ha cambiado; el remedio para la familia no resultó y a veces pienso que éste anulación del padre ha sido un fracaso mayor de lo sospechado. Es más, ayer cuando mamá nos hizo salir a todos del cuarto (no necesito aclarar que todos vivimos en el desván), según un chisme de Palmira se debió a que ella tenía ganas de volver a abrazar a papá como en los primeros tiempos, cuando eran novios.

Y bueno, después de todo, son marido y mujer, necesitan un poco de intimidad; ¡qué tanto! Cuando de seres humanos se trata, ciertas batallas interiores pueden deparar las más diversas sorpresas y resolverse a través de los caminos mas intrincados, como se ve...




jueves

Entre la historia y el surrealismo


La Revolución de los Seis Compañeros triunfó bajo la inspiración del Comandante Sepúlveda, y la primera orden del Comando Revolucionario fue la de ejecutar en el acto a todos los historiadores y fotógrafos del país. La determinación fue unánime, con la sola resistencia del compañero Sufriategui quien, luego de declarar su oposición, cayó en desgracia desde el décimo piso del Ministerio de Asuntos Revolucionarios. Los pintores oficiales, que en ese momento daban las últimas pinceladas al “Retrato del Comandante Sepúlveda arengando a sus Cinco Compañeros Revolucionarios”, cambiaron su rostro por la cara de un mandril. Horas más tarde, el compañero Martiarena decidió suicidarse con la ayuda de un pelotón de fusilamiento. Los pintores –cansados del realismo y sin tiempo material para pintar en su cara el retrato de su sucesor- lo reemplazaron por un cocodrilo vestido de jacquet.

El compañero Murguiondo decidió esconderse, y, usando el método de la carta robada de Poe, se sentó en su oficina para despistar a sus ejecutores ocultándose en el sitio más obvio. No lo consiguió, y fue encontrado. En su lugar, los pintores dibujaron un patito de hule. Luego, el compañero Cademartoli partió en misión secreta; tan secreta, que no era conocida ni por el gobierno, ni por Dios y ni por él mismo. Su figura fue sustituida por una canasta de hortalizas. Del compañero De Souza apenas se sabe que se volvió parte de aire, y así es como fue plasmado en el lienzo.

Por fin, “El Supremo Estratega Sepúlveda arengando a una serie de objetos revolucionarios” fue exhibido en el Museo de Historia a un mes del triunfo de la Revolución. Pero cada semana, con cada nueva crisis de gabinete, el cuadro era quitado de la pared y modificado. Así, a lo largo de las décadas, fue titulándose “El Munificente Amo Sepúlveda arengando a un montón de tortugas”, “El Sumo Pontífice Sepúlveda arengando a un conjunto indeterminado de átomos” y “El Supremo Hacedor Sepúlveda arengando a un grupo de electrodomésticos”. Ya en su chochez, Sepúlveda pasaba largas horas discutiendo, cara a cara, con su ventilador de pie.

La Academia de Historia -poblada de poetas, cuentistas, novelistas, dramaturgos, afectos todos ellos al valor de las metáforas-, consideró que mantener este retrato en exhibición era ceder “en nefasta condescendencia ante el realismo, que tanta confusión había creado y crea en las mentes”, y ordenó que fuera corregido en el acto.

El ventilador y los otros electrodomésticos permanecieron en el cuadro, pero la cabeza de Sepúlveda fue reemplazada por la del ratón Mickey. Esta decisión estética precipitó los hechos: la Academia anunció, a renglón seguido, la asunción del ratón Mickey como Dictador Provisional. A Sepúlveda el cambio no le importó demasiado: ocupado estaba arengando y muriéndose, muriéndose y arengando. Al pueblo tampoco le interesó demasiado porque, a esta altura de los hechos, palabras como “realidad”, “verdad” e “historia” ya no le interesaban un comino a nadie.


miércoles

Un Secreto


En el momento del nacimiento -junto con la tierra natal, la fecha de cumpleaños y el color de pelo- cada niño de Llavallol recibe un destino, con sus gozos y sus fatigas. El padre toma al recién nacido en sus brazos, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, garabatea un signo sobre su nuca, que es la zona del cuerpo donde se encuentra el porvenir de cada persona. Este signo, que representa su destino, puede ser un dibujo (un automóvil, una ardilla) o una palabra ("peristilo", "reconcomio"). El pelo del bebé crece rápidamente y el destino queda escondido detrás de su melena: ni él ni nadie podrán verlo mientras dure su existencia. La vida de cada llavallolense -salvo para aquellos que son tan pobres, que ni destino tienen- se vive de espaldas al propio signo, a ese dibujo tan escondido, a esa rasgo tan íntimo que ni uno mismo es capaz de conocerse. Sólo a los monjes y a los criminales se les permite rasurarse la cabeza: para vergüenza y escándalo, andan con el destino a la vista de todo el mundo.

Después de morir, (junto al regalo de una fecha de defunción, una eternidad y algunas lágrimas sentidas o fingidas) cada llavallolense recibe un sentido. El hijo se acerca al cuerpo de su padre, y, con un pincel y un poco de tinta indeleble, va trazando un signo sobre su frente, que es la parte del cuerpo donde se aloja el pasado de una persona. Este signo puede ser un dibujo (la península de Yucatán, una bicicleta) o una palabra ("passepartout", "miomancia"). Después llegarán los sacerdotes, que serán los encargados de cortarle el pelo, tomar una yilé para afeitar su cabeza y exponer ante la curiosidad del mundo el destino secreto y el sentido final de esa persona.

Es muy difícil encontrar una persona en la que concuerden los dos signos, el de la nuca y el de la frente. Algunos sostienen que la perfección de una vida consiste en la coincidencia entre esos dos dibujos. Otros creen que el verdadero trabajo de esta vida consiste en oponerse al primer signo, aún sin conocerlo, y llegar a merecer el signo opuesto. Por último, los conciliadores -que no pueden ver a nadie discutiendo- dicen que el dibujo de la frente es el mismo dibujo de la nuca, que se ha transfigurado y modificado con el paso de los años.

En estas discusiones, en las tardes de Llavallol, se nos va la vida.

jueves

No aclare, que lo oscurece


Diríase que fue ayer -nomás-que el hombre-niño, entonces sentado a los pies de la abuelita, le preguntaba, mientras se movía con la lengua el colmillo flojo y torcía, nervioso, la punta de su camisa: “¿De qué era el zapatito de la cenicienta?”. La abuela levantaba los ojos de la puntilla primorosísima –cada espacio una ausencia, cada nudo un amor- y respondía ufana como si hubiese sido ella misma la que hubiera tenido a su cargo calzar a la afortunada muchachita: “Era de Cristal”.

¡Y claro que era de cristal! No puede haber ningún hombre decente que en el fondo de su alma no siga sintiendo la necesidad de que el zapato de la Cenicienta haya sido de cristal y que no sea capaz de defender con todos sus corajes y fervores eso, poco pero encantador, que le fue posible seguir creyendo.

Aparecieron, sin embargo, los exegetas –los pinchadores profesionales de globos-, y dijeron: “No, no, no. El zapato de la cenicienta, según las últimas investigaciones de Discovery Channel, era de cuero”. Arguyeron que donde Perrault puso pantoufle en vaire (zapatina de cuero), el traductor entendió pantoufle en verre (zapatina de vidrio). Y seguramente que si trabajan unos años más en este asunto, son capaces de demostrar que fue mentira que la calabaza se transformó en carroza y los ratones en caballos para que pudiera asistir a la fiesta real nuestra querida Cenicienta.

Y su osadía llegará a pretender reírse de nosotros, los nobles ignorantes, que confiamos serenamente en la magia de esas cosas, porque muchas veces, aquí en el mundo que tenemos a mano, hemos visto cómo un adiós se transforma en lágrimas, un hallazgo en sonrisa, un beso en suspiro.

¡Qué poco queda de las cosas cuando se las explica!

¡Qué insensatos los que se inquietan cuando no les encuentran una explicación a las cosas!

Por eso, amigo, no aclare... que lo oscurece!

martes

El tiempo de Mamerto


El Notario Real lee con tedio de tarde de verano (“…y todas las almas de los pelirrojos, y todos los animales que no ladran…”) mientras el nuevo rey trata de concentrarse en la escucha de la lista de cosas que acaba de heredar (“…y todos los himnos piadosos en tonos mayores, y todas las verduras con nombres graciosos, y todas las mascotas que no se bañan) pero la enumeración no se termina nunca (“…y todos los sujetos con cabezas puntiagudas, y todas las lluvias con sol, y toda clase de saltos en una sola pata”) y los nombres de las cosas heredadas caen sobre Mamerto como gotas de garúa que no mojan pero fastidian. El Rey Mamerto ha heredado un trono que nunca quiso. Cuando el notario le comunica que es el Amo y Soberano del Tiempo (“…y todas las horas, los días y las noches de sus súbditos”), hace rato que su Majestad está profundamente dormido.

La del tiempo no era obligación menor. El rey debía ocuparse de llamar a cada día por su nombre y despedirlo cuando estaba tan cansado que no podía mantenerse en pie. En su reino, los niños no crecían y los aniversarios no se festejaban sin la autorización real. Pero Mamerto no sabía, no podía o no quería ser el regente del tiempo de sus súbditos. No estamos en la época del Rey Learco, su abuelo, que lograba que los días duraran más horas y las semanas fueran más breves. Su Majestad Mamerto, en cambio, había descuidado sus deberes como Señor del Tiempo y depositaba sus tareas en manos de sus favoritos. Dentro de este desgobierno, muchos bebés nacieron con varios años de vida encima. La gente trabajaba y destrabajaba cuando mejor le placía. El día y la noche formaban una misma cosa, y los viajeros y los cónsules llevaban sus propios calendarios, para salvarse del desconcierto.

Se podría decir que la crisis y la anarquía eran inminentes, si no fuera porque cuestiones como la de la inminencia habían desaparecido de la conciencia de la gente. Ante tal confusión, los favoritos decidieron implementar políticas de emergencia, como agregar dos lunes más a la semana, cambiar el orden de los meses y abolir la adolescencia. La revolución llegó -ni tarde, ni temprano, ni en el momento justo- y el nuevo gobierno (que trajo como innovación los relojes) decidió que su primera medida sería la abolición de las políticas reales del tiempo. En el momento de enterarse de las nuevas disposiciones, el otoño advino inmediatamente, varios poblados desaparecieron sin dejar huella y mucha gente se esfumó. El rey Mamerto fue uno de ellos, pero su dilución pasó inadvertida entre sus súbditos, para quienes el recuerdo y la memoria eran cosas absolutamente olvidadas.


lunes

La herencia del gusano


Cuenta la historia que, hace millones de años, una colonia de protozoarios, cuyos individuos estaban perfectamente adaptados a su medio, se sentía feliz, por considerar asegurados su mantenimiento y su conservación.

La adaptación, sin embargo, no bastó para auspiciar ningún mejoramiento en las formas de vida. La adaptación sólo constituyó un criterio tendiente a garantizar una utilidad y un reparo. La evolución —
antes bien, “inestabilidad creadora"—, fue el criterio que inauguró la libertad sobre la tierra; que permitió avanzar al pequeño latido elemental de la primera vida, a través de una espesura de monstruos, para que viniera a cobijarse en el corazón del ser que ahora lleva en su pecho la herencia del gusano.

Aferrados a este medio, los adaptados fueron quedando atrás.

Por suerte (o por milagro), en aquella colonia reptante apareció un individuo distinto. Se sintió incómodo en el sitio que a los otros les satisfacía, y se apartó olímpicamente de ellos. Sin duda habría querido que lo siguieran. Pero lo dejaron solo. Era el protozoario rebelde.

De él —fundador de la libertad sobre la Tierra— se valió la Naturaleza para culminar su obra en la gracia del sentimiento y en el milagro de la idea.

Así, como la rosa ya está dentro de la semilla, dentro de él se preparaba una aurora de Leonardos, de Galileos, de Colones y de muchos inadaptados más.

¡Gloria y Loor al proto (o primer) rebelde!, sin el cual este 2008 que recién comienza sería algo muy distinto.

¡Feliz y próspero año para todos mis queridos y evolucionados gusanos!