martes

Y vos qué mirás



Adelmo Cacasorno fue el primer árbitro ciego de la historia del fútbol. Durante dos décadas arbitró partidos en Villa Insuperable hasta su retiro voluntario, luego de que una desgraciada intervención quirúrgica le devolviera la vista. Los que lo vieron dirigir en sus tiempos de gloria cuentan que no era ni más ni menos injusto que sus colegas videntes. Y que cuando le preguntaban como hacía para dirigir un partido sin verlo, respondía:

-Y... ¡pá lo que hay que ver!

Narciso te mira fijamente y sus ojos te parecen dos preguntas y dos respuestas, y estás a punto de caer en sus brazos pero no lo hagas, porque Narciso sólo tiene ojos para sí mismo y si te mira es porque quiere ver su reflejo en tus pupilas, y así saber si está bien peinado.

Un error en los cálculos del experimento lo convirtió en el Hombre Mosca: cuerpo de hombre y cabeza de insecto. Y en vez de dos, cientos de ojos: ojos en la cara, en la frente, a los costados, en la nuca, en el c...

A una persona con tantos ojos nada se le podía escapar. El Hombre Mosca pronto consiguió empleo como celador de un renombrado colegio secundario, y nadie podía contradecirlo: lo veía todo!. Pero murió solo -el pobre-; porque, a diferencia de los demás, nunca necesitó de la presencia de alguien que lo ayudara a completar su mirada.

Llevaban semanas enteras sin ver tierra. Sin embargo, los planos del capitán eran precisos y determinantes: la costa aparecería por estribor. Pero la costa no aparecía; la tripulación pasaba sus ratos de ocio sentada sobre la cubierta: los brazos acodados en la barandilla y los ojos fijos en el horizonte, hasta que dolían. Varias veces escucharon el grito del grumete: ¡Tierra a babor! ¡Tierra a babor! Pero no le hicieron caso. A la semana, el grumete se quedó afónico o se cansó de discutir. Si hubieran mirado hacia babor, hubieran descubierto América.

A veces, sabemos con tanta claridad hacia donde tenemos que mirar, que no somos capaces de ver nada.

El gran peligro es que el universo desaparezca en un parpadeo, si el Gran Dios de los Hutos deja de mirarlo. Es por eso que los sacerdotes hutos -en representación de su Gran Dios- se dedican a observar con obsesión y solicitud a cada una de las construcciones de la tribu, de los terrenos y de los sembradíos.

Los obreros de la municipalidad de Almirante Brown, en Buenos Aires, salen a la calle en grupos de a cuatro: son tres que hacen el trabajo y uno que los mira trabajar. Este último cumple una función esencial: sostiene con su visión el trabajo de sus compañeros, para que el esfuerzo de éstos no se esfume por negligencia de la mirada.

Digamos la verdad, de una vez por todas. La Bestia no era un príncipe hechizado: era una Bestia hecha y derecha. Porque Bestia había nacido y Bestia hubiera muerto, si no fuera porque la Bella lo creía príncipe, lo trataba como así lo fuera y se pasaba tardes enteras mirando y ad-mirando a su Alteza. Lógicamente, de tanto ser observada de esta manera, la Bestia terminó por convertirse en príncipe. La mirada amorosa, cuando es persistente, tiene esos poderes...

También conozco personas que, con el solo poder de su visión, han convertido a su príncipe en una verdadera Bestia, y a su princesa en una verdadera bruja.


jueves

Santoral



Como sacerdote, Quintiliano era una excelente persona, pero pésimo predicador: perdía a todos los fieles que le eran confiados y la gente que asistía a sus homilías terminaba convirtiéndose al animismo, el sintoísmo, la cosmosofía o a alguna variante inmoderada del satanismo. La Iglesia de los Últimos Vestigios lo recuerda como el Santo de los Trenes No Alcanzados, las Mascotas Extraviadas, las Lapiceras Perdidas y las Oportunidades Desperdiciadas.

Al cumplirse medio siglo del martirio de San Menalipo, en el año 453, Dios hizo crecer un parquímetro en el sitio exacto de su muerte, para gloria y expresión de su divino sentido del humor, que de vez en cuando se daba el gusto de mandarse uno de esos milagros dadaístas.

De Santa Deidamia lo único que nos quedó fue el nombre, lo cual no fue obstáculo para que sus biógrafos escribieran las “Conjeturas de Deidamia”, ese mamotreto biográfico de 1370 páginas que podemos recorrer y cerrar con fastidio sin encontrar un solo dato acerca de su vida. La Iglesia la declaró Santa Suplente y Patrona de lo Ignorado. Y cada vez que les anda faltando un santo para llenar un día del calendario, la llaman a ella.

Dios lo tenía "de punto" al Aparicio, y cuanto más trataba de alcanzar la santidad, más se veía constantemente involucrado en acciones ridículas como el lamido de vidrieras o la educación de surubíes. Cansado, decidió probar suerte con otras divinidades. Pero fue inútil: tanto Alá como Krishna, Baal, Quetzalcoatl y la Mano Invisible que Mueve al Mercado, se burlaron de él con idéntico ensañamiento.

Luego de convertirse al cristianismo, la joven Taciana fue convertida en árbol por la bruja del pueblo. Pero Taciana –encendida, con ese ardor terco y empecinado de los conversos- continuó con su predicación entre sus nuevos compañeros, los abetos. Hoy se la recuerda como la responsable de la conversión a la fe cristiana de más de quince mil hectáreas de coníferas, que antes de escucharla no creían ni en la germinación del poroto.

sábado

Leandro Evangelino: una vida patricia


Primera parte: Sus años escolares

Año del Señor de 1790

Mariano Moreno era más niño que adulto cuando llegó a la Universidad de Chuquisaca.

-Ésta será tu habitación -señaló el bedel al mozalbete cargado de bultos. -Pero, además, tendrás un compañero. Un mozo de Córdoba: se llama Leandro Hurtado.

Mariano, con sus doce años casi cumplidos, era prolijo y puntilloso. Ya había ordenado toda su ropa y sus enseres, cuando el bedel llamó a su puerta para anunciarle:

-Moreno: esta noche dormirás solo. Tu compañero está enfermo de viruela.

Y Mariano durmió solo. Para esa noche escogió algunas pesadillas que tenían que ver con pasillos interminables, patios gigantes y oscuros y la sensación de llegar tarde sin saber adónde. Antes de que amaneciera, ya había dormido todo lo que se podía dormir y esperaba los campanazos del despertar sentado a los pies de su cama, con los ojos abiertos. El bedel se asomó:

-Te tengo una mala noticia, Moreno: te has quedado sin compañero. El joven Leandro falleció en la enfermería hace una hora. Reza por él.

Aquella mañana Mariano asistió a las exequias de su casi compañero de habitación. Fue la primera y la última vez que se encontró con Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado.

Pero el nombre de Leandro siguió resonando en los claustros de Chuquisaca. Cada vez que alguien se lanzaba un cuesco en la misa matutina, o cuando algún alumno aparecía golpeado y no se animaba a denunciar a sus atacantes, Moreno y sus compañeros canturreaban:

-"¡Fue Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado!"

Segunda parte: Su vida pública

Alto Perú, 1810-1815

"Vístanme despacio, que estoy apurado", andaba diciendo Napoleón por aquellos años. Sin darle bolilla, frenético y fastidiado, Mariano Moreno trataba de terminar la redacción de un Plan Secreto Para La Junta Revolucionaria.

El pregonero anunció las ocho de la noche. Había que apurarse, pensó Moreno: ya estaría comenzando la reunión de conspiradores nocturnales. Estarían por la primera conspiración, y, si no se apresuraba, no iba a llegar hasta la tercera intriga. Luego de estampar su firma recordó aquella cláusula de los Estatutos de la Junta para los Documentos Secretos: “…Todos los escritos de esta naturaleza deberán llevar, por lo menos, la firma de dos de los integrantes de la Junta”. Por suerte, el Plan Secreto derogaba esta cláusula, pero era necesario encontrar a otro firmante para darle valor al documento. Sin pensarlo dos veces escribió con su mano izquierda, al pie del mismo:

Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado y Mariano Moreno
Primer Vocal y Secretario de la Junta


Esa noche, Mariano Moreno contó a sus amigos que la Junta Grande había recibido un nuevo miembro. Sus compañeros de estudios lo acogieron desternillándose de risa.

El “fue por culpa de Leandro Hurtado” se convirtió, entonces, en la frase preferida de los morenistas. Cada vez que se trataba de votar alguna ley impopular, como el impuesto a los peinetones, o la ejecución de algún personaje muy estimado por la sociedad, se acusaba a Leandro Hurtado. (No hay cosa más breve en este mundo que la permanencia en el poder de un revolucionario). Moreno desapareció, y los morenistas se fueron o se pasaron al bando opositor. Pero Leandro Hurtado sobrevivió en el poder. A los miembros del Triunvirato les convenía tener a mano un Leandro Hurtado para hacerlo responsable de aquellas acciones de gobierno, las más desacreditadas. Entre otras cosas, la firma de Leandro Hurtado fue la única que se animó a garabatearse desde el Río de la Plata para apoyar a Simón Bolivar en la confección de una bandera americana, mientras el resto de los revolucionarios ladraban y aullaban sus críticas.

A veinte años de su muerte, la carrera política de Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado aparecía en un horizonte preñado de promesas.

Tercer parte: El Juicio de la Historia

En el cuadro "La Asamblea del Año XIII votando afirmativamente por la pintura de un retrato de la Asamblea del Año XIII" (1813) podemos ver a Leandro Hurtado escribiendo, abstraído, en el costado izquierdo de la tela. No se le ve la cara: el pintor -hombre ingenioso- tuvo la astucia de escamotearnos su rostro. Astucia que le faltó al escultor encargado del busto a Leandro Hurtado, erigido en la plazoleta homónima; aquel émulo de Fidias presentó un busto que tiene, en realidad, la cara de nadie y que conserva esa expresión carente de expresión de los seres perfectamente olvidables.

Fue larga y fructífera la carrera de nuestro prócer. Cada vez que una facción llegaba al poder, tomaba los mismos recaudos: hacerse de los erarios públicos, desterrar o fusilar a sus antecesores y convocar al fantasma de Leandro Hurtado. En sus muchos años de carrera pública, Leandro Hurtado fue jacobino moderado, monárquico recalcitrante, federalista irredento, carlotino independiente, unitario circunspecto y clericalista independiente. Sufrió (dentro de lo que le es posible sufrir a un difunto) de varias amenazas de fusilamiento y ahorcamiento por garrote vil. Pero Hurtado era uno de aquellos personajes que era preferible mantener en la escena política. Sufrieron, sí, los hurtadistas: siempre que era menester ejecutar a alguien, o confiscar sus bienes (o, mejor, ambas cosas) se lo acusaba, sin más, de hurtadista y sanseacabó. El fin de su carrera ocurrió en la década del '80, cuando el presidente en funciones consideró conveniente jubilar a Hurtado y poner en su lugar a parientes de carne y hueso...

Epílogo

Si pudiéramos catalogar a algunos de nuestros próceres de la patria por la densidad de sus existencias, Leandro Evangelino de la Trinidad Hurtado seguramente sería poco menos que inexistente; sin embargo, le ganaría –y por lejos- a tantos, cuyas existencias en la Historia, en otro sentido, han sido o son casi nulas. Es más: muchos de nuestros insígnes contemporáneos no habrán de llegar a enhebrar en vida, jamás, la dilatada y notable actuación pública que nuestro querido Leandro Evangelino supo desarrollar en su muerte.

¡Gloria y loor a Leandro, por siempre sean dados!

La Dinastía



Solo hay una forma de llegar a la corona en Santangelia: traicionando, conspirando y asesinando al rey. Ninguna de estas muertes (por asfixia, envenenamiento o apuñalamiento) llega a aparecer en los libros de historia: el conspirador, después de cumplir con su cometido, ordena la corrección del último capítulo de las crónicas reales, presentándose a sí mismo como el hijo preferido del rey ultimado.

Para no despertar la ira del pueblo -que guarda una fidelidad incondicional para con sus viejos monarcas- cada usurpador trata de asemejarse a su predecesor, copiando sus gustos, practicando sus aficiones y adoptando su particular forma de caminar, de tal manera que (como los malos actores) termina pareciéndose más a una caricatura de su predecesor que al predecesor mismo. Cuando se revisan las crónicas y los anales de Santangelia, se llega a la conclusión de que este reino ha sido gobernado por una única dinastía, una gran familia amorosa en la que cada soberano cede su trono al que le sigue.

Mientras los cronistas reales corren a buscar un trozo de piedra pómez que les sirva para borrar y enmendar sus manuscritos, su Majestad agoniza con una sonrisa resignada, sabedor de que su asesino se ocupará de prolongar su existencia, puesto que el usurpador reclamará para sí su color de ojos, el tartamudeo de sus momentos de furia, la inflexibilidad al declarar la guerra a los países vecinos. Pero en un último relámpago de lucidez termina de darse cuenta de que este constante morir y matar de los reyes jamás ha sido una elección del asesino ni del asesinado. Ambos son apenas los hilos involuntarios y fatídicos de una trama larga e inmisericorde llamada Santangelia. Todos sus reyes están unidos por un lazo de sangre; que no es el de la sangre compartida, sino el de la sangre derramada.


jueves

Si las piedras hablaran | Final



Fue una noche extraña -se acuerda el poeta- aunque, después, nunca haya podido diferenciar lo recordado de lo sucedido. El desierto se llenó de hombres con antorchas que deambulaban entre las piedras haciéndoles marcas. A algunos no los había vista nunca, y susurraban entre sí en idiomas extraños, pero Saturnino no les prestó atención; estaba demasiado ocupado pintarrajeando piedras y reclamándolas para su gobierno.

En algún momento el poeta recuerda o imagina haberse cruzado con Sosa Farrell. Sostuvieron este diálogo:

-A las piedras se las puede dividir en dos grupos: las que se dejan aprehender y las que lo atrapan a uno. Si supiéramos cuál es el verdadero nombre de estas piedras, podríamos nombrarlas y hacerlas nuestras. Y les ganaríamos de mano.

-Mariconadas de poeta. El nombre es lo de menos, Saturnino. Sólo tenemos que ponérselo, y ya.

-Pero es que estas rocas se resisten, Farrell. No colaboran con nosotros. No quieren decirnos nada. Y no dejan de mirarnos.

-Al nombre verdadero no se lo descubre: se lo inventa.

El poeta lo miró como quien mira a un blasfemo.

-¿Nunca has tratado de enseñarle algo a una piedra? -continuó el dramaturgo. -La sientas sobre una silla y, día tras día, le das la misma lección. Al cabo de unos años descubres que la piedra sigue siendo la misma; pero tú te has modificado. Si vas a dedicar tu vida a la educación de las piedras, deberías tener claro lo que haces para educarte a ti mismo.

Y desapareció. Al poeta le gustaron estas palabras, pero odiaba tanto al dramaturgo, que decidió no haber tenido esa conversación...

A la mañana siguiente, las formaciones rocosas amanecieron llenas de banderas pintadas en sus pies. Banderas argentinas y bolivianas, banderas exóticas del Asia y de Europa, banderas de países desconocidos. También había escritas algunas palabras: “tricornio”, “Sonnets of William Shakespeare”, “positivismo lógico”, “Deutsche über alles”, “Presidente Hipólito Yrigoyen” y “cabeza de tordillo”. En estos dos últimos, el poeta reconoció la letra y la intención de Mititieri: en la pobreza de su imaginación, Mititieri sólo encontraba cabezas de caballos y retratos de hombres famosos.

El poeta mandó a borrar las banderas y las inscripciones. “Empezamos de nuevo”, pensó, desganado.

Esa tarde, a la hora de la siesta, el poeta y el dibujante se sentaron bajo las rocas. El dibujante estaba eufórico:

-Ya descubrí la forma de atrapar estas piedras. Es fácil. Dígame cualquier cosa.

-Fémur -respondió Saturnino.

-Dibujo un fémur, entonces y… ¡voilâ! Esa piedra, enfrente de nosotros, es un fémur.

El poeta entreabrió los ojos. Efectivamente, lo parecía. El cellista, desde alguna parte, desmadejaba una melodía que se desenredaba para volver a enredarse.

-Ahora dígame un país, o un animal.

Pero Saturnino ya estaba soñando, y en ese sueño se le revelaron los verdaderos nombres de las piedras. Soñó con cada de una de las rocas, y después soñó las relaciones entre ellas. Pudo conocer los lazos de amor y de desamor, tendidos y atados entre cada formación rocosa (aunque palabras como vínculo, amor y desamor eran insuficientes para explicar lo que les sucedía, y un humano nunca podrá amar u odiar como lo hace una piedra). También supo de los nombres con que las rocas habían bautizado al poeta y a sus compañeros, nombres cuya sola enunciación nos insumiría años de paciente escucha. Después de entender todo, de aceptarlo y guardarlo en la memoria, se despertó y lo olvidó. Sólo recordó que alguna vez había entendido.

Esa mañana ordenó que levantaran el campamento.

Las razones del fracaso de la expedición fueron explicadas por el poeta en su memorando al Ministerio del Interior. Es una lástima que este memorando se haya perdido; aunque, señores, cosas más valiosas que esas también se han perdido y el mundo sigue andando. Pero el gobierno de Yrigoyen tomó sus represalias contra el poeta: nunca más volvería a ser convocado a ningún cargo público que supusiera hacer cosas.

El desierto de piedra sigue sin ser reclamado por ningún país. El poeta siempre siempre sostuvo que las rocas seguían esperando a alguien que tuviera paciencia de centurias, para nombrarlo y dejarse nombrar. “Que para eso fueron hechas estas rocas”, concluía. “Pero no para nosotros”.


miércoles

Si las piedras hablaran | Parte II



El poeta y Sosa Farell se conocieron en Córdoba, al calor de las discusiones del Primer Coloquio Hispanoamericano de Poetas y Dramaturgos; alguien supuso que estas dos especies estaban acostumbradas a vivir en armonía, pero fue una semana de discusiones, insultos y grescas a trompada limpia. Saturnino(que, en su talante timorato, siempre fue más proclive a ser golpeado que a golpear) encontró cientos de razones para odiar al boliviano. Sosa Farrell -que era capaz de cambiar de opinión varias veces en la misma frase- se había pasado al bando de los dramaturgos y desde allí se dedicaba a aguijonear al poeta.

La patria es, ante todo, un poema -decía Solargento. -Una sucesión de imágenes, revelaciones y pequeñas alegrías que llegan sin que se las llame y que desaparecen antes de que se les pueda poner nombre. La poesía es testigo de esta imposibilidad de ordenarlas. La patria es su demostración.

-Si la patria fuera un poema, bien que estaríamos fregados, Saturnino. La patria es un drama, acción dramática. Una patria es una sucesión de cuentos compartidos, de recuerdos comunes; no importa si verdaderos o falsos siempre que cuenten algo y tengan principio y final.

El resto de los concurrentes se olvidaba –por un momento- de darse trompadas y se detenía a escucharlos. Al final del coloquio, Sosa Farrell recibió un encargo del gobierno nacional para inventar historias patrióticas que se enseñaran en los colegios, como aquella que decía: “...Y el general Lamarque murió pobre de toda pobreza; murió de amor a su Patria, y de frío, en una plaza, abrazado a un perro. Estaba recitando, uno a uno, los nombres de los que habían sido sus soldados”.

Saturnino hizo un gesto de silencio a los suyos. El dramaturgo estaba tan cerca de ellos que se lo podía escuchar como si estuviera susurrando a sus oídos:

-A éstas -señalando a las piedras-, se las puede dividir en dos grupos: las que asemejan motivos patrióticos y las que asemejan motivos extranjeros. En este grupo podemos reconocer al resero, a la simpleza de la simplicidad de nuestra gente simple, al mate de yerbas aromáticas. Pero estas rocas viven asediadas por sus enemigos, los conjuntos pétreos del foxtror, el ultraísmo y el socialismo materialista.

-¿Y qué vamos a hacer? -se oyó decir a otra voz.

-Por lo pronto, leer el guión que te escribí -espero que no en vano-, la otra noche, Saralegui.

Hubo un ruido de papeles revueltos y Saralegui leyó sus líneas con intención y vivacidad, como los malos actores:

-Ardo en deseos por saber lo que mi Patria anhela, Sosa Farell.

-Es sencillo. Vamos a reclamar a estas formaciones rocosas para la Nación. Todos ustedes van a pintar una pequeña bandera boliviana en la base de cada.

-¿También en las piedras que asemejan motivos extranjeros?

-Con más razón, Saralegui; con más razón!.

-Vámonos -cuchicheó Saturnino a los suyos.

Esa noche, en el campamento, el poeta reunió a su equipo expedicionario.

-Nuestra misión corre peligro. Ya mismo vamos a salir a ponerle nuestra marca a las piedras. Cada uno de nosotros va a tomar un balde de pintura celeste y otro blanco. Y va a pintar una pequeña bandera argentina en su base.

-¿También el cellista?

-También el cellista.

domingo

Si las piedras hablaran | Parte I



Aún no eran las seis de la mañana cuando Saturnino reunió al grupo de los expedicionarios. Alrededor del fogón se amontonaban un geólogo, cuatro militares, dos topógrafos, tres sacerdotes, un cellista, dos cartógrafos, un pintor, un historiador y dos poetas más.

-En este desierto tenemos dos clases de rocas –dijo el poeta tomando una hoja de papel blanco y dividiéndola por la mitad, con una raya azul. –Están las piedras que parecen cosas y las piedras que parecen ideas.

Todos sacaron sus libretas de apuntes y tomaron nota a excepción de Mititieri, que masticaba inquina contra el poeta. Mientras él tenía veintisiete poemarios -entre antologías y volúmenes colectivos-, Saturnino tenía una sola publicación, llamada “No debe ser amor porque no duele”, pero ya era conocido como “el cisne mudo de Llavallol”.

-Esa formación rocosa de allá, por ejemplo -continuó Saturnino- va a llamarse “la sonrisa de Meme”, porque se parecen a Meme, que fue mi primera novia; esas rocas se parecen a una cosa que existe.

-Y esa otra que está al lado, podría llamarse “la Voluntad de Poder”, porque es igualita a ese concepto filosófico –agregó el teniente Morgante; últimamente se pasaba el día leyendo a Nietszche y lo veía hasta en la sopa.

-Ya tengo el nombre pero me falta la piedra -agregó Mititieri, bostezando, como en sueños. -Quiero encontrar una que se llame “La traición del amigo”. ¿Eso es una cosa o una idea?

Pero ya todos se empezaban a levantar para aprovechar el frescor de la mañana y hacer sus tareas. Antenor, el pintor, se sentaba delante de la misma piedra para borronear papeles, y romperlos, hora tras hora (“la piedra se mantiene quieta, pero su aspecto cambia a cada minuto”, se quejaba con fastidio). Los curas deambulaban entre las rocas discutiendo acerca del versículo veinte del primer capítulo del libro del Génesis, y, ocasionalmente, bendecían alguna roca. El cellista no hacia nada. Los militares planeaban ocupaciones de territorios y dibujaban gráficos en la arena. Y los poetas, mientras tanto, se dedicaban a escribir sobre otra cosa.

-Nunca escribo cuando estoy pasando por algo importante. No es así el asunto. Los buenos nombres para estas piedras van a aparecer cuando deje de tenerlas delante de mí –se disculpaba Tramanzoli, escondiendo su libreta de notas en la que guardaba el borrador de un soneto dedicado a la calle Bocayuva.

A la hora de la siesta, Saturnino se recostaba bajo la sombra protectora de la sonrisa de Meme –la piedra se le parecía tanto, que daba miedo- y en la duermevela trataba de descubrir una armonía secreta. “Bajo este aparente despelote, tiene que haber un orden que organice a todas estas rocas. Cuando lo encontremos, vamos a poder nombrarlas”, pensaba. “Si les pusiéramos los nombres que se nos ocurren, este lugar parecería un texto modernista. O, tal vez peor, un poema ultraísta”.

La expedición parecía destinada al fracaso y hubieran pasado semanas de ocio creativo e improductivo si no fuera por la llegada de los otros visitantes. El poeta, el historiador y un topógrafo terminaban de ponerse de acuerdo en llamar “José de San Martín” a una formación rocosa que habían encontrado -porque les parecía una piedra lo suficientemente grande- cuando escucharon un grupo de voces que venían del otro lado de esa piedra.

-¡Es la más grande de todas! ¡La llamaremos “Bernardo O'Higgins”! -se oyó gritar desde el otro lado, entre aplausos y vivas de aprobación.

-Es la voz de un boliviano -dijo Mititieri.

-Conozco esa voz. -dijo Solargento. -Es Sosa Farell, el poeta topográfico boliviano. ¡Diablos!

Maurice Carné y las amebas


A fines de la década del ’60, el biólogo francés Maurice Carné comenzó a investigar la vida social de las amebas. (No hay nada más aburrido que la observación de las amebas: seres que no manifiestan ninguna clase de afecto ni ambición, como algunos hombres). Luego de cinco años de observación sistemática y minuciosa, se encontró con las manos vacías, se encerró en su bohardilla y escribió -de un tirón- su obra cumbre: "Pucky: Escenas de la vida privada de una ameba".

Pucky es la descripción –tan novelesca como falsa- de la genealogía de una comunidad de amebas. La obra relata, al detalle, el nacimiento de Pucky por generación espontánea y su iniciación al mundo, sin ahorrarle al lector las numerosas escenas de sexo explícito seguidas de violencia sin justificación alguna. ("¿Qué querían encontrar? ¿Moralidad en una ameba?", decía Carné).

Su libro salió a la venta en la Navidad del ’69 y fue comprado y obsequiado por miles de personas; algunos, incluso, aseguraban haberlo leído. La prensa oficial y la opositora se aunaron con porfía, a fin de instalar esta feroz polémica: "Las amebas: ¿culpables o inocentes?". Gesto inútil que, como era esperable, solo sirvió para reforzar la fama y la inocultable y creciente soberbia de Carné.

Todas las asociaciones científicas de la época se ocuparon de despojar a Carné de sus matrículas: desde la Asociación Racionalista de Montechingolos hasta el Club de Leones de Venado Tuerto, le llovieron las proscripciones. Pero para Maurice Carné ya esto era pasado, y su interés presente se enfocaba en la preparación de lo que, sin dudas, sería su obra maestra: los trece tomos de "La saga de los paramecios".

Mientras tanto, sus invenciones pseudocientíficas atraían la atención de los productores de Hollywood que ya se animaban a comparar a Maurice Carné con los más disímiles personajes: Ray Bradbury, Jacques Coustau, Daktari y La Cicciolina. Todo esto, al mismo tiempo que se apuraban a adquirir los derechos sobre Pucky.

Actualmente, uno de los más grandes estudios cinematográficos prepara su versión fílmica, esperando contar entre su reparto estelar con la participación de Keiko –más conocido por Willy-, para rodar las escenas finales de interiores, donde Pucky, encarcelado en el estómago de la orca, lucha desesperadamente contra los terribles jugos gástricos.

La memoria de Lourdes


La memoria es como una esponja, decían hace siglos. O como un balde. O como una tabla. Eran tiempos sencillos, donde una cosa era una cosa o, a lo sumo, otra cosa diferente. Hasta que alguien se le ocurrió pensar que nuestra cabeza era algo parecido a una máquina. Eureka, dijeron los ilustradores de manuales escolares y se pusieron a dibujar esas cabezas que por dentro están llenas de engranajes y poleas; si pensás mucho, el mecanismo se recalienta y te empieza a salir humo.

Hoy se dice que nuestra mente es como una computadora, y yo les creo. Principalmente porque Lourdes –mi computadora, el objeto de mis desvelos- cada vez se comporta de una manera más parecida a mí. Lourdes empieza a olvidarse de las cosas, pierde mis datos importantes y me los trae de vuelta cuando ya no los necesito. El sábado pasado no pude hacer casi nada porque –entre otras cosas- Lourdes se olvidó de arrancar. El técnico trató en vano de acceder a su memoria. “Vamos a tener que formatear el disco”, me dijo lacónicamente, y yo sentí lo que el dueño del corralero cuando le piden que sacrifique al potrillo. Pero yo dije sí, y lo sacrifiqué, personalmente, apretando el botón ENTER.

Por suerte tengo varios CDs con mis archivos, que llega hasta abril del 2004. Todo lo que pensé y escribí (dos o tres cuentos, muchos apuntes, algunos fragmentos de guiones) flota hoy en la Tierra de las Palabras Perdidas, junto a las promesas vanas de los políticos y los amantes.

En “Cuéntame tu vida” (Hitchcock, 1945), Gregory Peck perdía su memoria y la doctora Ingrid Bergman lo ayudaba a recobrarla. Gregory había vivido una situación traumática que en este tipo de películas era siempre la misma: el haber visto el asesinato de un ser querido. Con el tiempo el truco se convirtió en un recurso típico del policial: hay un culpable y un amnésico. Curen al amnésico y obtendrán un culpable.

Lourdes, mi computadora, mi “negrita linda”, acaba de perder la memoria de los últimos cuatro meses. Andá a saber lo que habrá visto, la pobrecita!

Deborah Dardanella


La lasciva Deborah Dardanela vivía en un terreno baldío de Villa del Parque. Desde allí aguardaba la llegada de los jóvenes pintones para tomarlos del cuello de su camisa y arrastrarlos hacia el fondo del terreno. Una vez desparramados en un improvisado colchón de cajitas de tetrabrick que ella misma preparaba cuidadosamente, los obligaba a cumplir con sus requerimientos amorosos. Y si tardaban más de treinta segundos en satisfacerla, se los comía vivos.

Durante años, el baldío se convirtió en la tumba de los amantes parsimoniosos y los “lentejas” del barrio. Hasta que un día pasó por allí un joven, que no era otro que Tito, dios protector de los ejecutivos, los yuppies y la gente apurada. Tito -sin soltar su Nokia- poseyó a Deborah Dardanela en once segundos con cuatro décimas. Deborah Dardanela, ofendida y abochornada por tan infamante marca, se suicidó colocándose debajo de un volquete que casualmente caía desde un décimo piso.

Como significativo ejemplo, los dioses del barrio erigieron un Mc Donalds sobre este mismo terreno. Allí, el espectro de Deborah Dardanela, en castigo, debe sonreír eternamente mientras atiende los pedidos de sus novios fantasmales. Estos se quejan a viva voz de la lentitud del servicio, y son tantas las demandas de que los combos no llegan a su debido tiempo, que Deborah Dardanela pierde una y otra vez la oportunidad de ser premiada como la mejor empleada de este Hades celestial.

Las historias de nuestra ciudad están llenas de ese... qué sé yo, ¿viste?