miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros | IV Parte


Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

El viernes a la madrugada, por fin, se hizo el silencio.

No era una simple ausencia de ruidos. No hay ningún silencio que se parezca a otro, y éste era un silencio sucio y frío como el de una mañana de invierno. Salí a ver lo que pasaba. “Su Majestad, Farol del Dubitativo, Zapato de Bronce en el Trasero del Renegado”, no encuentro forma de describir a la Calaterra que encontré cuando me asomé a la puerta. Podría hablar de un helado derretido de muchos sabores, o de un mazo de naipes desordenados, o de un laberinto sin puerta de entrada ni puerta de salida, o de un espejo roto. Calaterra era todo eso al mismo tiempo.

La posada era el único lugar que permanecía sin cambios. Recordé las palabras de Macedonio: “Mientras nosotros tres sigamos sin hacer milagros, este lugar es como un ancla. Es el único lugar de este pueblo que tiene que ver con la realidad y no con los deseos”. También fue mi ancla. Tomé una cuerda larga y até una de sus puntas alrededor de mi cintura. La otra punta quedó asegurada a una reja de hierro, en la ventana de la posada. Cuando estuve seguro de que la cuerda me mantenía unido a la realidad, y que si me perdía podía regresar, me zambullí en aquel desbarajuste infernal.
En algún momento me pareció que subía por un sendero empinado; luego, que flotaba en el aire; unos metros después, que caminaba de cabeza como las moscas y las arañas. Seguí avanzando hasta que la cuerda tirante me alertó de que ya era hora de volver. Como a dos pasos de mí, se encontraba un viejo que murmuraba. Estaba sentado en cuclillas, con las manos entrelazadas, como si estuviera rezando. Le hice señas.

-Hola, profeta –me dijo, sin levantarse.
-No soy un profeta. Soy un espía –contesté, enojado.
-Eso ya no importa.

Se levantó y se me acercó, mirando con curiosidad mi cuerda tirante.
-Y ¿dónde está la otra punta?- preguntó.
-En la posada. La até allí para no perderme.
-Buena idea. Todo el mundo está perdido aquí dentro, en Calaterra –sonrió. Podrías sentarte conmigo un rato para hacerme compañía.

Era una sugerencia extraña, porque no había suelo sobre el cual sentarse. Pero me vino a la mente el refrán “mejor dos personas perdidas que una sola encontrada”; aflojé mi cuerda para poder dar un par de pasos más, y me senté al lado suyo. El hombre viejo señaló hacia su izquierda.
-Creo que aquí estaba el barrio de los quirománticos y los teñidores de conejos. Y más allá había unas palmeras, pero emigraron a otro barrio.
-Y ¿los otros habitantes?
-Todos están durmiendo. Es natural: después de tres días de milagros ininterrumpidos, hasta los más jóvenes están muertos de sueño. Pero no creo que en Calaterra nadie esté descansando. Están soñando que todos sus deseos se cumplen –continuó. –Nadie puede descansar realmente cuando en el sueño le está sucediendo las mismas cosas que cuando estaba despierto…

Le eché un vistazo a mi cuerda. Aunque el camino que había recorrido atado a ella era parecido a una travesía por un laberinto, desde la punta se veía como si hubiera seguido un largo camino en línea recta.

-Y la ciudad es un supremo desastre. En algunos barrios es de noche, en otros es de día y en algunos ninguna de las dos cosas. Las flores andan por ahí diciendo estupideces. Los pájaros cantan vulgaridades y, además, hubo que soportar una lluvia de picaportes herrumbrados…

Se desinfló en un suspiro. Me hubiera gustado darle alguna palabra de consuelo, pero no se me ocurría nada y el hombre viejo tenía ganas de seguir hablando.

-Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y jamás había abandonado el desierto. Durante ese primer día caminé por el mercado con los ojos abiertos como dos preguntas. Nunca había oído tanta gente hablando al mismo tiempo; en el desierto hablábamos poco, para conservar la saliva. Esa noche no pude dormir. Tampoco pude hacerlo las noches siguientes. Era como si Calaterra tuviera mil voces que nunca se callaban. Quería irme, pero también quería quedarme. Después de mucho tiempo las voces fueron desapareciendo hasta que solo quedó una: la verdadera voz de la verdadera Calaterra que, como todos saben, es la voz de un hombre petiso, de ojos marrones y barba entrecana, como mi padre. Pero ayer las otras voces, las de la confusión, volvieron. Un mugido interminable, cientos de murmullos chillones y nerviosos, una música graciosa y distante y un canto de ratas; un trueno pavoroso o un sonido color añil. La voz de Calaterra se convirtió en un montón de voces que gritaban al mismo tiempo. Me tapé los oídos, pero ¿cómo se puede hacer para no oírlas?

-Sin embargo, yo no escucho nada.
-No me estás entendiendo, profeta. Voy a explicártelo de otra manera. Cuando llegué a Calaterra tenía trece años y todo era ajeno. Después de sesenta años, cada rincón de Calaterra me saludaba por mi nombre, y yo saludaba al caminito de ladrillos, a las puertas de madera pintadas de verde, a cada perro y a cada mosca.

Pero el camino de ladrillo se fue a la otra punta del pueblo, y las puertas pasan al trote por delante de mí, y atrás corren las casas persiguiéndolas, y ya ni moscas veo en Calaterra. ¿Quién soy yo si nadie está para saludarme? Si yo soy el que todos los días saludó a esta palmera, y esta palmera se va, ¿quién soy yo?
-Podrías volver a tu desierto.
-No me entiendes. Ya no quiero volver al desierto, ni quiero estar acá, y ya no sé quién soy.

(Esto continúa, y parece que se termina. No sé.)

jueves

Demoníacas



El día en que naciste, alguien puso un demonio a tu lado para protegerte de los peligros del Bien en estado puro. Es tu demonio de la guarda y permanecerá junto a ti durante toda la vida.

Él está allí para resguardarte de la bondad extrema y de sus acechanzas: el maniqueísmo, el Bingo y la incomprensión, la modestia excesiva o el simple aburrimiento.

El infierno no daba abasto: demasiadas almas en este mundo, demasiados pocos demonios para tantas almas. Hasta que un ministro de economía -que andaba por ahí después de una exitosa gestión durante su paso por la vida- propuso un plan de reestructuración laboral: a partir de ese día, las tareas demoníacas serian realizadas por simples seres humanos.

Desgraciadamente, el Presupuesto de las Tinieblas de este año no tiene previstos los fondos para ningún tipo de notificación. Por eso, es posible que en este momento seas el demonio de tu barrio, y que nadie se haya tomado el trabajo de avisarte. Y que los vecinos se santigüen cuando te ven pasar, y que alguien te persiga para venderte su alma.

Hay gentes tan pobres, que no tienen ni demonio que los tiente.
Dicen que, si alguien se detiene frente al espejo a las doce de la noche con una vela en la mano, puede llegar a ver al mismísimo demonio.

Yo, en cambio, puedo encontrarme con mi demonio todos los días y a cualquier hora. Lo veo en el espejo, y tiene mi misma cara.

Hay un demonio que se ocupa de tentar a la gente humilde. Se acerca a sus víctimas y, con todo respeto, les dice: "¡Te felicito! Recibe mi homenaje: tu humildad es tan grande que ni el demonio más poderoso podría someterla".

Entonces, los pobres y humildes seres se sienten orgullosos de su humildad y caen en el pecado de soberbia, o en la falsa modestia, que es más o menos lo mismo.
Hay demonios que son tan pobres que solo pueden merodear por las calles mendigándote un alma, sin poder darte nada a cambio. A algunos de estos pobres demonios (varias veces, y de pura lástima) yo les regalé la mía.

Pero estos contratos no tienen validez, y todos son impugnados en los Tribunales Infernales, porque no encuentran maldad en ninguna de las dos partes.

miércoles

Peristilo



En general no me gusta escribir. Me gusta haber escrito. Y sigo soñando con hacer un libro que se pueda leer sin tener que depender de este asunto de las palabras.

¿Sabés por qué faltaron los Leiva's News durante un largo períododo de mi vida? (Y quizás de la tuya) Porque estuve muy ocupado tratando de escribir sin tocar una palabra. Dedicándome a construir mi carrera literaria sobre la base de no tener que escribir ni un pepino.

Eso no quiere decir que me haya quedado sin palabras. Durante mucho tiempo las junté y las guardé, por si acaso. Como clavos viejos en envases de mermelada sin etiqueta, almacenaba palabras como: "albur", "nictalopía", "longanimidad" o "reconcomio".

Una mañana de primavera me levanté con ganas de escribir algo, pero no encontré más palabras. Algunas se pudrieron. Otras se fugaron.
La palabra "desmanicomialización" se metió en algún libro de psiquiatría. A la palabra zahir le fue muy bien: consiguió un buen trabajo en un libro de Coelho y ahora aparece en todos lados, pero ya me mira con indiferencia.

Sólo me aguardaba una palabra: "Peristilo". Recuerdo que hice un hueco entre mis manos, la tomé y la acuné como a un hamster. “Te voy a cuidar, te voy escribir en una hoja blanca, te voy a poner por todos lados, te voy a hacer una novela histórica de veintisiete tomos que se llame ‘El Peristilo’”, le canturreaba con ternura. Después llené las paredes del barrio con esa palabra.

Peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo, peristilo.

Algunas palabras, ya descompuestas por el paso del tiempo, andaban flotando por el aire. Se volvieron otra cosa: ni sonido ni silencio. En mi apartamento ya no se podía ni pensar, por tanta palabra suelta no dicha ni escrita. Atraídas por el olor a desintegración se aparecieron otras más, de puro curiosas. Y mi vida se llenó de palabras reales y aparentes. Yo atrapé las que pude y empecé a escribir.

Hoy sospecho de mí mismo. Hoy supongo que estas líneas son el último paso dentro de un plan maestro inconsciente e involuntario. Una trampa que me tendí yo mismo sin pedir mi aprobación. Que la pereza de no escribir algunos meses, hace mucho tiempo, fue la invención y causa de este texto para poder existir. Y que escribir es el camino más largo, retorcido y complicado de hacer silencio.

Peristilo.

Durantemientras



Y tan contentos estábamos con nuestro nacimiento que decidimos festejarlo todos los años, el mismo día y a la misma hora. Y aplaudir los nacimientos ajenos. Y recordar todas las gestaciones, habidas y por haber: el Nacimiento de los Estados Nacionales y de la Ciencia Moderna Tal Como la Conocemos; de la Primavera lluviosa, de un nuevo desodorante a bolilla, y de la Nebulosa de Andrómeda. Porque así somos en nuestro pueblo: desde el principio, -y por principio-, celebramos todo lo que sea un principio.


En el otro pueblo -en cambio- siempre celebran los finales. Se detienen en cada ocaso para homenajear en su lenta consumación a la perfecta realización del día. Lloran los nacimientos, festejan los decesos, musicalizan los obituarios y veneran a su Dios, conocido como Teasepolvo, que en su antiguo dialecto significa El que Empuña en su Mano Derecha la Suprema Tijera que Alguna Vez Va a Ponerle Fin al Universo.

Pero cerca de aquí, a unos pocos millones de kilómetros, en una estrella titilante, hay un pueblo que le rinde culto a otra deidad singular conocida como Durantemientras; y celebra a su modo ese sutil intersticio que existe entre el principio y el final de cada cosa; entre el antes y el después. Para ellos la perfección es una larga cinta sin fin ni principio, una madeja incomenzada e infinita. Y cualquier día, a cualquier hora, sin previo aviso ni razón, se mandan una gran fiesta, con música, empanadas y todo, y así venerar lo que persiste desde siempre.

El 31 de diciembre, a la noche, la gente de mi pueblo cruza El Mar de Diferencias que los separa del pueblo vecino, para consagrar juntos el milagroso advenimiento. Principistas y finalistas, vitalistas y agoreros van a brindar y abrazarse: adoradores de lo que se inicia e idólatras de lo que perece: unos para vitorear al milenio que empieza, otros para aplaudir la centuria que termina.

Yo –agotado de tanta declaración de nacimiento y de muerte- espero estar muy lejos de ahí. Y levantando mi copa, intentar fijar una vez más mi mirada en la imperceptible estrella titilante para, entonces, celebrar, humildemente y en la misma soledad que me vió nacer, mi asombrosa permanencia.

Sanseacabó, Ora Pro Nobis



Despedía a todo, y todo lo despedía. Llegaba para el remate del chiste y el final del juego, para el brindis de los postres y los saludos en los atrios. Una tarde de otoño -donde él llegaba siempre era otoño- Sanseacabó resolvió que esto no era casualidad y que la mera mala suerte no era una explicación suficiente para su destino; para el que supiera ver, allí se podía descifrar la señal de una vocación, de un don o de un presagio. A partir de aquel momento, Sanseacabó dedicó su vida a perfeccionarse en el inexplorado arte de la despedida.

Probablemente, Sanseacabó nunca sea canonizado. Su gestos y sus obras parecen -más que los de un beato- los del Ángel de la Muerte. A su paso los sometidos se rebelaban, los enfermos morían con felicidad y los matrimonios se divorciaban sin rencores. Fue conocido como Sanseacabó, “el que apaga la luz y cierra la puerta”. O, sencillamente, El Despedidor.

El escritor no sabía cómo -no quería- ponerle fin a su obra de teatro. Estaba tan encariñado con sus personajes que no los dejaba irse, y retrasaba el desenlace con mil pretextos banales. Mientras ellos languidecían en el limbo del aburrimiento, Sanseacabó se apareció en sueños al autor y le reveló el final de una nueva historia; se trataba de un desenlace tan sobrecogedor que sólo necesitaba una obra de teatro que la contuviera. El escritor despachó rápidamente a los personajes de su anterior drama (mató a algunos, casó a otros y mandó de viaje a los que sobraron) y se dedicó a escribir la nueva obra.

Sanseacabó sabía dar el abrazo que no se aferra y el apretón de manos que libera.
El mendigo detuvo a Sanseacabó y le suplicó que lo curara de su renguera. Sanseacabó extendió sus manos sobre la pierna del mendigo y despidió a su enfermedad con dulzura y firmeza. Pasaron diez minutos, treinta, una hora de despedida. Pero la renguera no se iba. Sanseacabó, visiblemente cansado, se puso de pie.

- Puedo curarte, pero el precio va a ser muy alto –le dijo al mendigo. –Tu enfermedad está tan unida a tu cuerpo, que si despedimos a una tenemos que despedirnos del otro.
Y el mendigo, aterrado, le pidió que no la despidiera. Estaba demasiado enamorado de su enfermedad.

Los gobernantes nunca llamaban a Sanseacabó. A los poderosos no les gusta la idea de que todas las cosas tienen un fin.

-¿Por qué conformarse con un solo final? –decía aquel director de cine. -¿Por qué no llenar una obra entera con esta emoción tan dulce y angustiante? Yo hago películas llenas de finales: empiezan con la muerte de algo y continúan con un desenlace tras otro. Cuando yo mato al monstruo, es para que vuelva a levantarse, para que lo maten y se levante de nuevo.

Fastidiado, Sanseacabó le respondió:
-Una buena historia necesita un principio y un final. Es lo que hace la diferencia entre la Odisea y el Cuento de la Buena Pipa. Y –para ponerle fin elocuente al diálogo- se mandó a mudar.
-No me gustan los finales tristes. Prefiero los finales felices. –Dijo ella.
-Por definición, todos los finales son felices. –Respondió Sanseacabó, serenamente.
Sanseacabó nunca predicaba: no sabía, no podía, no quería o, simplemente, no le salía. No había ningún dios que lo asistiera y al cual él adorara. Por eso nunca escribió ningún Apocalipsis, ni textos iniciáticos, ni catequésis profanas.
Despreciaba todos los discursos que se escriben acerca del fin y huía de aquellas palabras que se tejen como telarañas enderredor de las despedidas.

Vaya, pues, esta semblanza, sincera y medida, como postrer homenaje a Sanseacabó, quien una tarde de otoño, en circunstancias por demás desconocidas, se despidió a sí mismo para siempre.

martes

La Espantosa Semana de los Milagros | III Parte



-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a hacerlos a nosotros? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.


Nunca hubo ni habrá en todo su reino un lugar más feliz que la ciudad de Calaterra, ese miércoles por la mañana. “Su Majestad: Sonrisa de los Dioses, Lindo Capullo de Alelí”, sé que no va a entender lo que voy a decirle, pero no se me ocurre otra forma de explicarlo: la ciudad era igual que antes, pero distinta. La Calaterra soñada y la Calaterra real eran la misma ciudad.

Las mujeres eran bellas y amables, y sus miradas me reconocían y se iluminaban con una sonrisa (En realidad le sonreían a todos los hombres, y cada uno de nosotros creía que esas sonrisas tenían un solo destinatario). Los hombres eran fuertes, y altos, y simpáticos, y sabios. Salí a la calle a pedir mi primer milagro: quería ser tan fuerte y tan bello como un hombre de Calaterra. Corrí hacia la fuente de la plaza para verme en el reflejo, pero nada había cambiado: mi cara era la misma de siempre.
-Es que ya eras todo lo inteligente, lo fuerte y lo bello que un hombre puede llegar a ser -dijo Leandro, más tarde.
-O no pediste con suficiente fe -trató de explicar Macedonio.

Yo estaba triste. “Así fue siempre mi vida. Los milagros pasan por delante de mí, me hacen burlas y se escapan”. Decidí hacer lo que siempre hago cuando estoy triste y enojado, y salí en busca de una pluma y un trozo de papiro en donde escribir algo: “Al final de cuentas, solo estoy acá para ver y tomar nota de todo”- me dije, sin convencerme.

De pronto, empezó a sonar una música de fiesta, y una chica clara de ojos negros me tomó del brazo y me llevó a cantar con sus amigas. Bailamos, comimos, nos reímos y bailamos de nuevo hasta que se hizo de noche y ya no podíamos reconocer las caras de nuestros compañeros. El frío se hizo presente intempestivamente, y todos se retiraban rápidamente a sus casas. Yo no quería irme. Busqué, a un costado de la fogata, un lugar abrigado para dormir. Sólo quedaba una fogata ardiendo, y al lado de ella estaba el joven enamorado, echando pedazos de corteza en el fuego. Resignado, me senté junto a él. Como si yo le hubiera preguntado algo, empezó a hablarme:

-Todos los habitantes de Calaterra pidieron ser más jóvenes. Yo, en cambio, pedí otra cosa.
Bostecé. No lo hice a propósito. Estaba realmente cansado.
-Antes tenía miedo de que Dorelia no me quisiera, y pedí un milagro. Ahora Dorelia me ama.
-Y ¿entonces? –dije medio dormido, sin ganas ni interés. El joven enamorado tenía los ojos rojos y húmedos, a punto de lanzar un llanto.
-Ahora sufro, porque tengo miedo de perderla.

Esa noche soñé que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y boca y los árboles hacían carreras por las calles de Calaterra. Al amanecer, cuando desperté, vi que el cielo era amarillo, que las casas tenían ojos y bocas, y me levanté rápidamente antes de ser atropellado por un abedul que pasaba disparado, dejando un reguero de hojas en su camino. Me puse de pie, con la mente nublada y los huesos doloridos por el sueño a la intemperie, y traté de volver a la taberna.

La travesía fue por demás peligrosa -los árboles y los arbustos se interponían en mi camino, y estuve a un paso de ser tragado por varias casas hambrientas- pero a la mitad de la mañana ya estaba llegando a la puerta de la posada. La reconocí con facilidad. Era la única casa que no había cambiado de aspecto ni se había movido de su sitio.

Lo único extraño era aquel árbol sentado al lado de la puerta. Tenía su espalda encorvada (si es que los árboles tienen espalda) y con dos de sus ramas, a modo de brazos, se cubría el rostro (si es que un árbol puede tener rostro). No parecía uno de esos árboles trotadores que acababa de esquivar en mi camino. Y el sonido de su voz me parecía extrañamente familiar.
-Te conozco –me dijo cuando pasé a su lado.

Era la voz del joven enamorado. Me quedé mirándolo unos segundos, sorprendido. Él apoyó una de sus ramas en mi hombro.
-Te estarás preguntando que fue lo que me pasó –continuó.
-No me estaba preguntando nada.
-Voy a decírtelo. Hoy pedí un milagro: no sufrir más por el amor de Morelia. Y ahora soy un árbol. ¿Sabías que las plantas no sufren ni se ponen contentas?

Le sonreí sin cortesía y entré a la posada. “Pero esto no está tan mal. Sólo que extraño un poco a la tristeza…” -le oí decir vagamente.
Adentro, Leandro y Macedonio ocupaban su mesa de siempre. Había unos restos de comida y dos copas de vino vacías.
-Ahí llega nuestro espía. Ya somos tres para los dados –sonrió Leandro.
-Pero está mareado. Debe andar con resaca de milagros- agregó Macedonio.
Me senté con ellos.
-Espía: si vas a jugar con nosotros, te aclaramos que este juego de dados tiene una sola regla: nada de milagros.
Leandro arrojó sus dados sobre la mesa.
-¡Un seis y un uno! ¡El ciempiés rengo!
-Perdiste –dijo Macedonio. -Es natural. Nunca tuviste suerte, ni para el amor ni para el juego.
Leandro asintió con tristeza.
-¿Por qué son los únicos en este pueblo que no quieren hacer milagros? –pregunté.
-Yo no me animo –dijo Leandro. –Los milagros no tienen marcha atrás. No se puede “desmilagrizar”. Es demasiada responsabilidad.
-Además, –continuó Macedonio, como para sí, mientras inspeccionaba sus dados– es aburrido. Cada vez que en un pueblo como este existió la posibilidad del milagro, pasó siempre lo mismo. Seguro que en este momento el sol y la luna están juntos, tan juntos que no se sabe donde empieza uno y donde termina la otra. ¿Te cuesta creerme? No hay más que mirar por la ventana…
Me asomé a la ventana, y vi que no era de día, ni de noche, ni todo lo contrario.
-Además -continuó Macedonio-, seguro que la línea del horizonte se borró, y el cielo y la tierra son la misma cosa.
Era verdad. Por eso había tardado tanto en encontrar la puerta de la posada.
-Y en pocos segundos comenzarán a llover candados.
-Y aparecerán unos pájaros muy extraños, cada uno de ellos con la cara de la reina, para cantar algunas canciones indecentes acerca del rey y un pato.
-Y las flores hablarán en idiomas aromáticos desconocidos.
-Y nacerán cachorros dálmatas perfectos, sin una sola mancha.
-¿Cómo saben que va a pasar todo esto? – pregunté admirado.
-Si tuvieras el poder de hacer milagros, ¿acaso se te ocurriría hacer otra cosa?
Yo estaba enojado y confundido: no se me concedió el poder de hacer milagros ni la gracia de detestarlos. Salí a la calle y pasé el resto de la tarde sentado, mirando como las profecías de Leandro y Macedonio se cumplían, una por una.
Eran maravillas las que estaba viendo, pero ya no me maravillaban tanto.

(Estos milagros continúan)

La Hora de la Verdad!


Yo no sé cuándo le llega a ustedes la hora de la verdad, pero en mi caso particular nunca llega por la mañana; entre las 7 y las 10 horas me encuentro con un ánimo excesivamente indulgente y estoy dispuesto a aceptar cualquier cosa que se me diga sin cuestionarme acerca de la autenticidad o la falsedad de la misma.

Pero luego, mi discernimiento se va incrementando con el paso del día y hacia las 15 horas mi sentido crítico se encuentra bastante afinado, a un punto tal que todos los engaños se me tornan evidentes y las verdades resplandecen con una luz mortecina.

El problema es que -con el devenir de las horas- el mismo sentido crítico comienza a independizarse de mi persona y, hacia las 19 horas, las verdades más incuestionables -sorber un tibio mate, por ejemplo- son refutadas acremente, acusadas de perjurio y puestas a disposición de mi Poder Judicial Interno.

Pero, a eso de las 22 horas (cuando la duda ya hizo todos los estragos que pudo y se retiró, satisfecha) las verdades son puestas en libertad condicional por falta de pruebas, y se les pide las debidas disculpas por las palizas recibidas.

Mas, después de la medianoche, mi mente, -ya desconcertada y perdida-, está lo suficientemente preparada por las experiencias del día como para ser capaz de reconocer y abrazar a la verdad en su pureza más prístina. Llegan las 2 de la mañana -la hora de los borrachos y los iluminados- y la Verdad -¡por fin!- se manifiesta.

Pero yo ya no estoy allí para recibirla.

Franquicias Abiertas


…Y al principio el mundo en el que vivíamos era mucho más pequeño que el de ahora. Todavía no se había inventado la distancia y cada quien se entretenía trotando sobre una misma baldosa. A veces, alguno se olvidaba de permanecer, y desaparecía violentamente y a toda carrera. Pero nadie se preguntaba sobre la razón de su desaparición. “Este mundo será todo lo pequeño que quieras, pero, además, es misterioso”, decía alguien. Y los demás asentíamos.

Un día reapareció uno de nuestros compañeros perdidos. Si bien no sabíamos a quién adjudicarle la invención de la partida, a él le correspondió la fortuna de haber inventado el regreso. A partir de entonces, la vida fue un continuo ir y volver, de aquí para allá. Los más esclarecidos seguíamos permaneciendo en nuestra baldosa, allí donde nos puso el destino. Pero las nuevas ideas (si se nos permite la metáfora) corrían mucho más rápido que las nuestras. Todo cambiaba, hasta las mismas teologías: mientras nosotros seguíamos honrando a nuestro Dios de la Permanencia, todos empezaban a adorar a los Dioses del Éxodo, del Camino, de la Ausencia y la Espera.

No fue bastante. Nunca era bastante. Una secta combinó la invención de la llegada con la de la partida, y la unión de ambos engendró el viaje con propósito. “Si te vas de alguna parte, es para llegar a otra”, declaraban los snobs y los presuntuosos. Aunque esto parecía reducir notablemente la cantidad de corredores -que tenían que buscarse un lugar hacia el cual llegar, o al menos otra persona que los persiguiera- ellos cada vez eran más y nosotros cada vez menos.

Es natural que nuestra Iglesia del Dios de los Corredores Inmóviles, a la vista de lo sucedido, parezca haber quedado rezagada, pero nunca nos hemos detenido (si se nos permite el juego de palabras).

Hoy, somos los dueños de una importante cadena de gimnasios llenos de aparatos de cintas para correr y bicicletas para hacer spinning. Y los que vienen a ejercitarse, aprenden a correr (sin saberlo) como en aquellos tiempos felices solíamos hacerlo todos: sin distancias, ni destino, ni propósito, ni necesidad de llegar a ninguna parte.

Crítica Cinematográfica


“…Y vivan como si no tuvieran cuerpo”, ordena el Dios de los Sacumanos, que disfraza de fe su misantropía y considera al cuerpo humano como “el Gran Error Estratégico en el Perfecto Plan de la Creación”. Los pintores sacumanitas son especialistas en arte abstracto, más por necesidad que por vocación, porque su fe les prohíbe la reproducción de cualquier figura humana. El cine sacumano, sobrino segundo del arte de la pintura, se esfuerza por contar sus historias con formas y colores: mientras un destello de rojo borravino significa “la llegada de aquella mujer lejana”, una raya de color azul francia que se diluye lentamente significa “un hombre tomando una grave decisión”.

Yo conocí la rara experiencia de ver cine sacumanita cuando, allá por los ochenta, pude asistir a la proyección de su versión de “Edipo Rey”. Algunos espectadores se ocultaban detrás de su pañuelo para disimular el llanto que se asomaba a sus ojos conmovidos; otros, a duras penas, podían contener sus carcajadas. Pero el resto -los más- charlaban o se besaban, porque, de la película, no entendían un carajo.

Déjenme decirles la verdad: miento yo y mienten mis colegas. Los críticos de cine mentimos de toda mentira cuando hablamos del cine de Orestes Scavino. Aunque hayamos compuesto enciclopedias sobre Scavino y hayamos coordinado seminarios sobre su obra, aunque hayamos escrito miles de veces que el último filme que se estrenó “es un típico ejercicio scavinesco”, ninguno de nosotros ha visto un solo fotograma de alguna película de Orestes Scavino. Déjenme decirles otra cosa: tampoco existe Orestes Scavino. Es un pretexto, una mentira sobre la que hemos construido nuestras carreras y nuestras vidas. Sólo existimos nosotros y nuestras palabras, huérfanos de un padre inexistente que nunca tuvo hijos.

En una playa de Antofagasta -después de ahogarse y antes de ser rescatado por un bañero- Carmelo del Socorro Antúnez ve pasar toda su vida como si fuera una película. Esa tarde resuelve reconstruir aquella visión. Con la ayuda de amigos y parientes se dedica a recrear delante de una cámara las escenas más importantes de su historia.

El cortometraje (“Escenas de la vida de Carmelo del Socorro”) nunca llega a estar terminado; cada dos o tres meses Carmelo destruye el guión y lo reemplaza por otro distinto, vuelve a rodar de nuevo las mismas escenas y retrasa con vagos pretextos la finalización del rodaje. Es que Carmelo del Socorro tiene tanto miedo como ganas de completar su obra. Carmelo del Socorro cree que, el día en que la remake de la película de su vida esté lista para su proyección, la misma Muerte va a sentarse en la butaca de al lado. Sospecha que a la salida del cine, ella va a invitarlo a una pizza con cerveza para discutir la película... Supone que no va a animarse a decirle que no.

domingo

La Espantosa Semana de los Milagros | II Parte


-La plaza es un lugar muy grande. ¿Dónde conviene empezar a predicar?
-La plaza tiene la forma de un triángulo –describí. -En cada uno de sus vértices hay una tarima para que todo el que tenga algo que decir, se trepe y hable. Los escenarios son tres: la tarima de los dementes, la tarima de los profetas y la tarima de los artistas.
-¿Y en cuál deberíamos subirnos para que todos nos conozcan y nos escuchen?
-En la tarima de los dementes.


El martes al mediodía la plaza estaba colmada de gente. Debajo de la tarima de los dementes había una larga fila de locos esperando su turno de subir. Mientras tanto, un orate explicaba que el fin del mundo ya había llegado, que había sido hace tres años, pero que ninguno de nosotros se había dado cuenta. En la tarima de los artistas, un hombre hacía una demostración del arte de la conferencia muda: estaba parado de frente al público, sencillamente, sin abrir la boca ni decir palabra. Ninguno de ellos era competencia para Macedonio y Leandro.
-¿Y si vamos al escenario del medio? Ése, el de los profetas. No hay nadie allí -sugirió Leandro.
-Ni se les ocurra! Todo el mundo sabe que los profetas no son para ser escuchados: están para que el pueblo se ría con lo que dicen, para que después se indignen y más tarde matarlos a piedrazos o de tristeza. Hay que reconocer que algunos, después de asesinarlos, los lloran y les hacen un digno monumento. Pero no creo que a ustedes les guste pasar por eso.
Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. Trepaban con todo entusiasmo al escenario de los profetas, sin darse cuenta de los manchones de sangre seca que adornaban su madera. Corrí hacia ellos para alertarlos, pero ya era demasiado tarde: Macedonio golpeaba palmas para llamar la atención de todos.
-¡Amigos! ¡Somos el regalo que nuestro Maestro les manda a Calaterra!
Los calaterranses más lentos corrieron hacia el escenario. Los más rápidos ya estaban en los primeros lugares, con su piedra en la mano.
-¿Y ustedes son sus profetas? –preguntó con ansiedad una mujer gorda, con un solo ojo claro y un bebé entre sus brazos.
-No. Sólo somos hacedores de milagros.
Un “¡Oh…!” de desilusión recorrió la plaza y el mercado. Con tristeza, varios dejaron caer sus piedras al suelo.
-No venimos a profetizar nada. Venimos a hacer muchos milagros, para que ustedes crean y crean de verdad.
-¿Y si creemos?, aunque no haya milagros –preguntó un muchacho de pelo rojo.
-¿Y si, aunque haya milagros, nosotros no les creemos? –preguntó su amigo, otro muchacho albino, con la cara llena de granos.
-¿Y no sería mejor que en vez de hacer ustedes todos los milagros, nos enseñen a nosotros a hacerlos? –dijo la mujer gorda.
Leandro y Macedonio se miraron. Leandro habló al oído de su compañero. Yo estaba parado a pocos metros de ellos y desde mi lugar podía ver cómo su cara se ponía roja de indignación. Discutieron unos minutos. Ya el público empezaba a perder la paciencia, cuando Macedonio levantó su mano pidiendo silencio.
-Es una buena idea. A partir de mañana ustedes tendrán el poder de hacer todos los milagros que quieran.
-Pero –agregó Leandro- no todo va a ser tan fácil. Hoy a la noche va a caer una lluvia con olor a gato. Y todos deberán salir a la calle imitando el graznido de un pato nervioso.
Macedonio tomó a su compañero por el hombro.
-¡Eso no lo habíamos acordado! ¿Para qué?
-Cuánto más difícil hagamos todo, más respeto van a tenernos. Además, estos tipos no me gustan nada.
Se levantaron algunas voces de protesta, pero ese fue el único gesto de intransigencia; eso y una piedra perdida que golpeó el hombro izquierdo de Leandro, y que seguramente pertenecía a alguien que se resistía a creer que ellos no fueran profetas. Esa noche llovió una lluvia con olor a gato. Yo salí unos minutos para bañarme y hacer mi imitación de la voz del pato nervioso. Después, me dormí soñando con todo lo que iba a hacer al otro día, cuando tuviera mis nuevos poderes.

(Esto todavía continúa)