miércoles

Los Fernández Werther | Parte II


En 1916, el gobierno de Victorino de la Plaza editó un decreto (o decretó un edicto) por el cual se castigaba a los suicidas con penas de hasta veinte años de prisión. También quedaban prohibidos el dominó y las polainas (los servicios de inteligencia siempre sospecharon de la oscura relación entre estas tres modas). Pero el esfuerzo era innecesario, porque las costumbres porteñas habían cambiado, y ahora se ejercitaba la calistenia, beber los vientos y bailar en camiseta. Sólo los Fernández Werther perseveraban en el absurdo arte del suicidio.

Ese mismo año, en los campos de batalla del Verdun, Belisario Fernández Werther se arrojaba una granada a sí mismo. Su afán autodestructivo no le impidió ser recibido como un héroe: sus restos (nunca fue más exacto el término) llegaron engalanados con las condecoraciones póstumas del ejército enemigo, que además pagó todos los gastos del envío en agradecimiento por los servicios prestados. Pero ese fue el último festejo público. A partir de ese momento, las muertes de los Fernández Werther pasaban a la clandestinidad.

En 1924, Ercilla Fernández Werther se ahogaba en un vaso de agua. (Esto no es una metáfora: un vaso de agua puede contener la cantidad suficiente de líquido como para ahogar a cualquiera). Los Fernández Werther odiaban las metáforas, porque las consideraban una rotunda falta de creatividad y trataban de evitarlas cada vez que se suicidaban.

En 1948, Nehemías Fernández Werther se comió un alerce. (No queremos decir aquí que chocó contra un alerce o que un alerce lo aplastó. Nehemías ingirió, se engulló, se lastró, se fagocitó un alerce con hojas y todo, lo que le produjo el fallecimiento sin necesidad de analogías o imágenes poéticas).

Algunas de aquellas muertes eran accidentales, como la de Isadora Fernández Werther, que cruzó desprevenidamente por el tortugódromo en el momento de la largada de una carrera de quelonios. O como la de Eugenio, que, enfrascado en la lectura de la guía telefónica, se olvidó de que alguien se habían llevado el ascensor a repararlo. Pero los Fernández Werther eran indulgentes y consideraban que en estos casos, el suicidio había sido el móvil original. O que el descuido era una forma solapada de suicidio.

Safo Fernández Werther se enamoró de su sombra. Las intelectuales lesbianas han escrito poemas y obras de teatro acerca de ella y la incomprensión social que rodeaba a quienes se enamoran de su congénere. Los psicólogos llenaron cuartillas y cuartillas con términos como “narcisismo”, “alienación” o “duelo melancólico”. Pero lo cierto es que Safo eligió un suicidio lento: encadenada a un sentimiento trágico, suspirando por eso tan inaccesible que existía al alcance de su mano, guardando celosamente su relación en un nivel casi platónico, prefirió morirse de amor. Su amada no dejó de acompañarla ni siquiera en la muerte; por eso, el de Safo, es el único fantasma que tiene sombra.

El festejo de cada suicidio era un acontecimiento que atraía a fantasmas y a vivientes por igual. Pero los Fernández Werther con vida eran un recurso humano no renovable, y con los años fueron disminuyendo, mientras que los fantasmas eran cada vez más. Y los vivos -a fin de cuentas- eran los que organizaban las fiestas. Hacia comienzos de la década del '60, las fiestas de suicidio de la familia eran apenas unos tímidos encuentros en los que se tomaba mate y se cantaban zambas hasta la madrugada. Los fantasmas de los Fernández Werther se aburrieron de las fiestas de los vivos y dejaron de aparecerse. “Son festividades excesivamente corpóreas y previsibles”, dijo el fantasma de Martiniano Fernández Werther, un espíritu pedante al que le gustaba hablar en difícil.

Los fantasmas decidieron celebrar sus propias fiestas. En ellas se bailaba, se reía exageradamente y se hablaba mal de los vivos.

(continuará)

lunes

Vocación de Poeta | Parte I


-¿Y quién te dijo que la poesía es triste? -esputó Saturnino enarbolando su ejemplar de “47 poemas para matarse de la risa” como arma y estandarte. Clemente se arrojó sobre él con un gruñido, mezcla de gemido con grito de batalla: el gordo había decidido ser triste por elección y por vocación, y la noción de que ser poeta equivalía a ser un profesional de la tristeza le había dado un sentido a su vida. Los dos rodaron por el patio de la casa fajándose con sus poemarios; pero el de Clemente -“Desconsuelos Rioplatenses”- tenía tapa dura y lo estaba llenando a Saturnino de moretones.

Este era mi primer día como redactor en la Editorial Llaneza y me llamaba la atención que ninguno de los que estaban allí mirando moviera un dedo para interrumpir esta pelea. “Dejalos: ¿no ves que son poetas?” explicó Ottone, mi futuro jefe. La editorial funcionaba en los fondos de la casa de sus padres. Y yo –que no conocía más peleas que las de la Illíada y las del Quijote- ingresaba así a dos mundos: el de los sonetos y el de los puñetazos. Que aquí eran el mismo.

La verdad es que en aquellos tiempos todos éramos muy jóvenes, ninguno tenía más de veinte años, leíamos a Rimbaud y a Baudelaire y, aunque no sabíamos quiénes éramos, teníamos muy en claro lo que no queríamos ser. Cada vez que tomábamos la pluma era para escribir en contra de algo. Los críticos literarios llamaron a nuestra escuela “negacionismo” o “contrerismo”.

Una tertulia se iniciaba con la proposición de un tema -el presidente de turno, los meseros que tardan en atender, la prosa de Rubén Darío, los trenes llenos- e inmediatamente comenzaban los insultos. Hacia la madrugada -entre tragos, vendajes y bizcochitos de grasa- yo tomaba mi carpeta negra, leía un resumen de la jornada y Ottone repartía las tareas para el próximo número de nuestra revista.

-A ver cuando te escribís algo tuyo, hermano -se despedían los muchachos palmeándome la espalda. Yo sentía un horror metafísico por todo lo que fueran golpes y trompadas. Pero mi musa (que siempre me odió, desde el momento de mis primeros garabatos) estaba empezando a dictarme un poema.

(continuará)

Los Fernández Werther | Parte I


Mientras trataban de olvidar ese verano húmedo que convertía sus vidas en un martirio blando y pringoso, los porteños de 1914 se consagraban con fervor a las modas del dominó, las polainas y el suicidio. Algunos snobs, incluso, calzaban sus polainas, iban a jugar dominó con sus amistades y, si tenían la suerte de ganar la partida, en una especie de ruleta rusa inversa, terminaban suicidándose. Mientras tanto, las revistas femeninas proponían formas elegantes de extinción, tales como el veneno suave y aromático, o la autoasfixia; formas éstas de autoinmolarse sin ofender el decoro y el buen gusto popular.

Saturnino Fernández Werther partió una noche de marzo rumbo al barrio de Balvanera. Entró en un prostíbulo de mala muerte, se acercó a un compadrito que trataba de matar el tiempo con ginebra fraudulenta, y le hizo notar que el color de su pañuelo no combinaba con el del resto de su vestimenta. El pañuelo era un regalo de su madre: el hombre se sintió legítimamente ofendido y lo desafió a duelo. Saturnino respiró aliviado; la parte más difícil del plan ya estaba completa y sólo restaba dejarse llevar por los acontecimientos. Salieron a la esquina. Esa noche había tantos duelos que tuvieron que esperar con paciencia el turno para achurarse. A la hora del cuchillo, Fernández Werther ensayó una puñalada descuidada -producto más del miedo a no morirse que de las ganas de estar vivo- pero el malevo le cruzó el abdomen de un estiletazo certero. Saturnino cayó mientras veía su vida transcurrir de un tirón como si fuera una película (como en aquella época sólo había cine mudo, la visión de esta película se redujo a la contemplación apurada de unas pocas escenas, mudas, discontinuas y mal iluminadas). Avergonzado por la nula resistencia de su oponente, el malevo unió sus manos y se arrodilló a rogar a la virgencita, de la que era fiel devoto, por la resurrección de Saturnino. (Por una cuestión de justicia, quería devolverlo a la vida para darle la muerte que se merecía). Pero era demasiado tarde. Con una sonrisa triunfal en su boca, Saturnino expiraba con todo éxito.

El festejo del suicidio de Saturnino Fernández Werther fue el acontecimiento social del mes; más comentado aún que el suicidio de Teodelina Álzaga Unzué, que se murió de amor, nomás. Los Fernández Werther que lo sobrevivieron (y que cada vez eran menos: porque si algo se puede decir de esta familia es que eran suicidas natos) brindaron a su salud con envidiosa alegría, y todo fue un volar por los aires de polainas, disparos y fichas de dominó. El fantasma de Saturnino también estuvo presente, y, sentado en su silla preferida, los miraba largamente. En realidad, antes de su suicidio, tampoco hacía gran cosa y sólo sabía pasarse horas y horas mirando el espejo. Hoy, su fantasma sigue mirándolo, pero desde el Otro Lado.

(continuará)

jueves

Findeañeos


En ese otro pueblo de la Melanesia, todos los treintayunos de diciembre eligen al azar a uno de sus ancianos, le ponen un reloj de arena entre sus manos y lo coronan “Señor Tiempo”. Después de vitorearlo y felicitarlo como es debido, lo muelen a palos para desquitarse por la desconsideración con la que el tiempo los ha tratado a lo largo del año. Los niños, los enfermos y los más viejos son los que más se ensañan.

La gente de Kamarakorum festeja el fin de año con el Brindis de la Despedida. Cada uno a su turno, con los ojos humedecidos, levanta su copa y declara que “le pido a Dios que esta sea la última fiesta de fin de año en la que brindo con ustedes”. Sucede que el dios de los kamarakorumenses es un Dios contreras, que gusta con decepcionar a sus creyentes y oponerse a los deseos de sus devotos: por eso, con este brindis, tratan de distraerlo y confundirlo en procura de prolongar sus existencias un año más. Y si, efectivamente, mueren a lo largo del nuevo año, al menos tuvieron la oportunidad de despedirse -con el necesario tiempo y el debido respeto- de sus familiares, amigos y seres queridos.

Cuando el dictador terminó con el último de sus enemigos, ya estaba demasiado viejo como para ver cumplidos los anhelos de su juventud, cuando soñaba con ser un gobernante justo y bondadoso. Pensó que el tiempo era el culpable de sus desdichas; y, como no podía encarcelarlo, decidió prohibirlo. A partir de entonces nadie podía mencionar palabras enemigas, tales como “hora”, “mes” y “año”. (Hay que reconocer que la medida contó con el apoyo de los poderosos del reino, que, en su mayoría, eran hombres maduros, cuando no francamente seniles).
En respuesta a esto, algunos huyeron al país vecino para poder envejecer libremente. Y dentro del país, la celebración del Año Nuevo se convirtió en un gesto subversivo, anárquico: un secreto acto de resistencia.

Los habitantes de Hungaria hacen un pacto con la vida. Es un contrato anual, y el último día del año aprovechan los festejos para renovarlo. Esa noche enumeran la cantidad de cosas buenas que harían si dispusieran de más tiempo de vida, y, formalmente, le solicitan a la vida que se los otorgue. Algunos se dan cuenta de que todos los 31 de diciembre repiten los argumentos y ensayan los mismos pretextos. Desde entonces, por comodidad, cada año reciben a la vida leyéndole el mismo papelito de petición.

Allá, en el pueblito de Greenwich, los habitantes acechan en las calles la llegada del año. Dicen que el primero que lo vea llegar puede hacerle una pregunta acerca de su futuro, y que el Año Nuevo estará obligado a responderla. A las doce y un minuto, frustrados, vuelven a sus casas para emborracharse y defenderse de la incertidumbre del futuro, llenos de preguntas a las que nadie va a darle respuesta.

Los científicos de Turingia sostienen que al año le está sobrando una mínima fracción de segundo. Por eso recomiendan a sus paisanos que aprovechen ese momento para hacer lo que se les dé la gana: todo lo que suceda en ese instante fugaz no quedará asentado en ninguna crónica ni formará parte de ningún almanaque. Los turinaginosos esperan con ansias ese mágico momento, pero, cuando ésta llega, solo aciertan a gritar alguna obscenidad, pegar algún alarido, extender la mano en dirección a las nalgas de alguna bella señorita o romper el vidrio de alguna ventana. Los sueños de libertad de los habitantes de Turingia son sumamente modestos.

Los miembros de las familias de Llavallol esperan el cambio de año fuertemente abrazados entre sí: tienen tanto miedo de que el año viejo se los lleve con él, que se reúnen para aferrarse con fuerza a las personas que más quieren. No saben que, en realidad, son ellos los que se han pasado todo un año arrastrando al tiempo consigo. Y que el año viejo, lastimado y dolorido, aprovecha su distracción para escaparse y no volver a verlos nunca más.

miércoles

Otro Secreto


Desde que el mundo es mundo, cuando alguien de mi pueblo está listo para ser adulto, se le vendan los ojos y se lo lleva a una choza en las afueras de la ciudad de Llavallol para contarle el secreto. Los únicos que no pueden escuchar el secreto son los niños, los enanos y los deficientes mentales (y yo, por razones que desconozco, pues no soy ninguna de las tres cosas). Por eso, lo poco que sé del secreto lo aprendí acechando detrás de los árboles, o en el insomnio de una madrugada de campamento. He tratado de completar las cosas que no sé con aquellas que me imagino, y hasta es posible que algo de lo que voy a contarles sea cierto.

La mecánica es la siguiente: los escogidos pasan toda la noche con los ojos abiertos dentro de la choza del secreto, mientras alguien les habla incesantemente; cuando ninguno puede distinguir una palabra de sueño de otra palabra de vigilia, se les desliza el secreto por la oreja izquierda. Al día siguiente vuelven al poblado. Se conoce a los que han escuchado el secreto por el tono inquietante de su voz: las palabras que antes eran cordiales y francas siguen siendo las mismas palabras, pero ahora se las habla en un tono entre hosco y esquivo. Una vez al año el secreto recibe a unos muchachos animosos y devuelve hombres valientes y desesperanzados.

Las mujeres -sospecho- también tienen su secreto. El hecho de que no tengamos ninguna señal de esto, para mí ya es prueba suficiente de su existencia. Yo supongo que el secreto de las mujeres no es el mismo que el secreto de los hombres y eso se percibe en su mirada; si un día te están mirando, al otro día también te miran, pero te miran distinto.

Son pocos los días en lo que no pienso en el secreto. Tanto cambia la vida de los que lo escuchan, que debe ser un secreto que toca la totalidad de la existencia. No un secreto de automóviles, ni de ardillas, ni de puestas de sol. Yo tengo dos conjeturas. Una: que el secreto no existe, que no hay secreto alguno en el mundo, que solo está lo que se ve, sólo hay lo que hay. Dos: que solo el secreto existe y somos nosotros los que no existimos; que somos, apenas, torpes imaginaciones del secreto.

viernes

Nombramientos


En Llavallol -tu pueblo y el mío- cambiamos de nombre como de camisa. No termina uno de nacer cuando ya empiezan los nombramientos: “Ay”, lo llama su madre, “Obstáculo”, su hermano mayor, “Entonces”, su padre; “Porotito”, la tía segunda.

Con el paso de los días cada llavallolense recibe, junto a la leche, sus nuevos nombres: “Media tarde”, “Chico Sentado en el Pasto”, “Ayayay”, “Pituchi”, “Grito” y “Jorge Alfredo”. Los años le traen amigos, novias y apelativos: “Pochi”, “Maleta de loco”, “Perno”, “Paciente de las 19:45”, “Antenor”, “Tipo Parado Ahí”.

Hacia el final de la vida cada uno de nosotros caerá bajo el peso de sus nombres, y nuestros parientes tratarán de llenar nuestra lápida con la inscripción de los pocos que puedan recordar. El resultado, algunas veces, será un palimpsesto, una telaraña de palabras que alguna vez señalaron algo. Otras, la lápida quedará pulida y gastada de tanta inscripción. En ninguno de los dos casos podrá leerse ni entenderse nada.

Pero no importa. En el resto del mundo la gente pone nombres para identificar, fijar y poseer. En Llavallol -mi pueblo y el tuyo- ponerle nombre al ser querido es darle un abrazo de despedida, soltar su mano y dejarlo ir.

La Señorita Ene


Primer día de clases

-Ahora vas a empezar sexto grado y vas a jugar en el recreo con todos nosotros –me dijo mi hermano mayor, cuando íbamos camino al colegio. -No te voy a dar consejos, porque los consejos no sirven para nada: si querés, peleate a trompadas con quien se te dé la gana. Pero te digo una sola cosa: nunca toques a la señorita Ene.
Y sin esperar a que yo le preguntara nada, continuó:

-La señorita Ene es la de música. No es mala, pero es distinta a las otras profesoras. Ni se te ocurra ponerle un dedo encima: en cuanto la rozás, se pone como loca. A Velarde, el año pasado, lo echaron por tocarle el hombro con el dedo.

Un mes después

La señorita Ene no parece joven ni vieja. Tampoco es especialmente linda ni notablemente fea. Su cara es blanca, como la cara de aquellas fotos en las que el flash se acercó demasiado y nos reveló el retrato de un rostro sin rasgos, con los ojos rojos de conejo. Lleva un gabán negro de grandes botones dorados, que no se quita ni en las tardes más tórridas del verano. Pero, cuando pasa caminando al lado nuestro, todos sentimos un frío oscuro y húmedo que invade nuestras almas.

Dos semanas después

La señorita Ene decidió que habíamos trabajado lo suficiente, y, con una sonrisa de su rostro blanco nieve, nos dejó salir antes de que termine la clase.
-Y usted, Rossoni... -me dijo, cuando estaba atravesando el umbral de la puerta-… mándele saludos de mi parte a su abuela. Siempre la recuerdo con profundo cariño.

Cuando se lo conté a mi abuela, esa misma tarde, se persignó y fue a encerrarse en su habitación, de la cual no salió por varios días, sumida en un pozo depresivo.
-Siempre que le hablan de la señorita Ene, se impresiona mucho –me explicó mamá- ¿No sabías que la abuela fue alumna de ella?

Como dos meses y medio después

La señorita Ene estaba corrigiendo las evaluaciones de mitad de año. Nos acercamos a su escritorio. Yo tosí.
-Señorita Ene: un alumno de séptimo me dijo que teníamos que felicitarla porque hoy es su cumpleaños.
La señorita Ene levantó la vista de las pruebas que estaba corrigiendo, sonrió y siguió escribiendo como si nada. Abelardi –que siempre se destacó por ser el más valiente– se atrevió a hacerle la pregunta:
-Señorita Ene: ¿es verdad que usted es un fantasma?
-Sí. Es verdad –dijo, sin levantar la vista de las hojas. -Ahora, chicos, les ruego que no me interrumpan más. Tengo que entregar estas evaluaciones antes de que suene la campana.

Algún tiempo después

Cuando la señorita Ene le puso un uno a Altube, que era el mejor promedio de la clase, la madre fue a protestar a la oficina del director y a exigirle que echaran a “esa señorita Ene”.
-¡Lo menos que se puede pedir de un docente que viene a dar clases, es que esté con vida!- rezongó.
-Discúlpeme, usted, señora Altube- dijo nuestro director. -Pero la señorita Ene es la profesora más antigua del colegio. Nunca falta a clase, ni se enferma, ni pide licencias. Es un ejemplo para todos nosotros. Si su hijo no es capaz de convivir con una persona tan, pero tan especial, le recomendamos que lo ponga en otra institución.

A fin de año

-La verdad, que les tomé cariño –nos confió la señorita Ene el último día de clases. -Pero vamos a tener que despedirnos-. Todos protestamos.
-No me prometan nada – continuó. Que nadie diga que va a volver a visitarme. Cuando ustedes crezcan, van a ponerse a pensar en lo raro que es que este fantasma les haya dado clases. Y la idea les va a producir cada vez más miedo. Créanme.
Protestamos de nuevo, la aplaudimos y simulamos un abrazo a su alrededor, sin tocarla y entre lágrimas.

Un montón de años después

La señorita Ene tenía razón. Desde ese entonces, volví a pasar innumerables veces por la puerta del colegio, y nunca me animé a entrar a saludarla.

Hoy, ya más grande (o menos chico), me paro frente al viejo frontispicio y siento la tentación de entrar para ver si el patio sigue reduciéndose o si alguien borró las inscripciones que con una cortaplumas grabé, trabajosamente, en el añoso nogal del patio de juegos. Pero hay algo que no me deja. Es una sensación que no llega a ser miedo, pero se le parece bastante. Entonces, doy la vuelta rumbo a mi casa, con un renovado desaliento, intentando olvidarme, una vez más, de que la señorita Ene sigue dando su eterna clase de música, como un regalo del Cielo o un castigo del Infierno.

El Naúfrago y su Botella


Hay náufragos que escriben un mensaje, lo introducen en una botella y corren a enterrarlo en ese lugar secreto que sólo ellos conocen, porque no quieren que nadie se entere de que necesitan ayuda.

Hay náufragos que aman el gesto de pedir ayuda porque les parece simpático y de buen gusto, pero -como consideran que no necesitan la ayuda de nadie- arrojan al mar una botella vacía.

Hay náufragos tan tímidos, que en vez de poner su nombre y su dirección en el mensaje, piden ayuda “para un amigo mío, que tiene un problema”.

Hay náufragos que consideran que sus necesidades son únicas y personales. “Yo me entiendo”, se dicen a sí mismos, mientras escriben su nota y la introducen en la botella. Los que encuentran su mensaje nunca pueden descifrar la letra.

Hay náufragos que escriben el triste relato de sus penurias y, entre lágrimas, lo introducen en la botella y arrojan ésta al aire para luego atajarla y abrirla, leer el triste relato de sus penurias, conmoverse y entre lágrimas introducirlo nuevamente en la botella para arrojarla al aire y luego atajarla y abrirla y leer el triste relato de sus penurias y conmoverse.

Hay náufragos que hacen del lanzamiento de la botella al mar su deporte predilecto, y se pasan el día entero ocupados en este menester. Y cuando llega alguien a rescatarlos, lo reciben a botellazo limpio.

Hay náufragos tan enamorados de sus penas y sus dolores, que cuando reciben una botella no quieren abrirla porque saben que en el mensaje que trae se encuentra la solución a sus problemas.

Hay náufragos que en sus mensajes piden la compasión del otro, y son tan conmovedoras sus palabras que llegan a despertar la conciencia de la soledad y el desamparo en sus lectores. En vez de recibir ayuda, estos náufragos reciben pedidos de auxilio.

Y hay naúfragos que viven buscando papel y lápiz para escribir algún mensaje; o botella, para meter alguno dentro.

jueves

Aclaración de Firma


Dios lo miró a Adán.

En aquellos tiempos todavía no se practicaba la literatura. Por eso no había ninguna persona lo suficientemente capacitada como para describir esa mirada; lo único que se podía hacer era experimentarla, y por eso Adán no tenía palabras para explicar como era que Dios lo estaba mirando. Pero por su mirada se dio cuenta de que este asunto, a Yahvé, no lo divertía para nada.

Pensó rápido y extendió su dedo índice, rígido por el miedo, hacia Eva.

-Todo es por culpa de esa mujer que me diste.

Para las matemáticas de Adán, una culpa compartida se convertía en media culpa.

Eva miró a su alrededor. Necesitaba una salida, y que fuera rápido. (En aquella época no había ninguna sociedad, ni sistema económico ni globalización para echarle la culpa, y cada uno se las arreglaba con lo que encontraba a mano).

- Fue la serpiente. –Dijo. -Ella me sedujo.

Para las matemáticas de Eva, una culpa compartida se convierte en cero culpa para uno y una culpa para el otro.

-Todo fue por culpa tuya –le dijo la serpiente a Dios. -Si no hubieras hecho así las cosas y no me hubieras echado del cielo, esto no hubiera pasado.

Para las matemáticas de la serpiente, la culpa estaba tan repartida que ya no existía culpa.

Y Dios, indignado o aburrido, hizo lo que hacen los padres, los jefes y las directoras de colegio cuando están irritados: los echó a los tres, y a otra cosa...

miércoles

La Espantosa Semana de los Milagros - Última Parte


-Tiene razón el profeta -dijo cuando todos se callaron. -Con esta ciudad sólo se puede hacer una cosa: borrarla del mapa.

Y desapareció el suelo y desaparecieron las paredes de la posada, y las casas y los caminos y los puentes y los riachos y sus orillas.
“De todas las Calaterras posibles, esta debe ser la más difícil de habitar”, pensé, mientras nos deslizábamos en la nada como peces del aire. “La última de todas: la Calaterra que no existe”.

El hombre viejo humedeció con saliva su dedo índice y trazó una línea larga y despareja, de izquierda a derecha, del oeste al este. Acababa de darle vida al horizonte. A partir de ese momento ya existía un Cielo y una Tierra, un Arriba y un Abajo. Cómo era lógico, todos los que flotábamos caímos al suelo, mareados, tratando de hacer pie. Pero algunos se tropezaban y chocaban entre sí. Lo único quieto en todo el pueblo era un árbol marrón y deshojado.

-¿Ese no es tu amigo, el enamorado? -dijo Leandro. -Tuvo suerte en no desaparecer con todo el resto.
-Por más pesado que sea, sigue siendo una persona y no un lugar. Eso fue lo que lo salvó –respondí, pasándole mi mano para quitarle el polvo acumulado. Pero Leandro y Macedonio no me estaban escuchando. El hombre viejo había vuelto a hablar.

-Así era el desierto de donde vine –dijo levantando su mano derecha, la palma extendida. –El cielo era de un color azul gastado, y el suelo, de un marrón desteñido.
Y tanto el cielo como el suelo empezaron a adquirir color.
-Cuando llegué por este camino…
Y el camino apareció.
-…me recibieron los perros…
Y aparecieron perros, jadeantes y ladrantes.
-…Y un hombre me vendió un tomate. Nunca había visto algo así -dijo, tomando entre sus manos un tomate del puesto de verduras que acababa de hacer aparecer.

Entonces, entendí el plan. El hombre viejo estaba construyendo una nueva Calaterra, que era igual a la vieja.

Algunos calaterrenses empezaron a imitarlo. En pocos minutos un nuevo Barrio de los Mercaderes estaba terminando de dibujarse. Aparecieron tres tarimas: una para los artistas, otra para los dementes y otra para los profetas, y una nueva posada, en el mismo lugar de la anterior. Corrimos a cobijarnos, pero la posada, por dentro, estaba vacía, como el decorado de una obra de teatro antes del estreno.
-Hay que esperar un poco. La ciudad todavía no esta terminada –advertí.

Toda la ciudad se parecía más a su dibujo que a sí misma. La nueva Calaterra estaba a medio camino entre el estar y el no existir, y hasta las piedras todavía eran huecas.
-Lástima de ciudad. Pero nosotros nos vamos. Ya no tenemos nada más que hacer acá -dijo Macedonio. -¿Vas a acompañarnos?, espía.
Asentí con la cabeza. La espantosa semana de los milagros estaba finalizando.

Salimos con facilidad atravesando los muros inconsistentes de la nueva Calaterra, como si fuéramos fantasmas. Nadie nos prestó atención: el único gesto de despedida fue un piedrazo que se estrelló contra la espalda de Leandro, arrojado por la mujer gorda que todavía se negaba a creer que no fuéramos profetas.
-Ya te dije que estos tipos no me gustan –reafirmó Leandro, quitándose de memoria con la mano los restos de polvo que le deshonraban la espalda.

“Su Majestad, Cuesta resbaladiza Bajo los Pies del Deshonesto, Azúcar Negra que Gusta y Alegra”: a la mañana siguiente llegamos a Calaluna, la ciudad hermana de Calaterra. Allí, las historias corren más rápido que las personas. En la taberna -mis visitas a una ciudad siempre empiezan por la taberna- los parroquianos están hablando de Calaterra y de los tres dioses que visitaron la ciudad.

-Dicen que a cada uno le regalan el milagro que se les pide -vocifera un joven de pelo verde, picado de viruela.
-No han de ser dioses, entonces -sostiene el tabernero. -Un buen dios nunca cumple lo que le piden sus devotos.
-Solo eran tres profetas, pero dicen que se robaron la ciudad y no querían devolverla. Y nunca va a saberse dónde quedó escondida-murmuró un hombre flaco de bigotes gruesos.

Yo dejo por un momento mi vaso de vino y hago un racconto a la ávida concurrencia de todo lo vivido: Digo que hoy existen dos Calaterras en un mismo lugar: la Nueva, la del deseo; y la vieja, la de la realidad. Que la Calaterra del deseo se va a ir desvaneciendo, porque las cosas que son del sueño no sobreviven mucho tiempo entre la gente despierta. Que en su lugar va a aparecer la vieja y querida Calaterra. Que al principio nadie va a darse cuenta, pero dentro de algunas semanas todo va a volver a ser como antes, y el enamorado va a volver a enamorarse de su Dorelia, y va a reírse y a llorar de nuevo, y ningún espía, ni Dios ni profeta va a poder hacer nada al respecto.

Los hombres del pueblo se ríen aparatosamente y me palmean la espalda en reconocimiento a mi ignorancia, puesto que es sabido que los forasteros no saben nada de nada, y siguen contándose las historias que quieren escuchar. Pero, lo que nunca sabrán es que cada vez que hablan de Calaterra y de su espantosa semana de los milagros están hablando de mí y de mis amigos. Yo también me río mientras termino de imaginar esta carta que voy a escribirle apenas pueda, Su Majestad, para que usted me crea, porque tengo miedo de ir desapareciendo en este mar de historias ajenas, de dejar de ser el que cuenta para volverme parte del cuento, de dejar de ser el hombre de las mentiras para convertirme en lo mentido, de no ser más el soñador para transformarme en lo soñado...


-Fin-